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miércoles, 21 de octubre de 2020

Unidad social, violencia y nuevo paradigma

Por Juan Pablo Cárdenas S.:

(A un año del Estallido Social)

Constituye ya un lugar común afirmar que la Pandemia sofocó el Estallido Social del 18 de octubre del 2019, que de no ser por el Covid 19 no seguiría el actual andamiaje institucional y la presencia en el Gobierno y el Parlamento de una clase política dramáticamente separada de las demandas de la población chilena. Atónita frente al levantamiento popular más masivo y extendido de toda nuestra historia republicana. Una expresión protagonizada por los más diversos sectores sociales en cuanto a sus proveniencias ideológicas y condiciones socio económicas.

Hace un año se logró un contundente movimiento y consenso en la voluntad de promover un nuevo paradigma ideológico, es decir de toda una cultura alternativa que en lo político y económico haga posible un Chile justo y equitativo. Que se proponga salvarnos, además, de la crisis medioambiental que golpea con fuerza a nuestra geografía, recuperar nuestros recursos naturales, alcanzar una educación igualitaria, recuperar la dignidad del trabajo y garantizar el más pleno respeto de los Derechos Humanos.

De esta manera es que las calles de todo Chile se llenaron de protestas pacíficas, imaginativas y entusiastas, edificándose la esperanza de un cambio global que debe ir siempre de la mano de la voluntad soberana del pueblo. Para lograr más y mejor democracia, instituciones que se liberen de la corrupción entronizada en los tres poderes del Estado, las fuerzas armadas y policiales. De allí que, en estas jornadas, que se prolongaron casi cuatro meses, los partidos políticos en general estuvieron ausentes, desbordados completamente por la unidad colectiva, y bajo los estandartes de un gran cúmulo de aspiraciones que irrumpieron desde todos los ámbitos de la vida nacional.

Es indiscutible que en este estallido estuvo presente la violencia y muchas acciones criminales que fueron bien aprovechadas por las autoridades en su intento por desbaratar las causas populares y, al igual que en la Dictadura, reeditar el terrorismo de estado, la tortura, las detenciones masivas, al tiempo se competir en el número de víctimas fatales y detenidos. 

El vaciamiento de los ojos de decenas de manifestantes fue la novedad en materia de agraviar a la inmensa mayoría de los chilenos, cortarles las alas a los jóvenes y conjurar la intención de las oligarquías de mantener el orden institucional legado por Pinochet, apenas retocado durante los treinta años que le sucedieron con los gobiernos de la Concertación, la propia derecha y la llamada Primera Mayoría.

Esta violencia, sin embargo, es solo el correlato propio de las profundas desigualdades, la escandalosa discriminación, como la grosera concentración de la riqueza. Es la contundente respuesta de los explotados y abusados por el sistema imperante. De los mapuches que se merecen autonomía y respeto a sus valores; de los jóvenes marginados y sin ninguna esperanza de encontrar un trabajo digno; de la inmensa mayoría de trabajadores pésimamente mal pagados; de los jubilados y sus pensiones de hambre, como del muy tardío e insuficiente reconocimiento de los derechos de las mujeres y niños. De un Chile que demostró con la Pandemia tener muchos más pobres e indigentes que reconocía, familias hacinadas y sin asistencia estatal mínima.  En todo un territorio y servicios públicos en manos del capital foráneo y de los más inescrupulosos empresarios de la Tierra.

De esta manera, las cúpulas políticas se vieron obligadas a consensuar una salida política cuyo hito inicial será el Plebiscito del domingo próximo. Conviniendo un proceso tramposo que le pondrá severas zancadillas a la acción de la futura convención constituyente, pero que podría abrir un algo más esas “alamedas” por donde transiten los chilenos libres y sus justas vindicaciones. Porque todos sabemos que la posibilidad de una nueva Constitución dependerá mucho más del pueblo que asista a sus genuinos representantes, se mantenga en las calles y vigile el proceso. De tal forma que los quórums pactados para impedir el cambio se desbaraten en la fuerza arrolladora del consenso social.

Todos tenemos dudas respecto de lo que viene. Si será posible saltar los escollos, sujetar en sus cuarteles la conspiración de los militares, desafiar el poder económico de los grandes empresarios e impedir la intervención extranjera. Al mismo tiempo que dar vuelta la página respecto de los políticos y jueces serviles y corruptos. Superar y enterrar en la historia a los partidos que no son lo que dicen, ni piensan lo que proclaman, además de no actuar debidamente.

