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viernes, 22 de noviembre de 2019

Vida de Assange se apaga de a poco en Belmarsh

Por Sergio Ortiz:


Desde hace más de 7 años la vida de Assange es un infierno. Aislado en la embajada de Ecuador en Londres y luego en una cárcel británica. ¿Delito? Dar información verdadera.

Julián Assange tiene 48 años y se hizo conocido en 2010 por su sitio WikiLeaks, cuando publicó 750.000 cables secretos norteamericanos develando crímenes en Irak y Afganistán, incluyendo videos donde se asesinaba a civiles.
El australiano se convirtió así en el enemigo público número 1 de EEUU, por encima de Saddam Hussein que ya había sido asesinado en Irak, y de Bashar Al Assad que recién en 2011 llegaría a ese podio con el inicio de la guerra para derrocarlo en Siria.



La gran diferencia es que Assange no tenía gobierno, recursos ni misiles. Sí un arma formidable, WikiLeaks, para develar esas miserias del imperialismo global. Este hablaba de democracia y derechos humanos, pero bombardeaba pueblos, saqueaba recursos y secuestraba y torturaba en prisiones ilegales manejadas por la CIA, en países aliados como Arabia Saudita, amén de Guantánamo, robada a Cuba.

Las pesquisas de las 16 agencias de seguridad estadounidenses, todas en la órbita del Pentágono, llegaron a la conclusión de que Assange había tenido la colaboración de una analista militar, Chelsea Manning (ex Bradley). La detuvieron y condenaron en 2013 a 35 años de prisión, de los cuales cumplió 7 hasta ser indultada por Barack Obama en su tramo final de la Casa Blanca.
Chelsea se mantuvo leal a Assange y se negó a testimoniar en su contra. Toda una lección de humanidad y valentía de este ex hombre, devenido en mujer.

En ese momento, EEUU le abrió un primer cargo a Assange: conspiración para cometer acto criminal. Aunque sonara muy fuerte, por lo de criminal, tenía una pena de 5 años. Era parte de la táctica: entrégate que no la vas a pasar muy mal, con buena conducta en 3 años te vas. También perseguía engañar a los países donde se asilara el australiano: mándenlo a Virginia, que los cargos no son tan graves.

En el medio el de WikiLeaks tuvo dos acusaciones de mujeres en Suecia. Una de las denunciantes, de 30 años, lo acusó «de haber mantenido relaciones sexuales mientras ella dormía y sin preservativo, a pesar de que ella había rechazado cualquier relación sin protección». ¿Raro no? Si a cierta edad no es tan fácil tener relación entre dos personas despiertas, más complicado lo es cuando una de las dos está dormida…

Esta causa en Suecia, abierta en 2010, fue cerrada por la fiscalía en 2017, ante la imposibilidad de conseguir pruebas. Reabierta en mayo de 2019, esta semana la fiscal general adjunta sueca, Eva-Marie Persson, informó que cerró la investigación contra Assange. Detalló que la investigación adicional realizada desde mayo «demostró que las evidencias utilizadas en el caso no eran lo suficientemente convincentes». Una buena para Julián.

Esas denuncias en Suecia dieron lugar en 2010 a un pedido de extradición al Reino Unido, donde Assange residía. Lo detuvieron brevemente y lo dejaron en libertad al aguardo de una resolución sobre la extradición. Ante el temor de ser enviado a Suecia, como estación de paso hacia EEUU, donde las acusaciones serían gravísimas en su contra, incluso con la posibilidad de ser condenado a muerte, Assange se refugió en la embajada de Ecuador en Londres. Era el 19 de junio de 2012.

Todo en contra.
Su ingreso allí fue autorizado por Rafael Correa, quien luego le extendió un salvoconducto para que pudiera viajar a Quito. El gobierno inglés no le permitió salir y estuvo 2.488 días (casi 7 años) viviendo en 20 metros cuadrados, con sus movimientos acotados. Mientras en EEUU se preparaban más y graves acusaciones en su contra, el asilado no podía armar su defensa porque la CIA lo espiaba con cámaras y grababa todo lo que hacían y decían él y sus abogados en su albergue.

Esa embajada se convirtió en cárcel cuando Correa fue reemplazado por «Kautsky» Moreno, quien -coherente con su traición a su mentor y a su pueblo- la completó contra Assange. Luego de recibir en Quito a Mike Pence y luego a Mike Pompeo, le quitó el asilo y permitió que el 11 de abril de 2019 la policía británica lo llevara detenido.

