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viernes, 4 de enero de 2019

Cuba, una mirada propia a 60 años de la victoria



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein
La revolución cubana arriba a su 60 aniversario, ¿cómo expresar en pocas palabras todo el significado que la efeméride tiene para América Latina y el Caribe y para el mundo?, ¿cómo hacer patente algo diferente a lo que personas de todas las latitudes y longitudes de la región y del planeta han dicho y dirán durante estos días para enunciar el profundo significado que esta fecha encarna en la vida de varias generaciones de revolucionarios, luchadores por la democracia, la independencia y la paz?

Tal vez, lo mejor sea no caer en generalidades y obviar en esta ocasión lo que ya todos conocemos: la trascendencia del Moncada y la “Historia me Absolverá”; la entereza en la prisión; el exilio en México; la epopeya del Granma; la lucha desigual en la Sierra Maestra; la victoria de enero de 1959; la derrota del imperialismo en Playa Girón, el heroísmo inclaudicable del pueblo para resistir casi 60 años de bloqueo; la voluntad de estar de pie ante el chantaje nuclear; la construcción de las nuevas instituciones del Estado revolucionario; la formación de millones de profesionales dotados de una ética distinta que pone al ser humana en el centro; la defensa permanente ante los atentados terroristas, la agresión y la contrarrevolución asesina, incluyendo la guerra química y bacteriológica; la solidaridad internacionalista; la victoria de Cuito Cuanavale y la derrota definitiva del apartheid; la superación del período especial cuando todos auguraban el  fin; el liderazgo indiscutido del Comandante en Jefe Fidel Castro; el prestigio  de los dirigentes y del partido comunista; la continuidad en la conducción tras la salida de Fidel y Raúl de la máxima jerarquía del Estado y el gobierno y; sobre todo, la inquebrantable voluntad del pueblo cubano de resistir y defender a cualquier precio su soberanía, su independencia y el sistema de gobierno que se dieron.

En fin, nada que no se haya dicho… y hay mucho más, tanto que los límites estrechos de un artículo no permiten exponer la magnitud del hecho más importante de la historia de la América Latina del siglo XX.

Por ello, tal vez lo único diferente que pueda decir es contar la experiencia propia de mi relación con Cuba como exposición vivida de su magnificencia y como receptor de su afecto y solidaridad. El inicio de mi acercamiento a Cuba vino desde la niñez, en las noches, mi padre escuchaba en sumo silencio la radio por onda corta y se hizo natural que yo repitiera con suprema inocencia (y con el temor de mi padre que lo hiciera fuera de casa) aquel lema que exponía toda una declaración de principios: “Aquí Radio Habana Cuba, transmitiendo desde La Habana, Cuba, primer territorio libre de América”. El hecho que tan simple acción entrañara peligro y, por tanto la inquisitoria recomendación de papá de no comentarlo en la escuela ni ante extraños, fue forjando un halo de misterio en torno a aquella palabra que era el nombre de un país donde “estaban ocurriendo cosas importantes para que los niños pudieran ser felices” según la sabia explicación de mi padre.

En el Chile de Allende, ya en la plena adolescencia militante comencé a comprender con fundamento político la magnitud de la obra de la revolución cubana. La larga visita de Fidel a Chile en 1971 sirvió para conocer con más detalles el alcance internacional de la solidaridad de la isla caribeña y tener la posibilidad de estar cerca de un líder que desbordaba su visión bolivariana y martiana y su sentimiento internacionalista. Algunos años después diría: “Ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”. El acto realizado en la comuna de San Miguel, en la estatua al Che, frente al hospital Barros Luco, a solo dos cuadras de mi liceo, me permitió tomar tribuna desde muy temprano en las primeras filas de la multitudinaria manifestación de encuentro entre dos pueblos hermanos. Recuerdo como si fuera hoy sus palabras de exaltación a la vida y la obra del Comandante Ernesto Guevara que culminaron cuando dijo que por todo lo que había relatado, el Che se había convertido en  “el modelo de revolucionario, el modelo de combatiente y de comunista para los pueblos del mundo”. Eso fue el 28 de noviembre de 1971, lejos estaba de saber que la vida me llevaría a Cuba solo un poco más de dos años después.

