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viernes, 16 de octubre de 2020

Doscientas quince mil y contando…

 Por Carolina Vásquez Araya: 

La maternidad forzada es una carga injusta; contra las niñas, es un crimen imperdonable. 

Las cifras de niñas y adolescentes madres en la región centroamericana –más de 215-mil solo en 2019, de acuerdo con instituciones oficiales y organismos internacionales- es uno de esos indicadores, como el de la pobreza extrema, excluidos de las políticas públicas prioritarias de los gobiernos. Quienes poseen las llaves del poder desde sectores privilegiados consideran estas patologías sociales como un fenómeno natural, inevitable, cuya responsabilidad recae en quienes las sufren y jamás entre quienes las provocan. 

Principal causa de muerte entre niñas y adolescentes, la maternidad forzada –hay que recordar que el sexo con menores de 18 años está tipificado como violación- constituye una condena real e inevitable a una vida de privaciones y miseria. La abrumadora mayoría de los gobiernos de la región y del continente desarrollan sus políticas bajo un sistema de administración estatal influenciada por los sectores económico y religioso de corte patriarcal los cuales, en perfecta sintonía, han permanecido inalterables desde tiempos de la Conquista incidiendo con todo su poder en la política y en la administración de justicia. 

El patriarcado no es una fantasía feminista. El patriarcado existe y está instalado desde las épocas más remotas, restando oportunidades y derechos a las mujeres –por ley, por tradición, por simple proceso de adjudicar la autoridad a una mitad de la población y prohibírsela a la otra- con el resultado de sociedades enfermas, violentas, racistas, discriminatorias e incapaces de funcionar como un todo, con iguales metas y objetivos. Resulta penoso comprobar que en pleno siglo de la tecnología y los viajes interplanetarios existan limitaciones al desarrollo de las niñas, adolescentes y mujeres por un sistema de limitaciones por cuestiones de género que pervive desde la prehistoria. 

En aquellas naciones –como las centroamericanas- en donde se tolera el abuso sexual contra niñas y adolescentes con el resultado de embarazos forzados y maternidades que jamás debieron suceder, el desarrollo social es un objetivo perdido. Los impedimentos institucionales para la integración de este importante sector de la juventud al goce de los derechos fundamentales, como una educación de calidad, un desarrollo físico y psicológico adecuados, un acceso libre a todas las oportunidades de vida de las que goza la otra mitad de la sociedad, son sociopatías inaceptables cuyo alcance pone en peligro de muerte a seres tan valiosos como inocentes. 

Ser mujer –y peor aún, ser niña- constituye un riesgo vital. Acechadas en las calles, en el hogar, en la escuela y en el lugar de trabajo, deben vivir a la defensiva y soportar toda clase de agresiones por el solo hecho de ser mujeres. Quienes supuestamente deben ser sus pares son, en realidad, sus superiores jerárquicos en este sistema perverso de privilegios por género. La negación de esta cadena interminable de abuso no es más que una perpetuación del sistema por medio de un acondicionamiento psicológico capaz de transformar a las víctimas en sus propios victimarios, al convencerlas de la supuesta pertinencia del marco de valores que las somete. 

Quizá por eso la sociedad no responde a la urgencia de proteger a las niñas y adolescentes de las agresiones sexuales y, en lugar de ello, las culpa por su desgracia. Numerosos son los casos de incesto y violaciones cometidas en el entorno íntimo, bajo la mirada cómplice de familiares y vecinos quienes, con esa actitud, confirman de manera rotunda su desprecio por las víctimas. Esto debe terminar. 

Acechadas en todos los espacios, las niñas deben luchar por sobrevivir. 

elquintopatio@gmail.com 

domingo, 11 de marzo de 2018

Sólida como el diamante


Por Carolina Vásquez Araya;

Se requiere fortaleza para resistir con dignidad el aberrante sistema patriarcal.

Ya basta de utilizar la supuesta fragilidad de las mujeres como arma psicológica de dominación, para apoderarse no solo de su cuerpo sino también de sus decisiones, porque la historia no puede ser más ilustrativa de su enorme fortaleza ante el ataque sistemático contra sus derechos. Las mujeres de todas latitudes han sido botín de guerra, objeto de abuso sexual, laboral y jurídico, han sido vasallas de un patriarcado impuesto a la fuerza para doblegar sus intentos de independencia. Como cualquier sistema dictatorial: solo que mucho más sutil, mucho más solapado.



Ya basta de “enseñarle” cuáles son las fronteras de su libertad. Desde la más tierna infancia se le marcan los límites y construyen los muros de un encierro virtual en donde el comportamiento se ha de ajustar a las exigencias del patriarcado. La niña ha de ser modesta, obediente, sumisa hasta el extremo de la esclavitud y esos supuestos dones se le presentan como los atributos ideales de su sexo. Luego vendrán -por añadidura- el silencio y la resignación, disfrazadas de virtudes santificadas por textos ancestrales escritos por hombres convencidos de la inferioridad de su sexo.

Ya basta de humillarla al invadir su espacio personal como si el cuerpo de una mujer fuera un objeto diseñado para el placer de los hombres. Ya basta de abusar de su paciencia ante la discriminación en el trabajo, en la escuela, en los círculos académicos, en donde se le niega el derecho de expresión y un lugar entre los mejores, aún siendo la mejor. Ya basta de propagar estereotipos para rebajar sus virtudes espirituales para etiquetarla como un frágil y débil ser ávido de protección masculina. La historia de millones de mujeres es evidencia de cuán fuerte y cuán sólido es su espíritu de lucha ante las adversidades creadas para someterla.

