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viernes, 31 de julio de 2020

Del genocidio armenio a las masacres de los kurdos

Por Leandro Albani:

El Estado turco recorre una línea histórica marcada por la represión de las minorías étnicas y religiosas dentro de sus fronteras. Ayer las víctimas fueron los armenios, hoy son los kurdos.

El Estado turco es implacable. En su versión otomana, laica y “moderna”, o –en los últimos años- erdoganista, las minorías étnicas y religiosas están en el blanco de una maquinaria militar e ideológica que no concibe diferencias y ni siquiera tibias oposiciones. En Turquía existe una línea histórica que oscila entre el genocidio y las masacres planificadas, la represión y la asimilación de grandes porciones de población bajo el lema de una nación, una bandera, un Estado. Este derrotero comenzó a finales del siglo XIX, con la decadencia del Imperio Otomano, y se reproduce de forma casi exacta hasta llegar al actual gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan.


El historiador armenio John Sahakí Kirakosyan es una referencia por demás interesante para observar la historia del Estado turco. En su libro Jóvenes turcos. Antecedentes históricos y geopolíticos del Genocidio Armenio, Kirakosyan investiga y documenta de forma sólida los últimos estertores otomanos y el nacimiento del movimiento que dio vida a la República turca en 1923, con el liderazgo de Mustafa Kemal (Ataturk) y los Jóvenes Turcos. Publicado a mediados de la década de 1980, y recién aparecido en Argentina en 2015 de la mano de Ediciones Ciccus, en Jóvenes Turcos también se pueden rastrear los choques geopolíticos alrededor de Turquía y las tensiones de potencias como Rusia, Gran Bretaña, Francia y, posteriormente, Estados Unidos para conquistar una alianza férrea, en un primer momento, con el Sultán Abdul Hamid II –último patriarca del Imperio Otomano-, luego con Ataturk hasta llegar a la actual e inflamable situación generada por Erdogan y sus planes de expansión y control territorial.

Algunos fragmentos del trabajo de Kirakosyan, en referencia a las matanzas contra armenios que derivaron en un genocidio en el que fueron asesinados entre un millón y medio y dos millones de personas, sirven para trazar esa línea histórica siniestra

El autor recuerda que durante el Imperio Otomano “se perseguía a los maestros (armenios) y se ejercía un estricto control sobre las escuelas. Se violaban y pisoteaban los derechos nacionales y los privilegios concedidos y consagrados por decretos de los sultanes anteriores”.
Kirakosyan cita al historiador y político irlandés James Bryce, que describió la persecución: “Infinidad de aldeas se convirtieron en pasto de las llamas, las iglesias fueron transformadas en mezquitas, las mujeres fueron violadas, las muchachas y los jóvenes fueron llevados lejos y vendidos como esclavos”.

Según el historiador armenio, cuando el Sultán era acusado de las masacres contra armenios sus respuestas eran lacónicas: “Las consideraba leyendas, y con el propósito de granjearse las simpatías y la solidaridad de monarcas y tiranos adictos, declaraba que no se hizo nada más que proteger el orden de los atropellos de los revolucionarios, que los agresores eran armenios, que en sus cárceles no se aplicaba ningún tipo de torturas y que, generalmente, las torturas, desde hacía mucho tiempo él las había prohibido en la realidad turca”.

El propósito de los turcos era –afirma Kirakosyan-, implementando un amplio sistema de matanzas, lograr que en un extenso territorio ninguna mujer armenia pudiera convertirse en madre de un niño armeni
Una de las bases de la política otomana era el odio étnico. Así se describen las medidas tomadas por el Sultán Hamid: “Clausuraba las escuelas armenias allí donde le era posible. Estaba prohibido el ingreso a Turquía de todos aquellos libros que, de una manera u otra, podrían alimentar las ansias de autonomía del pueblo armenio. Por ejemplo, estaba prohibida la entrada del Manual de Geografía donde se mencionará la palabra armenia. Los periódicos armenios eran censurados con particular severidad por parte de los organismos estatales. Se estimulaba el espionaje en todos los ambientes armenios”.
Si bien las palabras citadas son una pequeña muestra de lo sucedido con los armenios, describen los grandes rasgos de la política otomana que, con mediaciones y “nuevas formas”, sobreviven en la génesis del Estado turco moderno.

