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miércoles, 2 de octubre de 2019

Paraguay de nuevo el ejercito



Por José Antonio Vera Arena:
Las cárceles del país, donde hay alrededor de 20 mil personas encerradas, apenas un cuarto condenadas, coexistiendo en penosas condiciones por excesivo hacinamiento, malos tratos, pésima alimentación, y falta de material y espacios básicos de higiene y sin ningún programa de formación profesional, desde el pasado fin de semana están bajo custodia militar, con armamento de guerra y vehículos blindados, en un dispositivo que anuncia controles más severos de la población.


EL Parlamento paraguayo, con aplastante mayoría colorada, debería tratar esta semana un proyecto de ley presentado por el presidente Mario Abdo Benítez, para que las fuerzas armadas tomen a su cargo la seguridad ciudadana, es decir, ocupen las calles, para impedir las protestas contra el gobierno, y también de los edificios públicos y privados que escojan las autoridades estatales, en comunión con las unísonas cámaras empresariales.

La presencia militar, junto con una secundona policía, desde hace más de una década, es protagonista en la ocupación de las regiones campesinas donde hay más resistencia a la política rural del Estado, con un colosal acaparamiento de tierra que mantiene el 85 por ciento de los 400 mil kilómetros cuadrados del territorio nacional, en manos del apenas 2.5 % de la población, de siete millones de residentes, con cerca de tres millones más emigrados a diversos países, es especial Argentina y España.

Ambiente espeso, sembrador de miedos, rememorando los horrores de la tiranía de 35 años del General Alfredo Stroessner, de quien es confeso admirador Abdo Benítez, homónimo e hijo de quien fue un cuarto de siglo secretario privado de ese tenebroso socio de la Operación Cóndor, asociado con los sátrapas Pinochet de Chile, Videla de Argentina, Banzer de Bolivia, Álvarez de Uruguay y muchos brasileros y otros criminales y ladrones que ensangrentaron Suramérica entre 1964 al 1998.

La expulsión policial violenta, con apoyo de fiscales, de miles de familias asentadas en tierras públicas, que carecen de títulos de propiedad privada, constituye un trauma social desde hace muchos años, en particular en los departamentos más rebeldes a la tenencia ilegítima de la tierra por personeros del régimen, drama que se ha ido trasladando a la periferia de Asunción después del derrocamiento de Fernando Lugo, en junio del 2012, fenómeno peligroso, cuya agravación es inminente, porque el parlamento acaba de eliminar una normativa que permitía cierta tolerancia con los humildes ocupantes.

Seis militantes políticos de izquierda, suman 13 años de cárcel en dos períodos, con breve paréntesis, acusados de un secuestro que siempre han negado. Su impotencia ante los tribunales judiciales que poca amistad tienen con la justicia, los impulsó a refugiarse en Argentina desde donde fueron repatriados bajo los gobiernos de Cristina Fernández y Fernando Lugo.

Entre los miles de presos, no hay ningún delincuente importante, pero sí muchos humildes, jóvenes hijos de familias campesinas expulsadas de sus chacras, heredadas de sus padres o abuelos, que hoy pueblan los cordones de miseria de las ciudades.

Por obra de cientos de ciudadanos que conforman el movimiento “escrache” que durante meses vienen denunciando en sus propios domicilios a narcotraficantes, contrabandistas y a parlamentarios con influencia en los estrados judiciales para proteger sus fechorías, un diputado y tres senadores han perdido sus bancas. Ninguno de ellos está condenado, al igual que jueces y fiscales probadamente implicados. Varios más están denunciados, pero todavía logran mantenerse lejos de los tribunales, fruto de la probidad del Poder Judicial.
La mayoría de presos, sin condena y por hechos de poca monta, también deberían ser considerados presos políticos, pues son víctimas del sistema político y económico, injusto y desigual que impera. Cuando salen, sin dinero y sin profesión, no encuentran posibilidad de reinserción y buen porcentaje reinciden. El antecedente policial les dificulta hallar empleo, en medio de una acelerada desocupación laboral y empobrecimiento general.