Así fue, tras el golpe de Estado cívico militar de septiembre de 1973, Cuba nos recibió con los brazos abiertos junto a miles de exiliados chilenos y de otros países que se refugiaron en la isla para protegerse de los embates de la dictadura de seguridad nacional instauradas, dirigidas y monitoreadas por Washington que las amparó y protegió cobijándolas bajo los designios asesinos del Plan Cóndor.
Llegué a Cuba a mitad del curso académico, me dieron un plazo para hacer los exámenes del primer semestre al mismo tiempo que cursaba el segundo, con el agravante de tener que nivelarme para ponerme a tono con la superior calidad de la educación cubana. Era una tarea titánica que se vislumbraba casi imposible, de no haber sido porque la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) de mi escuela tomara la decisión de “apadrinarme”, lo cual significó que los mejores estudiantes de cada materia usaran parte de su tiempo libre para ayudarme a superar los exámenes cotidianos y los que debía nivelar. Si no hubiera sido por ellos habría perdido el año y hubiera tenido que regresar a cursarlo nuevamente. Esto me llevó a percibir de manera vivida, valores que comenzaron a ser cotidianos: la solidaridad, el desprendimiento, la generosidad y la fraternidad propias de un país que en medo del asedio y de las dificultades propias de la agresión imperial era capaz de repartir lo poco material que tenía, mientras suplía esas falencias con un superávit de calidad humana desconocida por mí.

La vida en el pre universitario no se circunscribió a lo estrictamente educacional, la asistencia a los trabajos voluntarios en la recolecta de tabaco en Pinar del Río durante 70 días, las actividades culturales, deportivas y recreativas, la participación en las actividades de la Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEEM) y sobre todo la posibilidad (a pesar de ser extranjero) de intervenir en los debates para opinar sobre las definiciones y el contenido de la Constitución que habría de aprobarse en 1976, además del quehacer propio del reparto (barrio) donde el pueblo y el gobierno cubano nos entregaron generosamente un hermoso apartamento completamente amoblado a mi familia al igual que a la de cientos de otros “extranjeros”, fueron conformando una visión más amplia y acabada sobre la vida interna de Cuba, la pujanza de sus novedosas instituciones, la magnanimidad de su pueblo y la sintonía de éste con sus dirigentes. No nos dejaron sentir extranjeros, al contrario, las muestras de afecto eran cotidianas, lo que además fue creando un compromiso sin imposiciones sino como expresión de la conciencia de un sentimiento de humanidad que solo la revolución cubana ha podido trasmitirme.

En el año 1975 tomé una decisión transcendente para mi vida: fue posible ingresar a estudiar en las Fuerzas Armadas, con ello pude adentrarme en un mundo nuevo que no conocía: el de la disciplina estricta: “ La orden del jefe encarna la voluntad y el mandato de la patria”; el de la formación integral para la guerra como militar revolucionario, dotado de una teoría y haciendo una práctica que permitiera la eficiencia y la victoria en el combate; el del ser humano integral dispuesto a la batalla junto al pueblo, enseñando , pero aprendiendo de él porque también -en tanto después me tocó mandar una unidad de reservistas, obreros del puerto de La Habana que trocaban su uniforme cotidiano  de faena en uniforme verde olivo para prepararse para la defensa de la patria socialista- pude impregnarme de la sabiduría popular, del acervo que se adquiere en la batalla diaria contra el imperialismo, el de sentir un amor profundo a la patria, sin dobles actuaciones ni búsqueda de reflectores, solo por la condición de haber nacido en una isla de hombres y mujeres libres y finalmente, el de ser un individuo pensante política e intelectualmente.