En muchas de las historias relatadas por Kirakosyan se podrían suplantar las palabras “armenio” por “kurdo” y “Sultán Hamid” por “presidente Erdogan”, y entonces sospecharíamos que la historia está congelada. Pero el fuego que hace mover los ejes de la humanidad no está en sus dictadores, sino en los pueblos que resisten y se rebelan. Muchos armenios y kurdos tomaron esta decisión que todavía no se apagó.
Las similitudes entre las políticas genocidas contra los armenios y la actual voracidad turca por enterrar a los kurdos es la misma.

Estos pocos ejemplos lo demuestran
El 4 de mayo de 1937, el gobierno turco dio inicio a la Masacre de Dersim, cometida en la región aleví de Bakur (Kurdistán turco). Miles de pobladores fueron asesinados y la mayoría de los sobrevivientes, expulsados. Las cifras oficiales indican que se asesinaron a 12.000 pobladores, aunque ese número, según las fuentes, aumenta a 90.000. El Estado turco no sólo mató, sino que cambió los nombres originales de la región. Desde entonces, en los mapas Dersim aparece con el nombre turco de Tunceli.

Con el avance de la República turca sobre los territorios dentro de sus fronteras, la prohibición de la lengua materna y la escritura en los idiomas originales fue una política de Estado. Nombres de ciudades y pueblos, calles e instituciones, se turquificaron. En la década de 1990, el gobierno turco llegó a cambiar los colores de los semáforos en varias ciudades de Bakur: el rojo, el amarillo y el verde son los colores que se ven en las banderas del Movimiento de Liberación de Kurdistán. En la actualidad, la misma turquificación fue denunciada en las regiones kurdas del norte de Siria, ocupadas por Ankara desde el 2018. En el cantón de Afrin o en la ciudad de Serekaniye ahora las clases se dan en idioma turco, los profesores fueron enviados desde el otro lado de la frontera, y la bandera roja con la media luna y la estrella flamea en los colegios.

Con el golpe de Estado de 1980, el poder militar turco buscó barrer la radicalidad de la izquierda del país y del creciente movimiento kurdo, impulsado por el Partido de los Trabajadores de Kurdistán. Además, abrió las puertas a la liberalización de la economía, dejando de lado los lineamientos de un Estado que controlara las finanzas y el desarrollo. Una característica del golpe militar fue la cantidad de personas encarceladas en apenas unas semanas: 30.000 hombres y mujeres fueron arrestadas y depositadas en los peores penales del país. Con el encarcelamiento masivo, los militares creyeron detener a los kurdos en sus demandas por que se respeten sus derechos básicos. Pero sucedió todo lo contrario: las cárceles se convirtieron en un hervidero de militancia y formación de cuadros. Sakine Canzis, una de las fundadoras del PKK, vivió esos años de cárcel y al salir se convirtió en un símbolo de la resistencia kurda hasta su asesinato, ocurrido en Francia en enero de 2013.

En 2012, los kurdos de Siria se levantaron en armas y declararon la autonomía de una región sometida durante décadas por los dictados del régimen del partido Baath. Ante este panorama, el gobierno turco puso manos a la obra: derramó financiamiento y logística hacia el Estado Islámico (ISIS) para que lograra ocupar Rojava. ISIS fue derrotado por las fuerzas de autodefensa kurdas YPG/YPJ, y posteriormente por las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), impulsadas por los kurdos y respaldada por la Coalición Internacional.