Es posible que por los temores intencionalmente publicitados en relación a la emergencia sanitaria que nos golpea, no tengamos una masiva concurrencia a las urnas. 

Que muchos integrantes de la llamada Tercera Edad, se resistan, por ejemplo, de correr riesgos por concurrir a votar, que también se inhiban los ya contagiados por el virus pandémico y sean muchos los que opten por abstenerse a fin de no legitimar un proceso electoral fraudulento desde su concepción en el Parlamento. Sin embargo, votar no es renunciar y, sin duda, puede demostrar, ahora en el secreto de las urnas, la irrenunciable voluntad de partir de cero (frente a una “hoja en blanco”) para definir y construir el Chile institucional venidero. En que “no se cambien solo las piezas del ajedrez político, sino el tablero mismo”.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

domingo, 10 de noviembre de 2019

¡Váyase de una vez, señor Piñera!



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Las últimas encuestas revelan que Sebastián Piñera solo cuenta con solo un 13 por ciento de aprobación popular. En Chile y en el mundo muchos no se explican que siga aferrado a su cargo en La Moneda, impidiendo con su presencia y proceder que nuestro país arribe a una solución política e institucional para emprender el camino que satisfaga las enormes desigualdades sociales que encendieron la mecha del conflicto que sigue acrecentándose con el correr de las semanas.


Hay quienes desde La Moneda y el Parlamento piensan que con algunas leyes de emergencia o abriendo levemente la caja fiscal el país podría volver a la calma y mantener el modelo económico institucional que nos rige por largas cuatro décadas. Se resisten a aceptar la idea de que los chilenos ya le dieron un contundente NO al sistema neoliberal y le dijeron BASTA a un régimen político que burla constantemente las decisiones del pueblo soberano, de los que concurren todavía a las urnas, como de los que crecientemente se abstienen y reclaman una Asamblea Constituyente.

Si se cuentan los votos obtenidos por el actual mandatario dentro del padrón electoral total se puede comprobar que la inmensa mayoría de los ciudadanos no le dio su apoyo y que hoy, a todas luces, son todavía mucho menos los que quieren darle continuidad a su administración.

En su pertinacia, Piñera viola la soberanía popular y la libre determinación de su pueblo. Se ha convertido francamente en un dictador que además manda a reprimir brutalmente el descontento y recurre a las Fuerzas Armadas con tal propósito. Sumando todos los días muertos y heridos en su obstinación por retener el título de presidente de la República.

A todas luces, el estallido social no puede explicarse solamente en el deseo de los chilenos por mejorar sus ingresos y pensiones, tener mejor acceso a la salud y al transporte público, o que se le rebajen los impuestos y tarifas de los servicios básicos. No; lo que buscan los millones de manifestantes en las calles es una revolución política. Que una nueva ideología inspire las reglas de juego de todas nuestras instituciones y garantice el progreso de todos los habitantes del norte, del centro y del sur del país. Que le ponga fin a las profundas inequidades sociales y el Estado ocupe el rol que antes tuvo en la economía, la distribución de nuestros ingresos, la educación y la cultura.

Las encuestas tampoco pueden soslayar, ya, que el país está harto con la apropiación extranjera de nuestros riquezas básicas, yacimientos, reservas acuícolas y recursos agrícolas y forestales. Que se mantenga la prohibición que pesa sobre nuestro Estado en cuanto a su iniciativa de invertir, generar empleo y determinar el precio justo de nuestras exportaciones. Hastiado de someternos a la empresa privada y transnacional para explotar nuestros minerales e industrias, reclamando que sean nuestros más genuinos representantes los que fijen las reglas laborales, determinen las condiciones de empleo, en el respeto pleno de los derechos sindicales.