Finalizaba mi curso en la escuela militar cuando se produjo el abominable atentado terrorista contra un avión de Cubana de Aviación en Barbados muriendo 73 personas entre ellas 55 cubanos. Nos sentimos obligados a interrumpir los estudios para los exámenes finales para acompañar junto al pueblo y a Fidel, a los familiares de los asesinados por el terrorismo made in Washington. Sentí el dolor y la impotencia de millones de ciudadanos y comprendí por primera vez en su justa dimensión aquella frase del Che en su despedida de Cuba y de Fidel “… en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron el camino hacia la victoria”. Fidel -como siempre- supo interpretar el sentimiento popular insuflando al pueblo de valor y de convicción de victoria en medio de la conmoción causada por el vil acto contra revolucionario “No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos del abominable crimen. ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla! ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”. Ese día cambió mi vida, me comencé a sentir como propio el orgullo de un pueblo que no se arrodillaba ni se arrodillaría jamás.

Los días, semanas, meses y años posteriores fueron de un ardor y un rigor inusitados, el pueblo y el gobierno cubano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) como parte de ellos, ante una de solicitud de ayuda del Movimiento Popular de Liberación de Angola para salvaguardar su declaración de independencia, evitando con ello que el odioso sistema de apartheid imperante en Sudáfrica en alianza con fuerzas imperialistas y colonialistas de Estados Unidos y las potencias europeas impidiera  el acto final de la larga lucha por la independencia de ese país africano, concurrió de inmediato a ponerse a las órdenes del mando angolano, desplegando sus fuerzas militares que no sólo garantizaron la independencia de Angola, sino que permanecieron en territorio africano aportando a la independencia de Namibia y a la derrota definitiva del oprobioso régimen del apartheid.

Los que nos quedamos en Cuba, tuvimos que hacer frente al incremento de la actividad contrarrevolucionaria patrocinada por Estados unidos tras el crimen de Barbados, con la suposición que el despliegue de un gran contingente militar en Angola y posteriormente, en 1977 también en Etiopía a solicitud del gobierno de ese país tras la invasión extranjera proveniente de Somalia, significaría una insuficiencia y una merma del potencial combativo del pueblo cubano en la defensa de la isla gloriosa. Fueron años de un esfuerzo superior, de sacrificios increíbles de un pueblo orgulloso de sus raíces negras africanas, por lo que sintieron la obligación moral de acudir en ayuda de sus antepasados del otro lado del océano, pero fiel también a sus raíces irredentas se desplegaron con alta disposición combativa para evitar que las garras imperiales se posaran nuevamente en la patria de Martí y de Maceo. Precisamente fue el general Antonio Maceo, apodado el “Titán de Bronce” en la guerra de independencia de su patria quien había sentenciado que: “Quien intente apoderarse de Cuba, solo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”.

Muchos quisimos ir a combatir a África, más que un mandato, era un anhelo, era la posibilidad cierta de luchar de forma directa contra el imperialismo, el colonialismo y el apartheid, pero –como dije antes- la misión fue que permaneciéramos en Cuba. Nuestra oportunidad llegó algunos años después: la revolución sandinista vivía momentos decisivos tras el fracaso del intento insurreccional de septiembre de 1978 motivado en la división del FSLN que no permitía el accionar conjunto contra la dictadura somocista, la tan ansiada unidad llegó a comienzos de 1979, lo cual permitió desatar la ofensiva final a partir de junio. En ese contexto, Fidel entendió que se necesitaba producir un cambio cualitativo en el potencial combativo, ante lo cual el envío de un grupo de militares con formación profesional podría significar ese extra que acelerara el curso de la guerra y adelantara el inevitable triunfo del FSLN en la insurrección anti somocista. Así se lo hizo saber a la dirección sandinista conviniendo que un contingente internacionalista se hiciera presente en la etapa final de la insurrección contra Somoza. Una vez más, la visión estratégica de Fidel se había manifestado certera. La creación de un poderoso frente de guerra en el sur del país, al que se agregaron los internacionalistas venidos de varios países, obligó al enemigo a concentrar sus fuerzas en el sur, lo cual permitió que el resto de los frentes pudieron incrementar su accionar para converger victoriosos en Managua el 19 de julio de 1979.

