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martes, 18 de agosto de 2020

Cría cuervos ….



Por Jorge Pedro Zabalza:

Guido Manini Ríos se afilia a la versión más retrógrada de la historia reciente: el golpe de 1973 fue a pedido del parlamento y consentido por la mayoría electoral, la que había votado a Bordaberry (apadrinado por Pacheco Areco) y al general Aguerrondo, cuya logia “tenientes de Artigas” ya había copado el mando superior del ejército. Manini estima que dicha mayoría se mantuvo con el correr de los años, indiferente a la barbarie del terrorismo de Estado y que, en noviembre de 1980, se expresó en el plebiscito: más del 40% del electorado apoyó la propuesta de la dictadura cívico-militar.



Tampoco disminuyó, piensa él, con la restauración de la república liberal: en el plebiscito de 1989 se respaldó por mayoría la impunidad de los criminales uniformados. Por supuesto, ese no es el análisis visto desde la izquierda, pero, es el relato donde se afirma la acción política de Manini Ríos.

Antes de librarse de los límites propios del cargo de comandante del ejército, ya venía creando hechos que, indirectamente, lo iban aproximando al poder político. Su propósito parece ser desarticular el modo pacífico de dominación, para reemplazarlo con una pirámide de ordeno y mando a lo Pacheco Areco o a lo Mourao-Bolsonaro en Brasil, pero, aunque no lo desee, la actual correlación de fuerzas le impone transitar el laberinto electoral y parlamentario. Su problema es cómo avanzar por esos recovecos hacia un régimen autoritario, cómo respetar las reglas del juego liberal mientras va acumulando y centralizando su base electoral entorno a Cabildo Abierto.

Manini calcula que, dispersa y atomizada, sobrevive la opinión pública favorable a la dictadura, una masa siempre predispuesta a alinearse tras un caudillo militar. Simplemente busca marcar las líneas de acción política para aglutinar lo disperso. No le interesa que se despida al fiscal de corte ni que se derogue la ley de interpretación obligatoria, solo se propone enarbolar banderas ideológicas para despejar confusiones y ganar la confianza del electorado más conservador. 

Nacionalismo de cuartel.

Año 1998. El 16 de octubre fue arrestado Augusto Pinochet por la policía de Londres. Acusado por genocidio, torturas, violaciones, homicidios y desapariciones forzadas, estaba requerido por el juez Baltasar Garzón de la Audiencia Nacional de España. Los testimonios de sus crímenes no sólo vinieron de Chile, sino también de España, Suiza y Francia. Dos semanas después Pinochet fue internado en un hospital siquiátrico de lujo. Allí disfrutó de la vida mientras esperaba que se dilucidara su caso y le permitieran regresar a Chile.

La única forma de condenar judicialmente sus crímenes era en el plano internacional, lo otro era la impunidad, porque, ¿qué juez chileno se atrevería a meterlo preso? Sorpresivamente Eleuterio Fernández Huidobro dirigió sus dardos contra el juez Garzón. Según el dirigente histórico del MLN-T, la iniciativa del magistrado español entrañaba una intromisión en los asuntos internos y amenazaba la soberanía y la independencia de las patrias latinoamericanas. 

Año 2006. En el mes de abril, Eduardo Radaelli, Wellington Sarli y Tomás Casella fueron extraditados a Chile, acusados por asociación ilícita y el secuestro de Eugenio Berríos. En defensa de los tres oficiales, Eleuterio Fernández arremetió agresivamente contra el poder judicial uruguayo, lo acusó de cortar el hilo por lo más delgado, sostuvo que los tres oficiales eran “presos políticos”. Para él, se trataba del acto inaugural de una nueva etapa para el Uruguay, pautada por la pérdida de la soberanía nacional, “una especie de Plan Cóndor al revés”, decía Fernández, embanderado con un “nacionalismo” ramplón y de baja estofa, a lo “carapintada” en una palabra.

Fernández replicaba sus antiguos devaneos con el “peruanismo” de los torturadores y asesinos del Batallón Florida, un verso que utilizaron para debilitar las defensas de los interrogados: “si ambos somos enemigos de la oligarquía y del capital extranjero… ¿para qué luchar entre nosotros? ¡Dale, no resistas!”. El artilugio atrapó a un Fernández Huidobro propenso a aceptarlo desde hacía tiempo. Fueron las mismas redes que tendieron los comunicados 4 y 7 y que, en febrero de 1973, enredaron al movimiento sindical y el Partido Comunista. 