En mayo pasado la justicia inglesa dictaminó que debía estar preso 50 semanas mientras se resolvía sobre la extradición solicitada por EEUU. Y lo recluyó en la prisión casi de máxima seguridad de Belmarsh, en el sudeste de Londres, construida para alojar terroristas luego de los atentados de 2001.

Si lo mandan a Virginia lo estarán condenando a morir porque el 23 de mayo pasado allí le sumaron otros 17 cargos, que junto con el original tienen una pena potencial de 175 años de cárcel.

Por eso el relator especial de las Naciones Unidas sobre la tortura, Nils Melzer, declaró en octubre que el fundador de WikiLeaks había sido sometido «a la tortura psicológica y violaciones sistemáticas de su derecho al debido proceso por parte de los Estados involucrados». Ya en junio pasado había dictaminado igual sobre la situación vejatoria del detenido. Su nota periodística fue enviada a los principales diarios de Europa y EE UU, y sus respectivos gobiernos, pero ninguno se hizo eco. Eso se llama censura.

El juicio sobre extradición será en febrero de 2020 de modo que el australiano seguirá recluido las 23 horas en una celda de 4 metros, aislado, con la sola visita de un abogado, deprimido, enfermo, pesando 9 kilos menos y sometido a fuerte presión psicológica.

Entre el asilo en la embajada y su prisión actual, lleva 7 años, cinco meses y dos días privado de su libertad. Y su perspectiva es sombría, pues hasta febrero estará recluido en Belmarsh. Después se abren dos perspectivas: ser extraditado a Alexandria, en el estado asiento de la CIA (Virginia), o la libertad.

Esto interpela a los comunicadores, que en forma amplia y universal deberíamos reclamar por la vida y libertad de Assange. Su único «delito» fue desnudar los procedimientos criminales y secretos del imperio.

No hay que esperar nada de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). En su 75° Asamblea de Coral Gables, Florida, del 4 a 7 de octubre pasado, defendió al periodista de Clarín, Daniel Santoro, que sería cómplice de la red extorsiva de Marcelo D’Alessio. La SIP está obsesionada con Cuba y denunció los supuestos crímenes castristas: «a Sandra Haces, Henry Constantin, Yunier Gutiérrez y Ariel Maceo, se les prohibió el acceso a zonas donde se desarrollan eventos noticiosos. Fuentes de información y algunos lectores de Ricardo Fernández Izaguirre y Constantín han sido hostigados. A Inalkis Rodríguez Lora, Yoe Suárez y Constantín se les han practicado revisiones exhaustivas de equipaje en aeropuertos». Uy, ¡qué barbaridades!

En cambio, a Donald Trump no le votaron ninguna resolución crítica específica reclamando por Julián Assange.
ortizserg@gmail.com

miércoles, 14 de agosto de 2019

“El gran acierto en Rojava es que se construyó un movimiento inclusivo”



Por Leandro Albani:
Entrevista a Arges Artiaga, uno de los tantos internacionalistas que se sumó a la lucha de las fuerzas de autodefensa kurdas contra el Estado Islámico en Siria.

Las sonrisas de los niños y las niñas es uno de los recuerdos más fuertes que guarda Arges Artiaga cuando piensa en sus días y noches como miliciano de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG) en Rojava (Kurdistán sirio).

Este gallego que supera los cuarenta años, un día, decidió que no podía seguir observando, sin hacer nada, cómo el Estado Islámico (ISIS, o Daesh) avanzaba sobre el norte de Siria, destruyendo pueblos, asesinando a las personas e implementando una política de terror pocas veces vistas en la historia moderna del mundo. Artiaga no vaciló demasiado para tomar la decisión. A través de las redes sociales, se puso en contacto con The Lions of Rojava (Los Leones de Rojava), un grupo de combatientes internacionalistas que lo asesoró y ayudó a viajar en 2015 a un territorio que, por ese entonces, ardía al calor de los combates entre las YPG y los terroristas de ISIS.

“Los momentos que más intento recordar son las sonrisas de los niños que, a pesar de la miseria de la guerra, era lo que me empujaba a seguir y seguir –rememora en diálogo con La tinta-. Pero no todos son buenos recuerdos. He perdido una gran cantidad de muy buenos amigos, una cantidad que me niego a contar y poner en una cifra. Gente extraordinaria de varios rincones del mundo”.