 Frente a la derrota de los yihadistas, Turquía lanzó una invasión abierta. En enero de 2018 comenzó a bombardear el cantón de Afrin, y en marzo los grupos terroristas respaldados por Ankara ocuparon la mayoría de la zona. A partir de ese momento, impusieron una política de desplazamiento masivos (se calcula que al menos 500.000 personas tuvieron que huir), asesinatos y violaciones sistemáticas de mujeres, saqueos y robos de bienes particulares, de reliquias arqueológicas y de la producción agrícola. En octubre de 2019, Turquía ocupó desde Serekaniye hasta Gire Spi (Tell Abyad), aplicando el mismo plan que en Afrin. La propia Naciones Unidas reconoció que Turquía cometió crímenes de guerra en Rojava. A esto se suman las denuncias de Amnistía Internacional, del Observatorio Sirio de Derechos Humanos y de organismos de derechos humanos locales.

—Desde que en Turquía el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) se convirtió en la tercera fuerza política en el parlamento, la represión contra la organización, sus militantes y sus diputados, diputadas, alcaldes y alcaldesas electas, no cesó. De los 65 municipios kurdos ganados por el HDP en los comicios del 31 de marzo de 2019, ahora 46 son administrados por interventores estatales, luego de violentos desalojos de las fuerzas de seguridad. La justicia emitió órdenes de arresto contra casi 30 alcaldes y alcaldesas electas, 19 de los cuales se encuentran actualmente en prisión. En seis municipios, los co-alcaldes electos ni siquiera pudieron asumir el cargo, porque la justicia electoral se negó a reconocerlos. Todos y todas son acusados, sin pruebas reales, de “pertenecer a una organización terrorista”.
La línea histórica está marcada y es clara. Los métodos aplicados durante el Imperio Otomano y las décadas posteriores, profundizadas por el régimen de Erdogan, son constantes y calcados.

En Jóvenes Turcos, Kirakosyan también remarca un tema importante, que desde el siglo XIX recorre de Medio Oriente: la disputa de las potencias internacionales por el control territorial de la región. Con respecto a la última época otomana, el historiador armenio describe de forma meticulosa los “juegos” diplomáticos y políticos del Imperio Zarista, el Imperio Británico y el resto de Europa. Ante las matanzas de armenios, apunta Kirakosyan, “Europa no hacía más que enviar protestas vanas y sin sentido, y Rusia no tenía la intención de intervenir, el Sultán y su banda de seguidores se sentían con las manos libres para seguir adelante con sus crímenes”. Kirakosyan además recuerda que, ante los crímenes cometidos por la Sublime Puerta, las sedes diplomáticas europeas en territorio otomano por las noches apagaban sus luces, como forma de protesta: un símbolo de hipocresía que, con otras formas menos sutiles, se repite frente a los crímenes de Turquía contra los kurdos.
leandroalbani@gmail.com


miércoles, 31 de enero de 2018

Efrîn crónica de una invasión anunciada

Por Leandro Albani El Furgón:

Hoy no es el día para construir talleres textiles, es el día para construir talleres de armas y municiones, para crear el comunismo de guerra y enraizarlo”
(Abdullah Öcalan, desde la isla-prisión de Imrali, sobre la situación en Efrîn, principios de 2016)


Desde hace varios meses, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan viene anunciando lo que por estos días es una realidad: la invasión militar del cantón de Efrîn, ubicado en el noroeste de Siria, un territorio liberado por la Unidades de Protección del Pueblo (YPG/YPJ) luego de duros enfrentamientos contra el Estado Islámico.



Efrîn, que forma parte del Kurdistán sirio (Rojava), es una región rica en agricultura, con un desarrollo económico mayor que el cantón de Kobanê y, con el paso del tiempo, se convirtió en el refugio de miles de desplazados, tanto kurdos como árabes, expulsados de sus territorios por la guerra interna que atraviesa el país desde hace seis años. Además, Efrîn es parte fundamental de la Federación Democrática del Norte de Siria (FDNS), creada hace tres años por los pueblos de esa región, luego de liberarla de los grupos terroristas, y junto a Kobanê y Qamishlo son las ciudades más importantes en el proyecto de Confederalismo Democrático, impulsado por el Movimiento Kurdo de Liberación (MKL) en Siria.