El desarrollo de las acciones se produjo tal cual lo visualizara Fidel previamente haciéndoselo saber al contingente que se preparaba para partir. Nuestra misión fue avanzar desde la frontera, resistir sin retroceder ante los embates de lo más poderoso de las fuerzas terrestres y aéreas de la dictadura y así lo hicimos. Fidel nos trasmitió sabiduría, conocimiento del arte militar y sobre todo, confianza en la victoria.

La extraordinaria posibilidad de reunirnos casi a diario con él, escucharlo, conversar no sólo de los temas atingentes a la guerra, el escenario de las acciones combativas, el despliegue de las fuerzas y medios, sino que también escuchar su visión de futuro y las tareas que nos tocaría cumplir, así como temas de orden personal y familiar llenaban el tiempo y nos hacían comprender que estábamos ante un personaje de otra dimensión.

Y salimos, hacia la guerra y hacia la victoria. Sólo tenía 22 años, había concluido mi formación y ahora debía hacerla práctica. A aquel adolescente que había llegado a la isla con una educación emanada fundamentalmente de mis padres y en alguna medida de la militancia, se había agregado de manera indisoluble y para siempre el influjo enriquecedor de la revolución cubana. En gran medida lo que soy y lo que fui, se debe a esos años de acrecentamiento humano, político y profesional que me aportó Cuba, sobre todo en cuanto a valores, principios y comportamiento ético.

He tratado de vivir acorde su ejemplo, nunca me he distanciado de ella, buenos y nuevos amigos han aparecido para llenar mi existencia con distintas y novedosas dosis de fraternidad y hoy cuando se cumplen 60 años de la victoria del 1° de enero de 1959, Cuba mantiene su bandera enhiesta y en el pedestal más alto que pudiera estar.

No tengo ninguna duda (porque conozco a Cuba profundamente y desde adentro) que las nuevas generaciones darán continuidad a la obra iniciada por Fidel y Raúl, por el Che y Camilo, para perpetuar la independencia de Cuba, también como un ejemplo para los jóvenes que no la vieron nacer ni desarrollarse en sus primeros pasos, pero que pueden percibir que a 60 años el espíritu de lucha, de combate y de victoria se mantiene incólume en este mundo diferente. 

sergioro07@hotmail.com

sábado, 21 de abril de 2018

Doce presidentes estadounidenses después, ¡Cuba sigue enhiesta y altiva!


Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

Han hecho todo lo posible, legal e ilegalmente, han quemado cañaverales, han introducido plagas a los animales, las plantas y las personas, organizaron, armaron y financiaron una invasión militar que el pueblo cubano derrotó en menos de 72 horas un día como hoy hace 57 años, han promovido deserciones y riesgosas migraciones ilegales, han robado cerebros, han intentado asesinar a sus dirigentes centenares de veces , han mantenido un bloqueo ilegal e inhumano por casi 60 años, se sostienen de manera ilegítima en la base naval de Guantánamo contra la voluntad del pueblo cubano, han gastado miles de millones de dólares en la subversión, el sabotaje y el terrorismo, pero no lograron su objetivo: no sacaron ni a Fidel ni a Raúl del poder, ellos se fueron por voluntad propia y por decisión del pueblo cubano.



Hoy Raúl se retira de su cargo de presidente de Cuba y lo hace por la puerta ancha de la historia, reconocido, admirado y querido por su pueblo, igual como lo hizo Fidel. Doce presidentes desde Eisenhower hasta Trump, fracasaron en el intento: los Castro hicieron revolución, hicieron patria, hicieron socialismo, hicieron internacionalismo y triunfaron.

La pequeña Cuba, aislada durante décadas por sus pares latinoamericanos, bloqueada hasta hoy por la obsesión imperial, tuvo fuerzas para salir adelante y todavía le quedaron restos para transmitir amor, solidaridad, educación, cultura y salud por los infinitos rincones del planeta, donde por cierto regaron con la sangre de sus mejores hijos los campos, las ciudades, las montañas y los desiertos de África, el Medio Oriente, el Caribe y América Latina y vale preguntarse ¿qué riqueza se trajeron de vuelta?. Ninguna, absolutamente nada material, solo el honor de saldar su propia deuda con la humanidad como dijera Fidel en algún momento.