La cantidad de internacionalistas que viajaron (y todavía llegan) a Rojava es difícil de calcular. Pero lo cierto es que muchos y muchas se sintieron conmovidos frente a las masacres que cometía ISIS, sin que ningún poder internacional reaccionara por completo. También sintieron la necesidad de sumarse a la lucha del pueblo kurdo, al que, durante varias décadas, el régimen sirio le había negado sus derechos sociales, políticos y culturales. La resistencia de las YPG y de las Unidades de Protección de las Mujeres (YPJ) se convirtió en un faro de luz que permitía que muchos y muchas conocieran un proceso revolucionario que todavía sigue en pie. Y hacia esa luz decidieron viajar.

 “A mediados del 2014, prácticamente no conocía la situación en Rojava y no sabía que existía una zona llamada así. Fue a raíz del genocidio de Shengal (cometido por ISIS en el Kurdistán iraquí) que empecé a investigar sobre el tema –cuenta Artiaga-. Un poco después, durante el asedio de Daesh a Kobane, decidí que ya estaba bien, que, si nadie iba a hacer nada, yo tenía que hacer lo que estuviera en mis manos”.

Con una experiencia militar de seis años en España, Arges dejó sus trabajos variados –“cargando pescado en camiones en el puerto, en la construcción o en el monte talando y plantando cualquier cosa que pagara las facturas a fin de mes”-, le comunicó la decisión a su novia y familia, y relegando ser “un tío normal que trabajaba duro para sobrevivir”, emprendió una travesía con un destino difuso.
“La llegada a Rojava fue un camino largo y difícil –rememora-. A principios del 2015, la situación era muy precaria. Daesh había capturado una gran parte de Rojava. La relación con los kurdos fue buena en general, puesto que los gallegos y los kurdos tenemos una cultura bastante parecida, sobre todo, en lo que se refiere a la hospitalidad”.

Desde ese 2015, Artiaga pasó tres períodos en el norte de Siria combatiendo contra ISIS. Su último regreso a Galicia fue en diciembre de 2017. En ese lapso de tiempo, integró la Unidad de Francotiradores 223, que llevaba su nombre en homenaje al internacionalista australiano Ashley Johnson, abatido durante una operación contra los terroristas el 23 de febrero de 2015 en la ciudad kurda de Hasake. Johnson fue el primer occidental en caer en combate reconocido oficialmente por las YPG.

Artiaga extrae de su memoria otra historia sobre un camarada de armas. “John Gallager era miembro de la Unidad 223 y fallecido en nuestra primera misión –relata-, salvando al resto del equipo. Fue cuando, en una misión nocturna, un terrorista saudí, vestido con el uniforme del YPG, se acercaba al equipo hablando kurdo y con un chaleco explosivo. John, que estaba cubriendo ese flanco, se dio cuenta de que algo no iba bien, se puso delante y apuntó con su arma al terrorista. Le gritaba que parase, pero el terrorista disparó primero y John, ya herido de muerte, consiguió disparar y abatirlo. Entonces, el resto del equipo acabó con el terrorista. John impidió que se volara en medio del equipo”.

Antes de integrar la 223, Artiaga fue destinado a Tel Tamir, una localidad asiria al oeste de Hasake que ISIS conquistó a principios de 2015. En el frente que se extendía a lo largo de 40 kilómetros, en una zona conocida como la ribera de Jabur, empezó a relacionarse con los combatientes kurdos. Al principio, las diferencias culturales, el idioma y la urgencia de la guerra generaban ciertas barreras, pero, con el correr de los días, las discrepancias se esfumaron.

En su segunda estadía en Rojava, de octubre de 2015 a mayo de 2016, Artiaga se sumó como francotirador a la Unidad 223. Según relata, este equipo tenía el objetivo de “abrir caminos” con el objetivo de llegar a ciudades y pueblos que tenían que ser liberados. En declaraciones a la prensa europea, Artiaga señaló que la 223 iba “como punta de lanza” y que, en poco tiempo, “la gente del Daesh nos temía y evitaba”. “Nos hicimos un nombre y una reputación entre los kurdos”, sintetiza. La Unidad 223 fue disuelta luego de que las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), en las que combaten las YPG/YPJ, liberaran de ISIS la ciudad de Manbij en agosto de 2016.