En Efrîn también se puede observar, de forma clara y contundente, las luchas internas y externas que se generaron cuando en 2012 estallaron las protestas contra el gobierno sirio y su posterior devenir, la aparición del Estado Islámico, las intervenciones militares de Rusia, Siria e Irán, y un panorama desgarrador donde los muertos civiles superan los 500 m

Volver al Imperio Otomano
La decisión del gobierno turco de invadir Efrîn, bajo la operación “Rama de Olivo”, se venía gestando hace tiempo. Para Erdogan y sus aliados políticos, la experiencia de la FDNS es una gran traba en su proyecto de convertir a Turquía en un nuevo Imperio Otomano y, al mismo tiempo, es un peligro para el Estado turco, que ve con creciente preocupación el proceso de liberación del pueblo kurdo. Desde el inicio de la Revolución de Rojava, en 2012, Erdogan apuntó toda su artillería con el objetivo de destruir la experiencia política y social de los kurdos de Siria. Para el mandatario, el impulso del movimiento kurdo en Siria es un espaldarazo para los más de veinte millones de kurdos que habitan el sureste de Turquía.

Consultado por este medio, Erol Polat, miembro del Congreso Nacional del Kurdistán (KNK, por sus siglas originales), explica que históricamente, “el Estado turco está en contra de la existencia de los kurdos, en cualquier lado, como también contra otros pueblos y religiones. Así nació el actual sistema que rige en Turquía”. A su vez, puntualiza que Turquía y otros estados de la región, rechazan el Confederalismo Democrático, sistema político y social aplicado en el norte de Siria e impulsado por el Movimiento Kurdo de Liberación. “El Estado turco ataca en nombre de todas las naciones que están en contra de este sistema. Esos estados saben que el Confederalismo Democrático es la única solución para los pueblos de Medio Oriente”, asegura Polat.

Por su parte, el antropólogo kurdo Mehmet Dogan señala que la invasión a Efrîn responde a una estrategia del gobierno turco que lleva mucho tiempo, porque es “parte de su proyecto de recuperación de territorios de la época del Imperio Otomano”. A esto se debe sumar que Erdogan, “utiliza que la frontera no es segura, que los kurdos controlan la zona y avanzan hacia su independencia”, explica Dogan. “Son solamente argumentos falsos para legitimar su intervención y, al mismo tiempo, Erdogan está utilizando el conflicto entre Rusia y Estados Unidos para ocupar Efrîn”.

La frontera de la que habla Dogan son 900 kilómetros impuestos hace un siglo, cuando Francia y Gran Bretaña acordaron la división de Medio Oriente y al pueblo kurdo se le negó un Estado, quedando fragmentado entre Turquía, Siria, Irak e Irán. Esa frontera todavía es, aunque en mucha menor medida que hace dos años atrás, el camino que utiliza Turquía para traficar armamento que llega a manos de grupos terroristas que operan en Siria. También es un espacio de disputa permanente, ya que los pueblos del norte de Siria buscan la unificación de toda la FDNS, pero Turquía lo impide ocupando las zonas de Jarablus y Al Bab. A este panorama hay que sumar que las tropas turcas ingresaron, con el beneplácito de Estados Unidos y Rusia, hasta Idlib, territorio ubicado al sur de Rojava. La negociación para que el Ejército turco llegara hasta esa zona tuvo como resolución pública el combate contra el terrorismo, pero desde el movimiento kurdo denunciaron que el objetivo real era rodear Efrîn para una futura invasión. Como último punto, el gobierno turco aseguró que luego de tomar Efrin el siguiente paso es trasladarse a Manbij, otra las ciudades que estaban en manos del Estados Islámico y fue liberada por las FDS.