Acaso Fidel y Raúl pensaron que iban a ser presidentes cuando aquella mañana irredenta del 26 de julio de 1953 arriesgaron sus vidas para iniciar el camino de la liberación, acaso se amilanaron cuando fueron juzgados “en tan difíciles condiciones” y teniendo que defenderse, considerando que jamás “contra un acusado se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades”… y salieron adelante. Hoy, cuando Raúl ha dejado de ser presidente de Cuba, al igual que Fidel, puede exclamar a viva voz que la historia lo absolvió, abandonando la más alta magistratura, pero dejando un país soberano, digno y respetado en el concierto internacional, más por la fortaleza de sus ideas, por la reciedumbre de sus mujeres y sus hombres y por su amor a la patria, que por riquezas materiales que la naturaleza no le proveyó.

La cárcel, esa prisión fecunda que transformaron en escuela de formación revolucionaria, solo sirvió para acrecentar su confianza en el camino emprendido. La creación de una organización que diera continuidad a la epopeya del Moncada, ocupó todos los esfuerzos y desvelos, ninguno de ellos estuvo dedicado a pensar en qué harían cuando fueran presidentes.

El exilio mexicano, la preparación para regresar a la patria y a la lucha, el Granma: 82 combatientes en aquella exigua nave que puso proa hacia la isla querida y hacia la lucha. ¡En el 56 seremos libres o seremos mártires! ¿Estaban pensando en ser presidentes? No, el futuro era la libertad o la muerte y nuevamente lo asumieron sin dudar y cuando después del desembarco, y tras el desastroso combate de Alegría de Pío, en Cinco Palmas logran reunirse 8 combatientes, Raúl entre ellos, y 7 fusiles, Fidel afirmó categórico ¡Ahora si ganamos la guerra!. ¿Es que acaso estaban pensando en la presidencia?

La lucha pasó por momentos difíciles, los combates eran permanentes y continuos, pero el apoyo de los campesinos también crecía.  No había tiempo de pensar en la presidencia. El escenario de los combates fue aumentando, el influjo del Ejército rebelde se ampliaba con los días y en marzo de 1958, Raúl, que no había pensado en la presidencia, fue ascendido a comandante y se le encargó salir del abrigo protector de la Sierra Maestra para crear el Segundo Frente, en la zona nororiental el país. Tuvo que partir de cero para crear las bases revolucionarias de un territorio que comenzó a ser liberado. Dos años y 13 días después del encuentro entre Fidel y Raúl, en Cinco Palmas, el 1° de enero de 1959, la revolución triunfante inició el cambio en la fisonomía de la isla. Ese día Fidel dijo que “La Revolución empieza ahora, la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros…”. Alguien puede suponer que en ese momento estaba pensando en la presidencia.

 Acaso, ¿les tembló el pulso en Playa Girón?, ¿estaba Fidel cavilando sobre la presidencia cuando desde un obús autopropulsado frente a los barcos de la armada de Estados Unidos, dirigió directamente los combates  que permitieron rechazar la invasión mercenaria?...y podríamos poniendo ejemplos, pero el espacio no lo permitiría, el transcurrir del proceso revolucionario muestra de manera fehaciente que los cubanos fueron resolviendo cada problema que se les presentaba en el tiempo y de la manera mejor, según sus propios criterios. Por cierto, como todo proceso social, lo hicieron con aciertos y con errores.
Ahora que en Cuba hay un nuevo presidente, me voy a permitir recordar algunos párrafos de un artículo referido a la llamada transición en Cuba, que escribí en diciembre de 2016, tras el fallecimiento de Fidel

