Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Arenas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Arenas. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de junio de 2019

La eterna vigencia del capitalismo primitivo



Por: Jesús Arenas:
No pretendo dar una catedra de Derecho Romano ni confieso algún recalcitrante prurito contra el capitalismo vigente, porque la realidad me obliga, a duras penas, soportarlo y vivirlo. Pero es pedagógico dar a conocer brevemente a nuestros jóvenes lectores, un asomo de ese aspecto, por considerarlo “justo y necesario”, es decir, una curiosa tabla comparativa de ciertos pasajes del derecho primitivo romano que aun rige los destinos del campesinado latinoamericano.


Diariamente conocemos las penalidades de indígenas y trabajadores humildes del campo que reclaman su abandono y sufren el despojo auspiciado por las oligarquías enquistadas en el poder, con la complacencia de cuerpos armados utilizados como verdugos de su propio pueblo. La represión es una característica derivada del atropello imperial de la antigua Roma, utilizada por el neoliberalismo imperialista.

En el Derecho Romano, estaba muy claro para los patricios (oligarquía) lo que debían obtener de las obligaciones (nexum) establecidas para expoliar a los plebeyos rurales y despojarlos de sus tierras y frutos.  Ese “nectare” anudaba, ataba hasta la propia vida del campesino mediante leyes continúas evaluadas y acordadas en los concilios privados de sus palacios. El deudor que nacía de esas obligaciones agiotistas, respondía hasta con su propio cuerpo por las deudas adquiridas e impuestas.

Aquella famosa “ley de las Doce Tablas” permitía la condena por deudas mediante la detención del deudor, fijando el peso de las cadenas que le colocaban como escarmiento por su incumplimiento y la limosna de alimentos que recibía despectivamente del acreedor. Sometido a un estado de esclavitud, el plebeyo rural, perecía junto a su patrimonio y su familia. La ley lo juzgaba, a imitación, con una capitis diminutio y el desarraigo de su páter familiae

Transcurrido cierto plazo sin que pudiera cumplir su pago, el campesino romano, a instancias del orden “legal romano”, podía ser vendido, por el acreedor, o ser sometido como esclavo o matarlo. ¿Acaso no es algo parecido al sicariato rural o ajuste de cuentas que padece nuestro campesino por parte de los terratenientes? Desde esa práctica asesina corre el imperialismo hasta nuestros tiempos, aunque tratadistas nos confundan con terminologías jurídicas superpuestas y simuladas.

Las deudas actualmente pueden crear derechos a varios acreedores lo que permite la ley subrogarse en el cobro, pues en la época romana, varios acreedores podían reclamar, igualmente, sus derechos al deudor formando parte de la “gavilla” que lo podía destrozar corporalmente repartiéndose sus miembros, en virtud de la relación personal establecida. La denominada “venganza privada” estaba regulada por la Ley del Talion. A partir de ciertas épocas del imperio romano la obligación estaba relacionada con el crédito y confundida con el derecho penal.

Hoy día, nuestros gloriosos banqueros en contubernio con terratenientes, negocian el asedio al campesino solicitando leyes a los gobiernos neoliberales para darles cierto viso de legalidad. Vemos como persiguen a los cultivadores ancestrales para construir represas, edificaciones, sin importarles la contaminación de las fuentes ni la infertilidad del suelo. Levantan sus fábricas para obtener productos que les enriquecerá más y les permitirá la obtención de dinero fácil ocasionando una esclavitud de hambre en los cordones de miseria (favelas) de las ciudades, mediante la escasez, la especulación y el acaparamiento.

Es una realidad palpable que los medios ocultan a cambio de una tarifa e interpretan demonizando a los delincuentes pobres. Es perogrullada insistir que nuestros campos están cada vez más abandonados y áridos. Ya no resisten más préstamos desvergonzados de las élites terròfagas; lucen exprimidos e improductivos. Nuestros organismos sobre la materia no son suficientemente diligentes en recuperar y hacer cumplir los créditos otorgados. Así asistimos indiferentes a una insolvencia ex profeso de los poseedores y propietarios, entre comillas, del 75% de las tierras sin que produzcan nada ni se conozcan sus frutos. Solo somos testigos de la opulencia de los deudores y los viajes de placer que disfrutan.