Otra injuria estronista, llamada oficialmente reforma agraria, que enarbolan los acólitos del régimen como uno de los grandes aportes al desarrollo nacional de Stroessner, en asociación con el Partido Colorado y las Fuerzas Armadas, fue la entrega de miles de hectáreas (la Comisión Verdad y Justicia enumeró hace 20 años entre nueve y doce millones) a las familias más allegadas al tirano, cuyos herederos, entre ellos Abdo Benítez, conforman el tejido latifundista actual.

Los campos de la Patria registran un tenebroso historial del accionar de los uniformados, y son numerosos los testimonios que confirman el horror de los abusos cometidos por agentes al servicio de los potentados contra el campesinado pobre y pueblos nativos desde la mitad del siglo pasado, crímenes prolongados en la década y media última, con la incursión de las Fuerzas de Tareas Conjuntas (FTC), asesoradas por expertos de Colombia, EE.UU., Israel y de algunos otros países y servicios de inteligencia extranjera, con la misión de combatir la guerrilla, el narcotráfico y el contrabando.

Abundan las denuncias de las organizaciones campesinas y de aborígenes, contra el comportamiento de grupos militares y policiales que irrumpen en las viviendas para sembrar terror y robarles los pocos animales que poseen e, incluso, comidas y otras pertenencias, además de consignarse violaciones de mujeres y el asesinato de más de cien dirigentes, mayoría jóvenes emergentes, sólo en los últimos 30 años. En los 35 del totalitarismo que condujo Stroessner, suman miles.

El costo diario de las FTC, con su arsenal de guerra, burocracia, prostitución y fraudes administrativos,  absorbe un elevadísimo porcentaje del presupuesto nacional de la nación y, a través de los años y de los cambios de gobiernos, transita por el más absoluto fracaso, salvo para el grueso de sus jerarcas que engrosan sus cuentas bancarias, muchos travestidos en jefes paramilitares, protectores de los geófagos y de las diversas organizaciones narcotraficantes, mezcladas con el contrabando más diverso.

El poder de esas fuerzas delictivas ha llegado con su matonaje a Asunción y a otras ciudades importantes del país, convertidas en teatros de asesinatos entre hampones, que superan la vocación de poder de los cabecillas del Estado y de su propio arsenal de guerra, lo cual no aparece en la interpretación de Abdo Benítez y su argumentación ante el parlamento al presentar el proyecto de librar el control ciudadano al Ejército.

Aparato “ocioso”, dice, olvidando que esas tropas bien podrían efectuar obras sociales, en primer lugar, alfabetizarse, y cultivar los miles de hectáreas que las FFAA poseen, buena parte alquiladas a extranjeros, que bien deberían servir para cosechar alimentos para esa misma masa uniformada. Numerosas escuelas y hospitales se caen a pedazos.

La realidad desmiente los informes oficiales, los discursos del enjambre jerárquico del país y de la prensa funcional, cuando hablan de combatir la lucha armada, en referencia al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), entelequia guerrillera que no pasó de una ilusión hace década y media y hoy sólo sirve como pretexto para mantener presos y cubrir las fechorías de la delincuencia institucionalizada, que lo utiliza como una mecha que le da lumbre mediático o apaga, según ordene  la Embajada de Estados Unidos.

Por lo demás, el contrabando, al igual que el narcotráfico, gozan de muy buena salud, alimentando un grosero lavado de dinero que permite llenar el país de vehículos suntuosos, con escasísima venta, como se observa en los miles playas de venta que hay por todos los terrenos, de lujosas e inmensas torres de apartamentos y locales comerciales, vacíos, de small, convertidos en paseos familiares y de expendedores de combustible, cada 500 metros, donde jamás hay una fila esperando atención.

Un informe del Banco Itaú, difundido desde su sede en San Paulo, Brasil, ha revelado en las últimas horas que la economía paraguaya está en -1.5 (0-1.5), la más baja caída desde el 2000, agravando esa situación un generalizado descreimiento ciudadano de la política, de cuyos actores oficialistas no esperan ninguna solución, abriéndose paso la idea de que la salida del caos nacional sólo será posible si el pueblo se organiza, al menos para frenar esta escalada partidaria irresponsable, absolutamente insensible al hambre de cientos de miles, en un país con inmensas riquezas.