Si fuera consultada, Ideológicamente nuestra población dispondría muy mayoritariamente el término de las APP, en cuanto a las pensiones, como de las isapres, respecto de la administración de la salud. Y le devolverían al fisco el control sobre las empresas eléctricas, del gas y los servicios sanitarios, hoy en manos de la usura de los consorcios foráneos que fijan los precios a su antojo, o consiguen de parte de los gobiernos tarifas que crecen con encima del costo de vida y las mezquinas alzas salariales. Y llegan hasta la desfachatez, como ocurre con los peajes de las carreteras, a garantizarse por ley un 3.5 por ciento anual de reajuste por sobre el Índice de Precios al Consumidor IPC). Por lo que se entiende ahora la forma en que la política, mediantes coimas y otras erogaciones, ha venido financiando sus multimillonarias contiendas electorales.

También los padres y apoderados preferirían que fuera la educación pública las que les garantizara calidad en la formación de sus hijos, como ocurre en las mejores democracias del mundo. Tal como era, por lo demás, en nuestro pasado republicano, antes que la voracidad también se apropiara de las escuelas, recibiera todo tipo de contribuciones y exenciones fiscales, cuanto el apoyo para emprender e invertir en universidades privadas y con fin de lucro. Porque el mercado debía reírlo todo.

Al fin el pueblo chileno entiende que la ideología no es una lacra y que la política, cuando busca el servicio público, es una loable actividad. Por lo mismo es que en las calles, además de una nueva Carta Fundamental, se exige que ésta sea diseñada por los que resulten elegidos por la misma ciudadanía. Al tiempo que quiere que los parlamentarios, los ediles y concejales dejen de percibir sueldos abusivos, treinta o cuarenta veces por encima del promedio salarial de los trabajadores. Y, por cierto, éstos no puedan ser reelectos incesantemente gracias a la propaganda dispendiosa financiada por los más poderosos empresarios del país y del extranjero. Una “inversión” que después reditúan con leyes tan injustas y criminales como la de Pesca y la impunidad que rige para los que realizan emprendimientos que agreden el medioambiente.

En las ideas y la ideología popular se estima, también, que muchas instituciones públicas cometen abusos o los toleran contra de los consumidores, como ocurre con los precios de los fármacos y la perpetuación de un impuesto tan injusto y regresivo como el IVA, mientras las empresas constructoras, por ejemplo, son favorecidas por leyes especiales que incrementan sus ganancias a expensas de los que buscan su vivienda propia. O que sean los pobres y la clase media del país la que más nutre el presupuesto de la nación, al ver incrementado el valor del pan y otros insumos básicos por ese 18 por ciento de sobreprecio agregado. Mientras que hasta en los países más pobres los productos esenciales y los libros no pagan este bochornoso gravamen.

No es cuestión que ahora el gobierno de Piñera ofrezca incrementar con algunos pesos adicionales el salario mínimo y las jubilaciones de la inmensa mayoría de quienes forman parte de la Tercera Edad. Es tanto el rezago al respecto que ningún incremento por menos del ochenta o cien por ciento pudiera dejar conforme a quienes reciben estos vergonzosos estipendios. Como tampoco bastaría que los parlamentarios, ministros de estado y otros se rebajen en un 20 o 30 por ciento sus dietas, porque todavía quedarán recibiendo más del triple de lo que obtienen los otros empleados públicos.

Si se quisiera efectivamente corregir las agraviantes desigualdades, lo que habría que hacer sería bajar drásticamente el gasto militar, terminar con los privilegios castrenses y condenar ejemplarmente a los que, para colmo, asaltaron y malversaron por tantos años los recursos asignados. Asimismo, habría que invertir en empleo y educación y no en más y onerosos recursos “disuasivos” para las policías. Muchos de cuyos efectivos, como ha quedado probado, se descubren en los saqueos que siguen a las protestas pacíficas, o se rinden ante las dádivas de los narcotraficantes y las bandas delictuales que asolan a todo el país.

Los millones de chilenos en las calles han demostrado con creces su consistencia ideológica, la voluntad de luchar por los derechos humanos de todos y no por su mera satisfacción personal. Por esto es que la protesta ha sido tan multitudinaria, solidaria y constante. Porque ya no es cuestión de congelar los precios de los peajes y combustibles; porque ya no basta con el incremento discreto de las pensiones; porque nadie se cree el cuento que los moradores de la Moneda, del Parlamento o de los partidos políticos pueden resolver con leyes express las demandas sociales.