Las penas pecuniarias fueron creadas desde la época imperial romana para darle una visión “justa” mediante las llamadas “composiciones voluntarias”, donde se fijaban las sumas de dinero del pago. Pero, como siempre, la ambición del acreedor, abusó con penas desproporcionadas establecidas en sus tarifas impositivas (algo similar a los intereses de nuestras cartas de crédito) pretendiendo darle viso de legalidad mediante un tipo de “composición legal”. Dada la imposibilidad del deudor para cumplir con su obligación en la fecha indicada, se establecieron “plazos” para darle cuerda al asunto y crear una tética de expoliación y garantías al acreedor.

Esto se hacía en reuniones privadas con la presencia de cinco testigos (comprometidos) y el llamado “librepens” (juez de la balanza). No tan lejano de las famosas conferencias privadas de nuestros banqueros, jueces, terratenientes y representantes oficiales para imponer el tipo de garantía al deudor. El plebeyo romano quedaba “entetado” (no es un término del latín, es jerga) sin que importara a sus acreedores la miseria a que era sometido por una posible ruina natural, guerra o asalto.

El “Vindex”, era una figura fácil para los patricios, pero no para los plebeyos campesinos por lo que crearon una nueva ley: la lex Vallia” que permitía el deudor defenderse por sí mismo. Una acción decorativa por cuanto la debilidad del campesino era patética. A través de una ojeada al derecho primitivo romano, podemos cerciorarnos que esas figuras jurídicas subsisten con palabras y lexicografía nueva, pero en el fondo conservan aquellas injusticias en el medio rural de América latina y de los continentes tan abandonados como el nuestro (Bolivia, Perú, Argentina, Chile, India, etc.) el imperialismo cambia de ropaje, pero guarda su cinismo. Muy poco ha sido modificado el derecho romano. Rendimos pleitesía a ser descendientes, pero los atropellos legales continúan ahondados con el neoliberalismo y el imperio letal que nos subyuga. Las retoricas leyes insisten en la esclavitud (ejemplo las reciente leyes del “kusasky” peruano y del Macri en Argentina)

Testigos presenciales somos del artificio legal que encausa al campesino y que lo despoja. Una vez expropiado de su terruño, se le somete a la venta en masa de su patrimonio para adjudicarlo a compradores confabulados a favor del acreedor, quienes previamente han acordado bases para el remate. Las posturas “amañadas” permiten la apropiación de sus tierras.

Después “del acto legal” las ofrecen como garantía para otro préstamo, suscitándose una cadena de fraudes y estafas por cuanto se insolventan o no cumplen con el propósito de la inversión productiva, ante los ojos cerrados de los organismos que toleran el desfalco al fisco nacional, burlando el propósito para el desarrollo y producción del campo. A los acreedores les conviene la importación de productos porque se benefician con el descontrol de precios imperantes en muchas de esas economías latinoamericanas.

He ahí la importancia de repasar el Derecho Romano para descubrir que poco o casi nada de esencia y fondo ha cambiado sobre la justicia social desde esas épocas. Por eso la economía tiende a crear algo diferente, aunque sea desde el punto de vista financiero con las criptomonedas. En otra entrega revisaremos sus antecedentes, si los hay, y las consecuencias existentes bajo la manga, de esa nueva tendencia. Venceremos.
(Venezuela)