Otra razón que encuentra Polat para la actual invasión, es que “el gobierno turco tiene muchos problemas internos y con el ataque a Efrîn quiere mejorar su posición. El gobierno sabe que la mayoría del pueblo turco es nacionalista y no le gusta los kurdos. Con el ataque a Efrîn, la mayoría de los turcos apoyan al gobierno. Desde nacionalistas hasta algunos socialistas, como los empresarios o sindicatos, todos declararon que apoyaban a su ejército”.

El pragmatismo de Moscú, Washington y Damasco
Mientras los bombardeos llueven sobre Efrîn, hasta ahora costándole la vida a más de 20 civiles, el territorio kurdo de Siria –pero también el país en su conjunto- es un tablero donde Rusia y Estados Unidos se disputan de forma descarnada el control y el poder. Para estas dos naciones, la “cuestión kurda” ha tomado relevancia no porque ambas potencias intenten que los kurdos alcancen su liberación, sino porque la porción de territorio que controlan en Siria, estimado en 35 por ciento, definirá la puja entre Rusia y Washington con respecto a buena parte de Medio Oriente.

Las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), conformadas por las YPG/YPJ y por otras milicias árabes, mantienen un acuerdo táctico con Estados Unidos, como lo definen los propios kurdos. Hasta el momento, la Casa Blanca envía armamento a las FDS y, de una manera tibia, negocia con Turquía para que detenga el avance sobre el territorio. Cuando comenzaron los bombardeos sobre Efrîn, el gobierno de Donald Trump se limitó a pedir “moderación” a Erdogan. La portavoz del Departamento de Estado, Heather Nauert, declaró que la administración Trump urgía “a Turquía a ejercer contención y garantizar que sus operaciones militares sean de alcance y duración limitados y escrupulosas para evitar víctimas entre civiles”.

Aunque en el último tiempo las divergencias entre Washington y Ankara parecen acrecentarse, la importancia de Turquía en Medio Oriente no es ajena a Estados Unidos. Al ser el segundo ejército más poderoso dentro de la OTAN, Turquía quiere forzar a la Casa Blanca para que bloquee su apoyo a las FDS. El gobierno de Erdogan también tiene en claro que para Estados Unidos las fuerzas de autodefensa kurdas asentadas en el sureste de Turquía son simples “terroristas”, opinión compartida por Ankara. La alianza entre Turquía y Estados Unidos se basa, como mínimo, en dos cuestiones: con diferentes “estilos” y modalidades, ambas administraciones quieren que, de una vez por todas, Bashar Al Assad sea derrocado; y tienen al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) como blanco a destruir. Es bueno recordar que desde su conformación, las YPG/YPJ nunca realizaron un ataque fuera de la región que controlan.

Por su parte, Rusia, que mantiene presencia militar en Efrîn y controla su espacio aéreo, encabezó durante los últimos meses las negociaciones diplomáticas con Turquía, Irán y Siria para que los kurdos participen las reuniones en Astaná, Ginebra o Sochi, que buscan encontrar una solución política a la profunda crisis siria.

Una semana antes de los bombardeos turcos, el comandante general de YPG, Sipan Hemo, viajó a Moscú, donde se reunió con las autoridades de ese país. Desde Rusia, Hemo afirmó que el gobierno de Vladimir Putin “considera a los kurdos como parte fundamental de Siria y que no ve ninguna razón para una crisis o problemas debido a la participación kurda” en las negociaciones de paz. El comandante de las YPG también advirtió que “Turquía está intentando sabotear” la participación kurda en las negociaciones y señaló que durante 2018 la guerra en Siria continuará más allá de los diálogos entre las partes.

Turquía y Rusia mantienen relaciones comerciales y militares profundas, y la alianza entre ambas naciones sobrevivió, debido a sus intereses compartidos, pese a posturas diferentes con respecto a Siria.