De allí que la protesta sea tan transversal y el común del espectro político no se atreva a salir a las calles a luchar codo a codo con el pueblo y más bien se parapeten en sus vetustos edificios, detrás de miles de uniformados para que las llamas de la indignación no alcancen sus muros. Por lo mismo es que el clamor insista en la renuncia de un jefe de estado que nunca ha sido mandatario de la voluntad cívica. Que los chilenos demanden que con Piñera “se vayan todos”. Y con ellos, también, los jueces abyectos, los que han decretado la impunidad de los políticos y empresarios más corruptos.

Muy mal proceden, entonces, los medios de comunicación y comunicadores que le abren tribuna a los mismos personajes de la política revenida y culpable. Que les den voz a los ex presidentes que sembraron la inequidad y los abusos, o a los legisladores que se han dormido en sus curules y granjerías. Que postraron la ideología de sus históricos partidos a los postulados del libre mercado y a la hegemonía de las poderosas empresas transnacionales. Que vuelvan a darle tribuna a los socialistas devenidos en sociales demócratas; a los social cristianos convertidos en neo capitalistas; a los nacionalistas de derecha transformados en papagayos del nuevo orden económico mundial regido por la Casa Blanca y las instituciones financieras internacionales.

Por todo ello es que nuestra promesa democrática debe exigir, además, diversidad informativa, así como participación directa de pueblo organizado en la iniciativa y aprobación de muchas leyes fundamentales. Como ocurre, también, en los regímenes más libertarios del mundo. Así como consolidar la independencia plena de nuestros tribunales, hoy condicionados a los recursos y ascensos determinados por los otros poderes del Estado.

Aspiraciones que son profundamente ideológicas e inscribe al pueblo chileno en las ideas y demandas de los pueblos insurrectos ante el orden injusto y excluyente.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 18 de agosto de 2018

Mi patria está muerta ¿Quién la va a enterrar?

Por Norma Estela Ferreyra: 
Qué tristeza es ver a mi país como un cadáver, destrozado en todas sus instituciones, en su Constitución, en sus leyes, que responden al delirio de un dictador votado por el pueblo, o tal vez, surgido mediante el fraude. No hay mejor dictadura que la que viene mediante el engaño de una votación, donde no se cumple nada de lo que se prometió, y se miente desde los aportes de campaña, donde  sus cómplices mafiosos, son sus funcionarios, legisladores y la gran mayoría del Poder Judicial, incluida la Corte Suprema de Justicia, que arrastra sus hilachas como una vieja desprolija y sucia.

Excelente composición de imágenes de Revista Barcelona Digital

Y esto sucede, cuando esos delincuentes, obedecen como ovejas de rebaño, a lo que llamamos el Poder Mundial, que no es otra cosa que una lacra oligarca, salvaje, insensible y criminal, que quiere perpetuarse, despóticamente, con mentiras emitidas por todos los medios hegemónicos y apoderarse del mundo, de sus riquezas y que procura esclavizarnos, a como dé lugar.

¿Y qué es la muerte de un país?  Nosotros ya vivimos varias agonías, pero ésta va muy acelerada. Diría que en términos mortuorios, sólo nos falta el entierro final.

Los fraudes, circos y falsedades, se llevaron puesto nuestro honor, ese que fue ganado con largas luchas, llevadas a cabo por gauchos, indios, caudillos, héroes, que no fueron más que hombres y mujeres, que murieron por la dignidad  de la patria o que dejaron lo mejor de sus vidas, como los presidentes  Hipólito Irigoyen, Juan Domingo Perón, Arturo Illia, Raúl Alfonsin  y  Néstor con su esposa Cristina Kirchner. Fueron pocos, pero hicieron mucho.

Y no estoy diciendo, que en estas presidencias no hubo errores ni corrupción, como lo hubo en todos los países del mundo y en todas las épocas. Porque mi experiencia, como analista política, me ha enseñado que, desde un simple inspector de tránsito, para dar un ejemplo, por el hecho de poder hacer o perdonar una multa,  puede corromperse, porque el poder se ampara en el hecho de que puede evadir la prueba y en eso consiste la corrupción a diferencia del delito común.