Según la información que manejo de fuentes directas, la llamada transición en Cuba comenzó en realidad en septiembre de 1986, “…en febrero de ese año se celebró el III Congreso del Partido Comunista (PCC) y solo un mes antes, Fidel había cumplido 60 años. Es evidente que las reflexiones realizadas por las altas autoridades cubanas respecto de esos dos hechos, y seguramente otros más, llevaron a la conclusión de que había llegado el momento de comenzar a pensar en la necesidad ineludible de preocuparse con mucha antelación por la continuidad de la revolución cubana en el tiempo, dando paso a una fase permanente y continua de formación de cuadros que hiciera que el natural proceso de finitud de la vida de los líderes históricos de la revolución, no causara contratiempos y se enmarcara en el normal desarrollo de la vida política de un país, sobre todo de éste, ubicado a solo 150 kilómetros de la mayor potencia mundial y sometido al acoso y la agresión permanentemente, en los últimos 35 años.

El fallecimiento de Fidel Castro, además del odio de lo más putrefacto de la derecha internacional, hizo emerger toda clase de teorías y opiniones sobre la transición en Cuba. Es sabido que la mayor parte de los medios de comunicación moderno si no tienen información, la inventan y la transforman en verdad, esta vez infructuosamente intentaron colocar tal tema como el más importante, tratando de ocultar el extraordinario homenaje que el pueblo cubano, los pueblos del mundo, y los estadistas decentes de todas las ideologías rindieron al Comandante en jefe de la Revolución Cubana.

Las cloacas imperiales han destapado toda una serie de hipótesis respecto del futuro de Cuba. La cara siempre idiota de la locutora estrella de CNN, cuando las respuestas a sus preguntas no son las esperadas, eran un verdadero poema. Esa noche del 25 de noviembre consultaba a una persona en La Habana respecto de qué estaba ocurriendo y la respuesta de “Nada. Todo está normal”, desencajaba su artificialmente estirado rostro, pues había transmitido durante años que “el régimen cubano ocultaría la muerte de Fidel Castro para evitar las multitudinarias manifestaciones que pedirían el fin del régimen”. Solo la estupidez, la ignorancia o la imaginación de escenarios estereotipados diseñados en laboratorios de guerra sicológica podían hacer suponer que tal habría de ser la respuesta del pueblo cubano al fallecimiento de quien consideran después de Martí y tal vez a su lado, el más grande paradigma de la cubanidad”.

Y ahora Raúl dejó el cargo de presidente y nuevamente no pasó nada y no pasará nada porque como también dije en ese artículo que hoy traigo a colación: “La transición en Cuba también incluyó un largo y paciente trabajo de reestructuración de los métodos de trabajo. Raúl Castro se encargó personalmente de que ellos fueran efectivos en el Partido Comunista de Cuba, las Fuerzas Armadas y los órganos locales del gobierno y Partido en las provincias y municipios. Se hizo énfasis en una política de selección de cuadros que incluyera a los jóvenes para que en todos los niveles de la administración y el Partido se fuera dando un prolongado y constante relevo generacional. Hoy en Cuba, más del 70 % de los dirigentes del Partido y el Estado y de los generales de las Fuerzas Armadas, nacieron después que Fidel Castro dirigiera el asalto al cuartel Moncada en 1953.

Ese proceso se desarrolló con altas y bajas, algunos de los cuadros designados para ocupar altos cargos en el gobierno y el partido cometieron errores y fueron destituidos, el país pasó por el difícil “Período Especial“, después de la desaparición de la Unión Soviética y del campo socialista, principales aliados y socios comerciales de Cuba que además trajo un recrudecimiento del bloqueo económico de Estados Unidos contra el país y que fue especialmente severo entre 1990 y 1993 cuando desde diferentes fuentes occidentales se anunció el fin de la revolución cubana. Esta fue una nueva prueba de fuego para el mandato y el liderazgo de Fidel. Cuba logró superar este momento, el más duro de su historia, cuando solo en 2007 pudo recuperar el PIB de 1990.

La transición siguió su curso, incluso en esas condiciones, cuando Cuba pasó por el que quizás ha sido el momento de mayor debilidad de su historia. En ese lapso solo se pudo realizar el V Congreso del PCC en 1997, hasta que el VI Congreso, ya con Raúl Castro en el poder, confirmó todas las decisiones tomadas en 1986.