.fundapoder@hotmail.com

lunes, 15 de agosto de 2016

La falta de vergüenza aniquilara al capitalismo


Venezuela
Por Jesús Arenas
El egoísmo, así con mayúscula, es la más desesperante. Una caterva de  seres sedientos y dedicados a incrementar los desafueros en la sociedad, trastornaron los esquemas mentales de gran parte de la humanidad. Mediante un bombardeo continuo de ansiedades y necesidades supuestamente apremiantes, desataron una orgia de consumismo exagerado. La estrategia consistió en adueñarse de los sitios vitales para domeñar voluntades. Así vimos como la comunicación perdió su papel educativo y se convirtió en un medio de penetración ideológica deformante. Aquellos tenues valores inculcados por padres conscientes de su rol y de gobernantes equilibrados, desapareció con mayor velocidad.
Un gobierno poseso se encargó de diezmar la moral y los residuos de honestidad y felicidad que, aunque diezmada, aun se conseguía en los estantes del razonamiento social. De la noche a la mañana, calculando el tiempo y el espacio según sus propias marcas, el mundo se volvió insolente. Las manos amplificadas del agiotismo invadieron los centros financieros, corrompió con inusitada ambición a sus integrantes y se desparramó por el planeta una ola rebatiña de bienes ajenos y de conductas diabólicas individuales. Acentuado el “uniquismo” los demás se transformaron en simples rellenos del gran circo pirañero.
La vergüenza como fiel compañera del recato y el respeto se despojó de su sonrisa y extendió los ataques despiadados contra todo aquello que significara lealtad, honradez, amor, tolerancia, soberanía, libertad y solidaridad. Se crearon reinos dentro de los países. El poder económico asaltó los Estados débiles e inicio el saqueo inmisericorde de todo lo que representara patria libre e independiente. Muy furtivamente los grandes saqueadores imperiales fueron esquilmando y arrebatando costumbres, leyendas, riquezas y hasta gustos individuales. Sometidos a una soledad de clases, los valientes que se opusieron al robo fueron exterminados con acusaciones falsas y hasta con balazos en la frente.
La soberbia dominó al mundo. La táctica no es dilatoria, es consecutiva, permanente y efectivamente destructiva. El concepto de libertad ha variado en esas nuevas fauces porque ha sido secuestrada. Condenada a una perpetua apropiación, sus próvidas manitas están sujetas con grillos de alta potencia y densidad. Cualquier resquicio de soberanía se corrompe o lo pervierte la interpretación amañada del mejor postor. La naturaleza está ofendida porque igual es víctima del aprovechamiento indiscriminado. Y aunque parezca utópico no desconocemos que hay cerrados cubículos de conspiradores importados atacándonos por todos los lados existenciales.
Una cofradía arrebató las decisiones de los humanos. Los colectivos presionan pero son impotentes ante las armas y el poder de corrupción que poseen las maquinarias aceitadas del capitalismo imperante. Los conceptos de patria se diluyen, porque las mentes infernales están convencidas que mientras permanezca ese pensamiento libertario el camino para la conquista de la vida en todo sus matices, trastorna sus programadas ambiciones. No es un secreto que existe un plan en proceso para convertirnos en rediles de zombis, antes de llevarnos a la horca. Una señal clara es la creación de ejércitos sanguinarios que amenazan constantemente las bondades existentes.
La idea no es solo arruinar nuestras economías  sino instalar una forma de civilización depredadora. El coroto de los clanes poderosos se va asegurando con grandes expediciones y exploraciones científicas. La ciencia ha perdido su fin inteligente y ha sido apiñada por intereses personales integrados a las grandes conspiraciones del universo. El mal es grande y es peor. No solo han dañado conciencias sino que alimentan propósitos de largo alcance e inimaginables. Las formulas aplicadas para el cálculo actual de ganancias ya han sido rebasadas en los laboratorios imperiales. La ciencia y sus adláteres laboran en conjunto para continuar el preconcebido programa de alienación y despojo.
La olla luce putrefacta y destapada. Lo triste de la situación es que no hay suficientes fuerzas para detenerlos. Chávez, predestinado a contener esa ola infernal fue sacado del plan  aunque la etapa que le correspondió adelantar aun cuenta con un POR AHORA. Las hordas perversas que agobian en la actualidad a la civilización, han recibido un plazo y un aliento que se orienta a permitirles proseguir con la destrucción de cualquiera razonabilidad social, a sabiendas que el tiempo se les agrieta día a día. Las campanadas del fin atormentan e inquietan al capitalismo. La desvergüenza azota su rostro diariamente, porque sus errores se multiplican. Pronto veremos como el sonrojo incendiará los vestigios de pudor que pudieran sobrevivir en las calenturientas cabezas del imperio capitalista. Su pueblo pacientemente espera soluciones dentro de la paz y ésta no la garantiza sus actuales aspirantes a dirigirlos. Los pueblos subyugados por lo externo deben inevitablemente reaccionar depurando sus agentes visibles e invisibles que están en el patio interno permanente conspirando socavando las bases morales que resisten.

Publicación Barómetro 15-08-16
Los contenidos de los análisis publicados por Barómetro Internacional, son responsabilidad de los autores