En su último paso por Siria, Artiaga participó de las operaciones para liberar la provincia de Raqqa, donde ISIS había instalado la capital de su Califato. Cuando recuerda lo que veía cuando ingresaba a territorios liberados por las YPG/YPJ, las imágenes se multiplican: “Generalmente, lo que veíamos era alegría, un gran alivio. La gente fumaba, se afeitaban las barbas, y las mujeres rompían o quemaban los vestidos negros que Daesh les obligaba a llevar a base de un terror absoluto”.

“No hay que olvidar que, aunque Daesh ha cometido muchos atentados en Europa y otras partes –reflexiona-, los más afectados, con creces, son los pobladores locales, que fueron absolutamente abandonados a su suerte, durante años, por el régimen sirio. El mismo régimen que, al día de hoy, sigue utilizando a Daesh a su favor como un arma de terror contra aquellos que no los apoyan y también como una justificación internacional para bombardear sin piedad a la población civil”.

En mucha ocasión, Artiaga combatió junto a las milicianas kurdas que, en la actualidad, son reconocidas por su tenacidad y dureza a la hora de enfrentarse a los mercenarios de ISIS. Para este gallego que añora sus días en Rojava, en ningún lugar está escrito que las mujeres tengan vetada la lucha. “Cuando estás en combate, no te importa una mierda si el que tienes al lado es un hombre o mujer, si le gustan los hombres o las mujeres, o si le gusta el color rojo o verde –resume de manera cruda-. Cuando las balas empiezan a volar por encima de tu cabeza, lo único que importa es que puedas confiar en quien tienes a tu lado y que esa persona llegue hasta el final y no te deje solo cuando todo parece perdido”.

De su experiencia en Rojava, Artiaga saca conclusiones concretas y simples. Al referirse al proceso que viven los pueblos del norte y el este de Siria (amplia región liberada por las FDS y gobernada de forma autónoma), dice que “aciertos y errores supongo que hay y sigue habiendo muchos, pero el gran acierto es que es un movimiento inclusivo”.

En lo más íntimo y personal, el miliciano de la 223 remarca que su decisión de viajar la tomó “con todas las consecuencias y, si tenía que ser hasta el final, lo sería. Los motivos han ido cambiando cada vez. En la segunda ocasión en que viajé es porque ya me sentía mucho más apegado a los kurdos, los consideraba parte de mi familia y simplemente no podía quedarme en casa mientras mis hermanos morían. La tercera vez que decidí participar en la liberación de Raqqa fue una mezcla de las dos primeras. También quería estar por todos los mártires, por mis hermanos caídos. Necesitaba acabar el trabajo”.

Al regresar a su país, Artiaga fue acusado por la Audiencia Nacional de ser responsable de la muerte de 28 integrantes de ISIS y de “poner en riesgo la neutralidad de España”. Más allá de cierto revuelo mediático, finalmente, la causa en su contra fue archivada.

Aunque, en un principio, las relaciones entre los internacionalistas y los combatientes kurdos tuvieron algunas complicaciones, con el transcurso de los años, la llegada de extranjeros a Rojava se fue aceitando, sobre todo, por la necesidad de barrer del territorio a ISIS. “De los kurdos, aprendí que son un pueblo honorable y abierto –afirma Artiaga-. Cuando un comandante que ha perdido a 30 miembros de su familia en Kobane a manos del Daesh, te dice que hay que tratar humanamente a los prisioneros, cualquier occidental se quedaría sin ningún argumento ante una cosa así”.

Según el combatiente gallego, los internacionalistas en Rojava también “éramos como pequeños embajadores de nuestros países. No hay que olvidar que más de 25.000 miembros de Daesh partieron de Occidente para esclavizar, violar, matar y someter a la población indígena, y no hablo sólo de los kurdos”.
 “Lo que ellos aprendieron de nosotros supongo que es ver el mundo de otra forma, fuera de los estereotipos que pudieran tener –reflexiona Artiaga-. Hay que tener en cuenta que la gran mayoría de kurdos, y no sólo kurdos del norte de Siria, son gente muy pobre. Los que conseguían educarse un poco lo hacían en las escuelas del régimen, donde les contaban una idea totalmente falsa de Occidente, ensalzando a Adolf Hitler como un gran hombre que los depravados, drogadictos y homosexuales occidentales habíamos acabado con él. Esto es solo un pequeño ejemplo que cualquier kurdo de Siria puede confirmar”.

Un último recuerdo fugaz y, a su vez, profundo es cuando otro comandante le dijo que a los kurdos “no nos importa el Estado, nos importa la gente”. Y esa idea es una de las que marcó para siempre a Artiaga.
leandroalbani@gmail.com