Hoy, Miguel Díaz-Canel se ha transformado en presidente de la república de Cuba. Para el que quiera escucharlo, sus primeras palabras en esa condición no dejan duda alguna: “Aquí no hay espacio para una transición que desconozca o destruya la obra de la Revolución. Seguiremos adelante sin miedo y sin retrocesos; sin renunciar a nuestra soberanía, independencia, programas de desarrollo, e independencia” y agregó “A quienes por ignorancia o mala fe dudan de nuestro compromiso, debemos decirles que la Revolución sigue y seguirá”, pues “el mundo ha recibido el mensaje equivocado de que la revolución termina con sus guerrilleros”.

Doce presidentes estadounidenses después, ¡Cuba sigue enhiesta y altiva!

sergioro07@hotmail.com

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sobre Fidel y los monumentos

Por Sergio Ortiz

A raíz del anuncio del presidente Raúl Castro en el sentido de que por pedido de Fidel no habrá monumentos ni escuelas ni otros edificios que lleven su nombre, quiero dar una opinión respetuosa pero diferente.

Parto de tres coincidencias con aquella decisión de los camaradas cubanos. Una, que salvo circunstancias excepcionales históricas que podrían darle cierta justificación, como línea general no es correcto el llamado “culto a la personalidad”. En ese sentido el pedido de Fidel tiene su razón de ser, lo reconozco. La segunda, que por supuesto los grandes hombres y sus grandes legados no dependen de ponerle su nombre a un edificio. Y la tercera, que al bautizar con el nombre de líderes fallecidos a ciertas obras o monumentos hay que guardar el decoro y no ponerlo mil veces, abrumando, como pasó en cierta forma reciente en la Argentina.



Hechas esas tres aclaraciones indispensables, paso a explicar mi postura favorable a poner ciertos nombres de Fidel en Cuba y en otros países, incluida la Argentina, que es lo que importa más y donde nuestra opinión tiene que ser tenida en cuenta (no así en Cuba, donde tienen todo el derecho del mundo de cumplir con lo que Raúl enunció en su discurso de ayer en Santiago de Cuba, sin injerencia de nadie; el mismo derecho exijo para los solidarios con Cuba en Argentina, que debemos resolver nuestros asuntos sin ninguna injerencia de ningún tipo).

Fidel ha sido el gran conductor de la revolución cubana. Y quedó demostrado con la masiva y sentida manifestación del 99 por ciento del pueblo cubano, que no fue tenida en cuenta por Fidel al pedir que no haya monumentos con su nombre. Fue una decisión suya. Quizás si el pueblo cubano fuera consultado, o hubiera sido consultado, podría haber votado u opinado en un sentido contrario, de que sí se debían bautizar con su nombre a determinados sitios de la isla. Es solo una suposición mía, viendo el dolor y la emoción de millones de fidelistas.

Ese conductor histórico y concreto se merece un lugar con su nombre en su país, que fue conocido en el mundo en buena medida gracias a él, su lucha, la de sus compañeros y el pueblo. Por caso, manteniendo el monumento a José Martí, quizás la plaza de la Revolución de La Habana, pudiera llevar el nombre de Fidel. Así quedarían enlazados Martí, Revolución y Fidel.

Y en el mismo sentido, Santiago de Cuba, la ciudad héroe, pudiera llamarse Fidel Castro, por todo lo que Fidel dio a ese oriente y lo que la zona la dio a él y la revolución, desde el Moncada en adelante y antes con Martí. Otra vez la trilogía, Martí, Revolución y Fidel.

Esta es mi humilde opinión. Reitero que los cubanos, su pueblo, su gobierno y su partido son los únicos que tienen capacidad de resolver el asunto. Uno opina desde afuera y seguramente se equivoca.

Se me ha dicho que como ya fue anunciado públicamente por Raúl, ahora no puede haber vuelta atrás. Y que como lo dijo Fidel, tampoco.

Disiento respetuosamente con esas opiniones. A veces hay que saber corregir algo, aún si el máximo líder o el máximo congreso del PCC decide algo, que puede mejorarse.