Apenas fallecido Raúl Sendic y derrotado el Voto Verde en 1989, Fernández Huidobro se sintió libre para reemprender, con renovadas energías, sus relaciones carnales con los militares de la logia “tenientes de Artigas”. Hizo sonar nuevamente las campanas del “nacionalismo” de baja estofa e inició el largo recorrido de infidelidades que lo condujeron al ministerio de defensa.

Lo designó el presidente Mujica, uno de sus discípulos favoritos. Entre ambos, el 2 de febrero designaron a Guido Manini como comandante en jefe del ejército. Fue el regalo que dejaron a Tabaré Vázquez que, al mes siguiente, cuando asumió la presidencia, mantuvo a Huidobro y Manini en la cumbre verde. Los hechos posteriores al fallecimiento del ministro dejaron en evidencia los vínculos entre sus ideas y las que expone el comandante hoy transformado en líder partidario.

Olvido y perdón.
En diciembre del 2003, durante el Congreso “Héctor Rodríguez”, el compañero Hugo Cores propuso que el Frente Amplio impulsara la anulación de las leyes que se contraponían con los tratados internacionales sobre derechos humanos. Adecuar la legislación uruguaya a la internacional suponía, de hecho, anular la ley de caducidad. En la comisión del congreso donde se discutió la propuesta, se opusieron el Movimiento de Participación Popular, la Vertiente Artiguista, el Partido Socialista y Asamblea Uruguay. En el plenario final, Hugo Cores y Eleuterio Fernández argumentaron a favor y en contra del proyecto.

Fernández sostuvo que el Frente debía respetar la voluntad ciudadana expresada en el plebiscito de 1989 y dejar congelada la impunidad, como si el resultado del plebiscito fuera eternamente válido. En realidad, era un argumento falaz: la opinión de los electores es cambiante y se deben respetar esos cambios, por eso hay elecciones cada cinco años y los partidos se alternan en el gobierno. Además, sostenía Fernández, la propuesta de Cores comprometía el triunfo del Frente Amplio y, decía él, se podía renunciar a todo menos a obtener a la victoria electoral. Fernández estaba mostrando su hilacha, pero no sólo él, sino también los 746 congresales que acompañaron sus fundamentos, una mayoría que lo acompañó camino al olvido y perdón. Por el contrario, 569 delegados levantaron su mano para continuar la lucha para anular la ley de caducidad.

La línea quedó que bien dibujada: Verdad y Justicia, pero, no tanta, sin extralimitarse. Aun así, durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez se realizaron las primeras excavaciones y, antes de finalizar ese año, ya se habían descubierto los cuerpos de Ubagesner Chaves Sosa y Fernando Miranda. Lástima que el implso inicial se detuvo. En el 2009, junto a las elecciones presidenciales se plebiscitó nuevamente la anulación de la ley de caducidad. Recién al finalizar la campaña, a regañadientes, el candidato progresista José Mujica adhirió a la lucha por Verdad y Justicia. Tal vez sus reticencias determinaron que no todos los votantes del Frente Amplio apoyaran la papeleta rosada. Tal vez esa fue la razón de que no se alcanzara el 50% necesario, pese a que el Frente Amplio ganó con más de la mitad de los votos emitidos. El sector acaudillado por Fernández Huidobro directamente no ensobró la papeleta que anulaba la ley de impunidad.
Las ambigüedades continuaron luego de saboteado el voto rosado. Una notable lentitud del Estado para resolver los crímenes de lesa humanidad. En el “caso Gelman”, año 2011, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado uruguayo por el incumplimiento en “adecuar su derecho interno a la Convención Americana sobre Derechos Humanos”. El país debía garantizar que la ley de caducidad no volviera a ser un obstáculo para la investigación de las desapariciones forzadas y el procesamiento y condena de los culpables.

Tal vez con cola de paja y en respuesta a la condena internacional (¡vergüenza!), el gobierno de Mujica impulsó la ley que restableció “el pleno ejercicio de la pretensión punitiva del Estado para los delitos cometido en aplicación del terrorismo de Estado”. Sin embargo, otros apóstatas la rechazaron acaloradamente. Argumentaban nuevamente que el resultado del plebiscito de 1989, reafirmado en 2009, desvirtuaba para siempre cualquier tentativa de juzgar y castigar a los criminales. En primera instancia el diputado Víctor Sempronio, ex tupamaro de sinuosa trayectoria, impidió que se aprobara la ley al retirarse de sala y dejar sin mayoría al Frente Amplio. Luego, Fernández Huidobro, ya senador, al quedar en minoría y por disciplina partidaria, renunció a su banca.