Esa distorsión de la realidad social aparece en cuanto discurso pronuncian los voceros del Banco Central que citan 1.5 por ciento de crecimiento del PIB y, como no van nunca a las góndolas de los supermercados, niegan la tremenda inflación del costo de los productos básicos, cuyos propietarios, un pequeño número, casi todos dueños, además, de las empresas de comunicación, se benefician con la ausencia de control ministerial de precios y de calidad de las mercaderías, buena cantidad ingresada ilegalmente.

Junto a unas decenas de familias oligárquicas, el único sector que, más o menos, acepta la política del gobierno, aunque le exigen extremar las medidas para aumentar sus ganancias, es el que está empotrado en el agronegocio, en particular las transnacionales exportadoras de soja y otros transgénicos, exoneradas de impuestos, y los grandes ganaderos, sobresaliendo poderosos capitalistas extranjeros, mayoría brasileros que, según diversas fuentes cuasi oficiales, ya estarían ocupando 33 por ciento del territorio nacional.  A nivel de restaurantes y otros negocios, conviene falar.
arguruco@gmail.com

miércoles, 3 de mayo de 2017

“Un Poder Legislativo que no representa a la sociedad” Jorge Lara

Entrevista de Por Tomás Forster – Nodal

La Constitución paraguaya establece que el período presidencial sea de cinco años sin posibilidad de reelección. Frente a este impedimento legal, algunos sectores oficialistas y opositores impulsaron una enmienda para permitir la reelección, algo que habilitaría las candidaturas del actual mandatario Horacio Cartes y del expresidente Fernando Lugo. Días atrás, en medio de un caldeado escenario interno y luego de las señales de “preocupación” emitidas por el Vaticano y Washington, Cartes rechazó postularse para los comicios del próximo año. Sin embargo, el reverso de la moneda es que la enmienda sigue en pie y se espera que sea tratada por el Parlamento en los próximos días.


Quién es el entrevistado: abogado y sociólogo, experto en relaciones internacionales, exiliado en México como consecuencia de la dictadura stronista, embajador en la ONU a comienzos del 2000 y canciller de Fernando Lugo hasta el golpe parlamentario de junio del 2012, Jorge Lara Castro analiza el convulsionado momento político que vive Paraguay en este diálogo con Nodal.

¿Qué análisis hace de la decisión del presidente Cartes de renunciar a la reelección y cómo cree que se reconfigurará la situación política en Paraguay?
El proyecto de reelección de Cartes buscaba legitimar el estado de excepción en el que se encuentra el país. El Estado paraguayo es un Estado aparente porque garantiza una estructura oligárquica en donde menos del 3 por ciento controla el 85 por ciento de la tierra. La política de Cartes profundizó y profundiza este proceso de absoluta concentración del poder económico y de exclusión social. Su gobierno estimuló un nivel de transnacionalización y extranjerización de la economía, sobre todo con el avance de la soja, que supera todo límite. Esta serie de decisiones socio-económicas de Cartes vienen a profundizar la crisis política. Si uno hace un balance del modelo político paraguayo, después de 27 años desde que se inicia la transición democrática, se puede apreciar que sólo existió un recambio político en la élite del Partido Colorado, se mantuvo el modelo de democracia representativa-liberal pero no se modificó, e incluso se agravó, la estructura social tan desigual que sufre el país. La cuestión de la crisis política como consecuencia de la enmienda es un detonante de estos problemas estructurales.