Ya basta de asesinarlas como mecanismo de intimidación y control. La mujer no pertenece a un hombre, no es parte de su patrimonio ni debe ser considerada un ser dependiente en un sistema jurídico creado para dominarla. Toda ley, todo reglamento, toda norma cuya naturaleza atente contra la libertad y la igualdad entre los sexos, debe ser eliminada por ser injusta y perversa. Garantizar el derecho de la mujer sobre las decisiones que afectan su vida es un acto de justicia largamente postergada, así como las reparaciones por violar su integridad desde posiciones de poder, una antigua costumbre tolerada por un sistema de valores arcaico cuya vigencia es un atentado contra la moral y la ética.

Ya basta de imponerle desde el poder político el marco restrictivo de una doctrina religiosa. Es una violación flagrante de la ley vigente en la abrumadora mayoría de países democráticos, signatarios de tratados y convenciones sobre el respeto a las libertades ciudadanas. Ya basta de recitarle versículos para convertirla en un ente sumiso ante la voluntad patriarcal, porque el patriarcado no es más que un sistema destinado a extinguirse por injusto, violatorio de los derechos de las mayorías en todos los campos: sexual, económico y social.

Ya basta de negarle acceso a la educación con la excusa de haber sido creada para servir desde el ámbito doméstico. Las evidencias de su capacidad creadora, de sus dones intelectuales y artísticos, de su naturaleza sólida ante los desafíos de la vida, constituyen la prueba más contundente de que la mujer, en espacios de decisión, constituye un factor determinante para garantizar el desarrollo correcto y equilibrado de cualquier sociedad. Toda política en contra de sus derechos impone un absurdo freno al avance de un país. ¡Ya basta!

La fortaleza de la mujer no necesita más demostración que un repaso por la Historia.

elquintopatio@gmail.com

viernes, 22 de septiembre de 2017

¿Está preparada Guatemala para una segunda revolución?

Por Ilka Oliva Corado:

Todos lo sabemos, Guatemala necesita urgente una revolución. Pero en lo que se averigua nos vamos a silbar a la loma. Que entre pancartas, gritos, batucadas y chinchiletes, entre lloraderas escuchando el himno nacional, y en trance de fervor patrio, la consigna parece ser ponerle curitas al sistema podrido que tiene colapsado al país. Curitas como si aquello se tratara de un raspón de rodilla en tarde de chamusca o técnicas al paredón. El sistema no cambiará con la renuncia de Jimmy Morales ni con la de los diputados, eso  posiblemente ya se está trabajando bajo de agua, y si  ni nos mosqueamos nos van a majear de nuevo con otro gabinete de corruptos.


Es que no cualquiera agarra el sartén por el mango. Es que para una revolución estamos hablando de agallas y no de panderetas. Las manifestaciones que se dieron en todo el país, respondiendo al paro nacional, fueron maravillosas pero, hay aguas revueltas; mientras en la capital varios dirigentes de organizaciones civiles ya hablan de votaciones, los Pueblos Originarios siguen clamando por a una Asamblea Nacional Constituyente. ¿Cuándo vamos a escuchar a los Pueblos Originarios? Una ANC sería un primer paso para la revolución.

Guatemala está de sobra preparada para una revolución, es un país en caos, nos han faltado el respeto revés y derecho, han hecho del país un vertedero. Todas las condiciones para una revolución las tiene Guatemala, ¿y nosotros tenemos las agallas? Tener agallas es lo primordial.

Cambiar el sistema no es reestructurarlo, no es tapar baches con chapuces, no es asolearse como garrobos o llevar agua gritando consignas que si no se llevan a la acción no sirven de nada.

Este momento de revueltas, donde el cucho y el coche quiere sacar ventaja personal, es propicio para que como ciudadanos pensemos hasta dónde seremos capaces de llegar con tal de rescatar a Guatemala. No nos debe de atemorizar la palabra revolución, llevarla a cabo es nuestro derecho y nuestra obligación moral porque el tiempo presente es nuestro, el que viene será de las próximas generaciones como el pasado fue de las anteriores.

Tenemos la capacidad para las revoluciones que sean necesarias. ¿Tenemos las ganas? ¿Tenemos la responsabilidad? ¿Tenemos el compromiso? ¿Hasta dónde llega nuestro amor por Guatemala realmente?

Toca abrir bien los ojos, organizarse, agudizar oídos, porque no será fácil rescatar al país de las manos de las clicas criminales de saco y corbata. Las manifestaciones son un aliciente pero hay que ir más allá, y el ejemplo nos lo ha dado la historia, Guatemala tiene en sus entrañas la lealtad de los que se sacrificaron para que nosotros no viviéramos de rodillas.

Y como punto final no me quiero quedar sin comentar que fue hermoso ver desde esta lejanía a tantas personas manifestándose desde todos los rincones del país, pero más hermoso hubiera sido que lo hubieran hecho cuando el Estado violó y quemó vivas a 41niñas. Era ahí, era en ese momento. Eso demuestra que nuestro problema medular no es la corrupción, es el patriarcado, la misoginia, la indolencia, el clasismo y la mojigatería. Por eso digo, tenemos que hablar de palabras mayores, una revolución que arranque de raíz el peor de nuestros males: la indolencia.

ilka@cronicasdeunainquilina.com