Pocas semanas más tarde, sabiendo de su defensa de la impunidad y de sus afinidades con sectores de los mandos militares, el presidente Mujica lo nombró ministro de defensa. Mujica apostaba a Fernández porque entendía la cabeza de los militares, entendimiento que lo llevó a pelearse con los frenteamplistas y los que luchaban por Verdad y Justicia, mientras fortalecía su excelente relación con los militares .
…que te arrancarán los ojos.

El comandante Manini Ríos no tuvo una presencia destacada en los medios de M
Manini Ríos, comandante en jefe, prácticamente no salía en los medios de comunicación hasta la muerte del ministro de defensa. No le era necesario hacerlo: Fernández lo interpretaba al dedillo. Una vez desaparecido el ministro, el comandante Manini debió llenar el vacío e interpretarse a sí mismo. Comenzó su carrera pública.

Cabildo Abierto y Guido Manini Ríos surcan el mar de ambigüedades y desigualdades que caracterizan la república liberal. Aprovechan, además, la pérdida de perspectiva transformadora del progresismo, la que conduce al desánimo y la disidencia. La institucionalización del Frente Amplio, su incorporación al capitalismo financiero transnacional, lo llevaron a abandonar la tarea de educar conciencias, de profundizar la comprensión y la organización política de los más desprotegidos. Es en esos espacios vacíos que crece el huevo de la serpiente.

Criaron el cuervo y hoy caminan ciegos. Sólo se lamentan. No saben cómo detener la clara ofensiva del monstruo que ayudaron a nacer. El golpe de Estado podrá o no sobrevenir, todo depende de la resistencia que encuentre, de que el movimiento popular uruguayo tome el ejemplo del pueblo chileno y luche para defenderse del autoritarismo que vendrá luego de la pandemia.

zurdatupa@gmail.com

sábado, 17 de agosto de 2019

Guatemala El sueño estéril de la democracia


Por Carolina Vásquez Araya: 
Cuando se han perdido esperanzas de cambio, solo queda insistir para lograrlo.

Las elecciones en Guatemala han dado una dura lección a la ciudadanía y sentado las bases del retroceso histórico más duro experimentado por un país de la región. El domingo no se vivió un proceso feliz sino doloroso, y con muchas más dudas que certezas. Tanto así, que en redes sociales y en prensa abundaron mensajes de hondo pesimismo. La democracia brilló por su ausencia desde el momento mismo cuando se impuso a la fuerza la elección entre dos candidatos sospechosos de delitos electorales, de vínculos con el narcotráfico y de ejecuciones extrajudiciales amparadas por un sistema judicial corrupto. Es decir, la peor de las perspectivas.


Ahora, lo que sigue en la agenda es la vigilancia ciudadana para evitar los abusos institucionalizados por un sistema desviado por completo de los objetivos fundamentales de cualquier propuesta política: no solo ajeno al interés de la nación, también divorciado de los derechos fundamentales de la población y comprometido con los cárteles empresariales asentados en su mayor organización gremial, cuyas maniobras han desvirtuado las bases institucionales con el resultado de consolidar el proceso de descomposición de la democracia y el estado de Derecho.

El mayor de los obstáculos será, por supuesto, la falta de información confiable hacia un público carente -en su mayoría- de elementos de juicio. La precariedad de la educación y el incremento de la pobreza han jugado un papel fundamental en el debilitamiento de la participación ciudadana y, con los nuevos elementos al mando, las perspectivas no son alentadoras dados sus fuertes compromisos con quienes han financiado sus aspiraciones de asumir las más altas investiduras. En otras palabras, cambian los bueyes, pero la carreta es la misma y seguirá la dirección marcada por quienes poseen el control del Estado desde épocas lejanas.

Deberá despertar la mayor atención a partir de este relevo el destino de las nuevas generaciones: esas caravanas interminables de niñez y juventud que huyen hacia el norte buscando un respiro a una vida marcada por la miseria, la violencia criminal y el abuso. De hacerse realidad la inexplicable decisión de transformar a Guatemala en un campo de concentración para migrantes, la situación de niñas, niños y adolescentes pasará de gris a negro profundo por las inevitables amenazas contra su integridad y la reducción a cero de las míseras oportunidades con las cuales cuentan en la actualidad.