Doy un par de ejemplos rápidos. El VI y el VII Congreso del PCC aprobaron los Lineamientos Políticos y Económicos, que fueron parcialmente cumplidos, modificados y enriquecidos. Y nadie dijo: no, no se puede modificar porque lo aprobó un Congreso partidario. En base a eso el Comité Central del PCC decidió un plan según el cual en un año debía salir de la órbita estatal determinada cantidad de empleados, no recuerdo si medio millón o un millón, pero luego debió rever y anular ese objetivo y ese plazo porque había críticas y los tiempos no daban. Sí se pueden modificar determinados anuncios o metas, según discusiones, consultas y evaluaciones populares y partidarias posteriores. Me gustaría que la dirección cubana consultara a la población sobre si está de acuerdo en no poner el nombre de Fidel a determinados monumentos, paseos, escuelas o edificios.

Otro ejemplo para debatir. El Che había escrito y dicho que cuando un guerrillero cae en combate, allí queda. Sin embargo Fidel no le hizo caso. Lo buscó incansablemente por treinta años después de asesinado en Bolivia, y cuando lo encontraron e identificaron los especialistas, lo llevó de vuelta a Cuba igual que a otros guerrilleros caídos. No respetó aquella voluntad del Che. E hizo muy bien, porque esa decisión de Fidel era la correcta y correspondía con la opinión mayoritaria del pueblo cubano. ¿Y adónde fue el Che? A un mausoleo y monumento en Santa Clara, muy merecido por cierto. ¿Por qué el Che va a tener su lugar de culto ateo y revolucionario y Fidel no? Yo no me lo puedo explicar.

Creo que en las duras batallas políticas e ideológicas que se vienen para el pueblo cubano y su dirección, por sostener y profundizar el socialismo, cuando la vieja generación revolucionaria está muriendo -como Fidel- y otros retirándose como Raúl, es importante -como un complemento, no más que eso- tener monumentos, escuelas, fábricas, bibliotecas, estadios y campamentos que lleven el nombre de Fidel. Les recordará a los cubanos con su sola presencia a la vista el compromiso con la revolución que han suscripto desde que aquél falleció el 25 de noviembre pasado.

Un último argumento, argentino. En el acto de homenaje a Fidel en la plazoleta Agustín Tosco, de Córdoba, el pasado martes 29, planteé que vamos a hacer un monumento a Fidel, pequeño, en el campus de la Universidad Nacional donde habló en julio de 2006 junto a Hugo Chávez. Ahora, si Cuba no hace monumentos, eso nos descoloca a los argentinos. El rector derechos Hugo Juri, que nos negó el honoris causa para Fidel al cumplir éste los 90 años, podrá decirnos: no ha lugar al monumento porque en Cuba el propio Fidel y Raúl Castro dijeron que no debe haber tales lugares.

Que en Cuba los hermanos cubanos hagan lo mejor para ellos. Los respeto y quiero entrañablemente. Pero en Argentina los solidarios con Cuba que quieran hacer pequeños monumentos por Fidel, creo que los vamos a hacer igual, como ese que propusimos antes de saber que Fidel había dispuesto otra cosa.

Ya sabemos que las luchas de clases y las revoluciones son algo superior, y no dependen de cosas secundarias, que son detalles en última instancia. Pero los líderes no son poca cosa, aleatoria, coyuntural. Son un factor decisivo y Fidel lo fue. Sería bueno tener lugares físicos, por modestos que sean, donde poder recordarlo cotidianamente, junto con sus libros, discursos, fotos, reportajes anécdotas, victorias y tropiezos, críticas y autocríticas, explicándonos cómo era este mundo capitalista e injusto, cómo era el mundo del futuro y cómo debíamos luchar en éste para conseguirlo.

Su modestia innata no quiso monumentos. La revolución cubana, latinoamericana y mundial sí los necesita y los quiere, como motivo de inspiración y juramento de seguir la lucha revolucionaria que él lideró por la liberación y el socialismo.

ortizserg@gmail.com