Con la invasión turca en pleno desarrollo, Sipan Hemo fue categórico en aseverar que Rusia “traicionó” a las fuerzas del norte de Siria. En declaraciones a la agencia ANF, el comandante de las YPG explicó que “durante dos años, las fuerzas rusas han estado en Efrîn y han afirmado que resolverán ciertos problemas trabajando juntos con los kurdos. Constantemente dijeron que una solución sin los kurdos no es posible”. Hemo señaló que “tuvimos ciertos arreglos con Rusia, pero Rusia de repente ignoró estos acuerdos y nos traicionó. Nos han vendido claramente”. La máxima autoridad militar del norte de Siria expresó que “con las YPG/YPJ y las FDS, una nueva historia está siendo escrita en la lucha de nuestra gente. Llegará un día en que Rusia se disculpará con los kurdos por esta falta de principios”.

Según Erol Polat, Rusia y Estados Unidos son “dos actores en Medio Oriente que tampoco quieren que los kurdos planteen el Confederalismo Democrático, porque va en contra de sus sistemas. Estas dos fuerzas y Europa tienen sus inversiones en Turquía y las quieren perder, por eso dejan hacer al gobierno de Erdogan, al mismo tiempo que quieren controlar a los kurdos”. “Los kurdos tienen que buscar trabajar con estas dos fuerzas, porque así se puede resolver la crisis en Medio Oriente”, asevera el miembro del KNK.

Por su parte, Mehmet Dogan no comparte la postura de una “alianza táctica” con Washington, ya que “como vemos en la intervención de Turquía contra Efrîn, Estados Unidos dijo que tenían razón (de la intervención), que tenían que avanzar rápido y no mucho más. La única solución es encontrar un acuerdo con el gobierno de Siria sin contar con las potencias extranjeras”.
Sin bien el gobierno de Assad rechazó la invasión turca, hasta ahora no intervino de forma concreta para detener los ataques. Aunque los kurdos y la administración siria mantienen algunos acuerdos territoriales, las diferencias de posturas por momentos parecen irreconciliables.

Dogan no ve probable que el gobierno de Assad intervenga en Efrîn para detener a Turquía y agrega que “cuando los turcos entraron en Jarablus, el gobierno sirio cometió un error estratégico”. “Pero Siria puede aprovechar de esta situación para atacar Idlib –explica el antropólogo-. Si Siria ataca Efrîn o utiliza sus Fuerzas Armadas en Efrîn o en alguna zona kurda de Rojava, creo que un acuerdo entre los kurdos y Bashar Al Assad sería importante. Sin un acuerdo entre el gobierno sirio y los kurdos, con las reivindicaciones de los kurdos de modificar la Constitución, transformar a Siria en un Estado confederal y democrático, en este caso Siria podría intervenir”. Par Dogan, “los kurdos deben negociar con Assad para que acepte sus reivindicaciones. Podemos vivir unas negociaciones entre Siria y los kurdos y que lleguen a un acuerdo. Creo que eso sería la solución en beneficio de todos los pueblos de Siria. Sin un acuerdo con el gobierno sirio, los kurdos solos van a seguir estando como un elemento entre potencias mundiales”.

Según Polat, “el Estado sirio da un mensaje y dice que va a apoyar a los kurdos, pero el gobierno de Assad tampoco quiere que los kurdos desarrollen un sistema propio. El gobierno está más fuerte que antes, después de la derrota del Estado Islámico, entonces dice que los kurdos no pueden vivir sin el control del Estado sirio”.

Por estos días, en las cuatro regiones de Kurdistán, pero también en América Latina, Europa y Estados Unidos, las movilizaciones en contra de los bombardeos a Efrin se multiplican. Desde el Movimiento Kurdo de Liberación la respuesta a los ataques es la resistencia, no sólo desde el plano militar, sino que, en el caso del norte de Siria, también es en sostener la continuidad de un proyecto político y económico novedoso, en el cual las mujeres son el sujeto revolucionario y de cambio social, las comunas la principal forma de organización y las cooperativas el motor que lentamente comienza a funcionar en medio de una guerra que parece no tener fin.
leandroalbani@gmail.com