Durante la campaña ha quedado evidente la ausencia de programas de gobierno como la nueva marca de identidad de los partidos políticos. Sus plataformas populistas y cargadas de amenazas –pena de muerte, ejecuciones extrajudiciales, penalización de derechos humanos y retroceso de conquistas ciudadanas- representan el nuevo rostro de la dictadura, disfrazada de nacionalismo. Los arrestos de caciquismo de algunos alcaldes, cuyos alardes de un autoritarismo tan ilegal como descarado han recorrido las redes sociales sin respuesta de las autoridades, hablan de un ambiente descompuesto y abiertamente amenazador para una ciudadanía decepcionada y vulnerable.

En suma, el cambio necesario y urgente quedó pospuesto otros cuatro años, un período durante el cual lo malo de la administración actual –lo cual ya es mucho decir- aún podrá caer en niveles extremos. El enfoque en la fiscalización ciudadana es un tema de máxima prioridad para un país tan castigado por la corrupción y el abuso de los sectores político y económicamente poderosos; por lo tanto, si se pretende recuperar la democracia, la unidad y el consenso son la única opción.

elquintopatio@gmail.com

miércoles, 31 de julio de 2019

El fascismo se quiere apoderar de los pueblos del mundo



Por Diego Olivera Evia:
La crisis global del sistema capitalista en manos de Trump

Nos parece importante hacer un análisis descriptivo de la esencia del Fascismo, considerando que esa ideología, se sostiene sobre la violencia moral y ética, sustentada en el racismo y la búsqueda del poder bajo el miedo y la división de las familias, usar la mentira de manera repetida, para crear una falsa verdad, los grupos fascistas en Europa y ahora en América Latina, son parte de una crisis del capitalismo, de crear un modelo de violencia, los ataques a la etnias indígenas en Brasil por Bolsonaro, la Colombia con el modelo terrorista, de la misma manera Chile con una constitución pinochetista, además el grupo de Lima, con Perú, Ecuador ahora con el traidor Lenin Moreno, y otras miembros capitalistas, todos proyectados con el terrorista Donald Trump, psicópata y líder de la “raza área y la supremacía blanca”, son la base del imperialismo y sus secuaces.  



A la vez debemos concebir como el fascismo como una ideología, un movimiento político y un tipo de Estado de carácter totalitario y antidemocrático; creado por el dirigente italiano Benito Mussolini, se difundió en la Europa de entreguerras desde 1918 hasta 1939. El término «fascismo» proviene del italiano fascio (‘haz, fasces’), y este a su vez del latín fascēs (plural de fascis), que alude a los signos de la autoridad de los magistrados romanos. Sin embargo el término «fascismo» es uno de los más difíciles de definir con exactitud en las ciencias políticas desde los mismos orígenes de este movimiento posiblemente porque no existe una ideología ni forma de gobierno «fascista» sistematizada y uniforme en el sentido que sí tendrían otras ideologías políticas de la Modernidad.

Entre los rasgos del fascismo se encuentra la exaltación de valores como la patria o la raza para mantener permanentemente movilizadas a las masas, lo que ha llevado con frecuencia a la opresión de minorías (como judíos y gitanos) y un fuerte militarismo. En este sentido el enemigo se identifica como un ente exterior, a diferencia de los totalitarismos típicos de izquierda en que el enemigo es interno (burguesía).

El fascismo es una ideología política y cultural fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo, por ello exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo; y propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta, denominada cuerpo social, formado por cuerpos intermedios y sus representantes unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad.

Para ello el fascismo inculcaba la obediencia de las masas (idealizadas como protagonistas del régimen) para formar una sola entidad u órgano socio espiritual indivisible. El fascismo utiliza hábilmente los nuevos medios de comunicación y el carisma de un líder dictatorial en el que se concentra todo el poder con el propósito de conducir en unidad al denominado cuerpo social de la nación.

El fascismo es expansionista y militarista, utilizando los mecanismos movilizadores del irredentismo territorial y el imperialismo que ya habían sido experimentados por el nacionalismo del siglo XIX. De hecho, el fascismo es ante todo un nacionalismo exacerbado que identifica tierra, pueblo y estado con el partido y su líder.

El fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales.