Y sin justificar ninguna corrupción, quiero analizar, los resultados de cualquier gestión de gobierno.
¿Son iguales todos?  La respuesta es no. Un gobierno puede ser o no, popular  y resultar un buen gobierno, muy positivo para todo el pueblo, amparando a los que menos tienen y valorando a los empresarios que cumplen las leyes. Sin dudas, nadie puede ignorar el reconocimiento popular que tuvieron estos  presidentes argentinos, que he mencionado. Tanto por sus obras de infraestructura como por el reconocimientos de los derechos humanos a toda la comunidad, que se tradujo en un amor recíproco  entre el gobierno y la mayoría de sus habitantes.

Pero hoy, la usura, el robo, la impiedad y la maldad suprema de los hombres más ricos de la tierra, ha cambiado la historia de la humanidad y mi patria no ha sido la excepción, ayudado por los vende patrias que hoy gobiernan la república. Sin estos secuaces de adentro, mi país no estaría en el dolor de una agonía insoportable.

 La tecnología a superado, en su accionar lento y constante, al razonamiento humano. El egoísmo y la ceguera que implica no tener que verse reflejado en el otro, nos ha  llevado por mal camino. Y no sé si este estado de mi patria, se ve reflejado, tal cual,  en otros países. Porque los medios hegemónicos y sin amor a los seres humanos, nos presentan una realidad virtual, que nos hace vivir felices, entre bienes materiales, mientras nuestros pequeños hijos, no saben cómo hacer para que  sus padres vuelvan a una realidad, donde sus ojos estén puestos en ellos y no en una pantalla virtual. O sea, que dejen de ser seres autómatas y cada día más indiferentes a lo que sucede a su alrededor.

Como dije, mi patria está muerta. Hay territorios, empresas nacionales y riquezas, que ya no son nuestros. La Patagonia está siendo vendida a los ingleses, israelitas y yanquis, pero el dinero no sabemos dónde está. Mejor dicho, lo imaginamos. Tampoco sabemos, adónde van las sumas que pagamos por  impuestos,  tarifas y aportes obligatorios. Los más necesitados, pagan más que los terratenientes del campo, que las mineras, que Monsanto, que Wall Mart y todas las Multinacionales y empresas nacionales, que son explotadas por los funcionarios testaferros de Macri, quien es el dueño verdadero de todas ellas.

Pero debo agregar, que no sólo murió mi patria, como territorio rico y con reservas naturales, reconocidas por el mundo. Con ella, también murieron la educación, el trabajo, las jubilaciones, las pensiones por discapacidad, las asignaciones universales por hijo, los planes para conectar igualdad, la ciencia y tecnología, los hospitales públicos, la asistencia social, los planes de vivienda, de salud, las mutuales, las PIMES o pequeñas empresas y todo lo que se había logrado hasta el 2015. Además, tenemos impuestos de Justicia, que son muy costosos, los combustibles y todo aquello que se había mantenido en la normalidad, hasta la fecha en que asume el Presidente  Macri, con más de 200 procesos judiciales y con la evasión fiscal  más deshonrosa, como fueron el uso de  las cuevas de los Panamá papers, para dar  un solo ejemplo.

 Estamos en coma, grado cuatro, como dice el periodista independiente, Santiago Cúneo. Los presos políticos son una diversión, porque tenemos un circo para entretener a un pueblo que se muestra espectador, salvo cuando salen en protestas pacíficas, los obreros perjudicados o despedidos. El miedo los amordaza y el temor a  ser reprimido o a la posibilidad de  pasar años en una cárcel, por capricho de algún juez como Bonadío, en el país de las injusticias, de los narcos, de los sicarios del Poder Mundial, que nos denigra como nación y como personas.

 Macri se ríe de todos nosotros, mientras los anglosajones se frotan las manos, pues reciben tierras en varias partes del país, no sólo en la Patagonia, sino en la zona del Acuífero Guaraní, de la Triple frontera y otros, para establecer bases militares, israelitas y anglosajonas. Tierras, riquezas y  esclavos, o sea, obreros de poca monta salarial, es lo que vienen a buscar desde afuera y que estos mal nacidos en nuestro suelo, se lo están entregando.

Por eso digo: mi patria está muerta. ¿Quién la va a enterrar?  ¿Vamos a abandonar a Milagro Sala? ¿Y a Cristina? ¿A los jubilados? ¿A los niños hambrientos? ¿O vas a salir a la calle a pedir y a luchar para que se vayan todos? ¿Te acordás?

normaef10@hotmail.com