La crisis global del sistema capitalista en manos de Trump 
Nuevamente el presidente Donald Trump, muestra la falsedad de sus propuestas políticas, llegando a demostrar una personalidad bipolar, creando propuestas de apoyo al fascismo corriente, creando una teoría sustentada en la supremacista blanca, sustentada por sus padres en crear una sociedad racista, una nación criminal, las recientes amenazas de Trump a las congresistas, negras y musulmanas, con actitudes agresivas y anti éticas, como menciones sobre latinos en el Congreso, lo que muestra sus políticas internas en EEUU, pero más visceral es la política internacional, aliándose a los movimientos fascista de derecha en una guerra contra las propuestas socialistas o progresistas, en un retorno a las políticas de la Doctrina Monroe, en un mundo dominado por EEUU.

En ese sentido nos parece señalar estos conceptos de ultra derecha donde el presidente Donald Trump respaldó al movimiento supremacista blanco como ningún otro mandatario lo había hecho en generaciones al equiparar a los activistas que protestaban contra el racismo con los neonazis y supremacistas blancos que se movilizaron en Charlottesville, Virginia.

El presidente nunca había llegado al nivel de defender las acciones de esos grupos como lo hizo durante una conferencia de prensa que se convirtió en una sesión en la que despotricó en el vestíbulo de la Trump Tower y aseveró que los activistas de una presunta ultraizquierda eran igual de responsables por la violencia que los manifestantes que marcharon con esvásticas, banderas de ejércitos confederados, carteles antisemitas y afiches de Trump y del vicepresidente Mike Pence.

“Gracias, presidente Trump, por tu honestidad y valentía al decir la verdad”, tuiteó David Duke, exlíder del Ku Klux Klan, poco después de las declaraciones del mandatario. Richard Spencer, un líder supremacista blanco que participó en las manifestaciones del fin de semana y prometió que Charlottesville se vería inundado con nuevas marchas en las próximas semanas, también celebró. “La declaración de Trump fue justa y centrada”, tuiteó.

Por su parte, Terry McAuliffe, el gobernador de Virginia del Partido Demócrata, rápidamente acusó al mandatario de profundizar las divisiones que han centrado la atención en esa ciudad universitaria. “Los neonazis, integrantes del Klan y supremacistas blancos llegaron a Charlottesville fuertemente armados espetando su odio y en busca de una pelea”, dijo McAuliffe. “Uno de ellos asesinó a una mujer joven en un acto de terrorismo y dos de nuestros mejores oficiales murieron en un accidente trágico mientras trabajaban al servicio de su comunidad. Esto no fue algo de ‘ambas partes'”.

Esta es la realidad del fascismo  sostenido por EEUU y su líder Donald Trump, un psicópata narcisista, que apuesta al viejo modelo de la doctrina Monroe en América Latina, con sus logros de dividir a través del Grupo de Lima, apoyados en el inmoral y traidor des Secretario de la OEA, Luis Almagro funcionario de la CIA, con el apoyo del ex presidente José Mujica, ahora haciendo campaña para la reelección del traidor, adema el mismo pepe atacando a Venezuela, y además mantener acuerdos con el destituido  General  Manini Rios , en alianzas de derecha, la historia no ha demostrado muchas mentiras y acuerdos anti democráticos y anti Frente Amplio.

Periodista, politólogo y analista internacional
diegojolivera@gmail.com

sábado, 26 de enero de 2019

La nueva fórmula Hitler Mussolini para el Siglo XXI


Por Homar Garcés:
El fundador de WikiLeaks, Julian Assange (asilado desde 2012 en la embajada de Ecuador en Londres) afirmó en fecha reciente que la generación que nacería sería la última libre a nivel mundial. Para una mayoría de personas, una afirmación de este calibre quizá no llame para nada su atención, envueltas como se hallan en la cotidianidad de su mera existencia.


A otras, tal vez les alarme tal posibilidad; especialmente, si avizoran un mundo donde el libre conocimiento alcanzado en los últimos doscientos años termine subordinado al dogma de aquellos que aspiran mantener a la humanidad en un estado permanente de minoridad, domesticándola y haciéndola, en consecuencia, menos rebelde de lo habitualmente permitido. Una situación similar que ya fuera expuesta, en uno u otro sentido, por una extensa lista de escritores -en distintas épocas, como Franz Kafka (El proceso), Aldous Husley (Un mundo feliz), George Orwell (1984), Ray Bradbury (Fahrenheit 451) y Phillip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)- que da cuenta de las acciones absurdas y extremas de poderes absolutos, muchas veces invisibles y de larga data, cuyo objetivo central es la erradicación de todo rasgo de individualidad y de raciocinio propio de los seres humanos sometidos.

En el mundo contemporáneo, no son pocos los analistas que advierten que se está viviendo el advenimiento de una nueva época oscurantista e inquisitorial que tiende a uniformar la opinión pública y a borrar las opciones opuestas a los intereses de los factores de poder, aglutinados, en primera instancia, en las grandes corporaciones transnacionales que controlan la economía global. Algunos de ellos, al revisar los acontecimientos políticos suscitados, principalmente, en Estados Unidos, Brasil y Argentina, hablan de fascismo, aunque diferenciándolo del implantado en Italia, Alemania y España hace casi un siglo atrás.

Todos conocemos la fórmula con que Benito Mussolini cimentó las bases de su régimen fascista en Italia, «Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado», cuyos rasgos esenciales (nacionalismo, militarismo, corporativismo y totalitarismo) fusionaron orgánicamente Estado y partido, de una manera omnímoda que muchos ciudadanos evitaron enfrentar por temor a sufrir desenlaces negativos para sí y sus familias. Igual senda seguiría Adolf Hitler en Alemania, impidiendo toda manifestación de disidencia.

Esto también corresponde a lo seguido, con escasas o nulas excepciones, por los distintos regímenes existentes en todo el planeta, apenas diferenciados en cuanto a discursos, símbolos, nomenclaturas y modalidades, pero demasiado semejantes en cuanto a procedimientos y justificaciones; ahora en función de la preservación de los «sagrados» intereses del mercado global. Dicha fórmula, como se puede intuir, no requiere la existencia o vigencia de derechos colectivos e individuales que puedan eventualmente oponérsele, así que -simplemente- se desechan. Es lo que ha comenzado a hacer el capitalismo neoliberal global. A la vista de todos y a pesar de todos, supeditando así la vida social en general a la lógica e intereses capitalistas; tal como ocurre en la actualidad en nuestra América, más específicamente en Argentina y Brasil.

 En esta categoría, el neoliberalismo capitalista requiere crear las condiciones adecuadas que le permitan imponer su fundamentalismo (anti)ideológico y su totalitarismo de mercado en la totalidad de los países; incluso recurriendo al uso de los ejércitos a su disposición y las amenazas de guerra.
 Así, las diversas expresiones chauvinistas, xenófobas y reaccionarias que ahora conforman el discurso de odio de muchos dirigentes políticos, sobre todo, ultraderechistas -ampliamente divulgadas, además, a través de redes sociales y distintos medios de información- han ocasionado una depreciación creciente de los valores de la convivencia.

El elitismo económico dominante -delineado a partir de la década de los 80 de la mano del binomio derechista representado por Margareth Thatcher y Ronald Reagan, imponiéndose en algunos casos a sangre y fuego- creó en muchas personas la ilusión de un mundo próspero en constante expansión, al cual, luego de atravesar la senda de unos sacrificios individuales y colectivos -vistos y entendidos como algo forzosamente necesario e inevitable- se podría acceder finalmente en igualdad de oportunidades.

Sin embargo, la realidad resultaría ser otra tras el colapso producido por el sector financiero internacional, lo que indujo a varios gobiernos -mayormente en las naciones al sur de nuestra Abya Yala, algunos considerados como progresistas y/o izquierdistas- a adoptar medidas que contrariaban en casi todas las recomendaciones ortodoxas del Fondo Monetario Internacional; permitiendo reenrumbar las economías hacia un horizonte un poco más diversificado y menos dependiente que el tradicional.

Esto se plasmó, a contracorriente, en mayores posibilidades de mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares, resaltando en ello, inicialmente, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, cuestión que permitió también que sus respectivos gobiernos consiguieran, a lo interno, un amplio respaldo popular.

 La construcción de una sociedad postcapitalista y, en todos los aspectos, una que esté especialmente caracterizada por la hegemonía y la cotidianidad democrática de parte de los sectores populares (al mismo tiempo que ellas sirvan para reafirmar su soberanía por encima de cualquier razón de Estado u oligarquía gobernante) siempre ha sido una aspiración revolucionaria postergada. Por diversos motivos. Básicamente por la realidad histórica -común en diversas regiones del planeta- de unas relaciones de poder, engendradas (o derivadas) del modelo de Estado burgués liberal vigente y de los valores excluyentes heredados de la cultura eurocentrista. Esto podría cambiar y acelerarse, a medida que el capitalismo neoliberal confíe en que logrará, sin resistencia alguna, la sumisión total de los pueblos. -

mandingarebelde@gmail.com