¿Qué peso tuvo la presión internacional que recibió Cartes para dar marcha atrás con su intención?
Aparecieron dos factores internacionales que, en este caso, confluyeron en el mismo sentido. Uno: el Vaticano. Cuando el Papa Francisco expresa señales de preocupación por la situación política y social eso influye para bien sin dudas. El Papa no solamente es un Papa latinoamericano y argentino, sino que conoce mucho la realidad paraguaya y está muy identificado con el Paraguay. Es más y esto es contra fáctico: creo que si hubiera estado el Papa Francisco no se consumaba el golpe contra Lugo. Francisco tuvo y tiene contacto con las raíces profundas del pueblo paraguayo y sobre todo ha destacado el valor de las mujeres paraguayas por el rol que tuvieron en la recuperación del país después de la Guerra de la Triple Alianza que vino a interrumpir un proyecto de construcción soberano e independiente. Por el otro lado, aparece la embajada norteamericana que emite un comunicado en el que pide se respete el proceso constitucional. Eso se concreta con una llamada al dialogo promovida por la Iglesia Católica y por eso Cartes anuncia su dimisión en una carta al Arzobispo de Asunción. El problema es que Cartes no escucha las señales diplomáticas hasta que, finalmente, decide bajarse y envia la carta cuando el secretario de Estado Adjunto de Estados Unidos para Asuntos del Hemisferio Occidental, Francisco Palmieri, se presenta en persona.

¿Por qué cree que la enmienda generó protestas y rechazos de una parte importante de la sociedad paraguaya?
Hay una percepción de inestabilidad política en la sociedad porque esta discusión sobre la enmienda lleva siete meses, si bien explotó en las últimas semanas. Existe también la percepción en diversos sectores sociales de que se está violando la Constitución. La enmienda que promueven Cartes y Lugo, a través de sus representaciones parlamentarias, plantea la inclusión de la reelección pero en nuestra Constitución no está contemplada esta posibilidad. Frente a este problema jurídico-político, yo estoy en la línea de los que creen que la enmienda por la reelección es anticonstitucional. La única vía formal para incorporar la figura de la reelección es a través de una reforma de la Constitución tal como lo dice el artículo 289 de nuestra Carta Magna. Por eso, el mecanismo que promueve Cartes es inconstitucional. Aunque por razones diferentes, Lugo y Cartes coinciden en el objetivo de volver a presentarse. En el fondo lo que vivimos es una crisis del sistema político bipartidista. La gente que se manifiesta, como sucedió recientemente en el incendio y los incidentes en el Congreso, es auto convocada en su mayoría.

¿Cómo se explica que el bipartidismo esté en crisis pero colorados y liberales sigan siendo los dos principales partidos de poder?
El Partido Colorado, con un breve paréntesis, gobierna el país desde 1941. En el 2008 se quiebra esa larga hegemonía histórica y aparece Fernando Lugo como un outsider, portador de una resistencia anti-dictatorial y galvanizador de una gran esperanza de cambio social. Pero, apenas nuestro gobierno empezó a iniciar algunas reformas, al día siguiente empezó la conspiración contra nosotros y se nos tiraron encima. Desde el Congreso, los dos partidos políticos nos hicieron la vida imposible hasta que nos tumbaron. En ese momento Federico Franco (vicepresidente de Lugo –del Partido Liberal Radical Auténtico- que asumió una vez consumada la destitución) le preparó el terreno a Horacio Cartes que a partir de ahí concentró cada vez más el poder. Antes de toda esta operación, Cartes nunca había sido afiliado del Partido Colorado ni participado en ninguna elección. Se sirvió del Partido Colorado para ser presidente. Él compró al Partido Colorado.
¿Y por qué el surgimiento de un ala disidente entre los Colorados?
Hay una división porque Cartes empezó a gobernar con su grupo empresarial, los mal llamados tecnócratas. Hay un poder formal que es el Estado y hay un poder paralelo que es el de Cartes y su entorno.

¿Cómo queda posicionado Fernando Lugo en esta coyuntura?
La Constitución nuestra también prevé que cuando el jefe del Estado pasa a ser expresidente se convierte automáticamente en senador vitalicio como un acto honorífico. El expresidente pasa a ser entonces un senador vitalicio, no electo. En el caso de Lugo esto no sucedió. Él se presentó como candidato a Senador porque correctamente tuvo en cuenta que su período presidencial fue interrumpido. En esta lógica, Lugo planteó que podría ser candidato a presidente y no estaría limitado constitucionalmente porque lo echaron del Ejecutivo antes de completar su mandato. Él impulsaba con criterio ese argumento -que debe juzgar la Corte que es difícil se expida a su favor-. Por eso, resultó un error inexplicable que Lugo acuerde con Cartes cuando sus condiciones eran y son totalmente diferentes: Lugo puede recurrir a la Corte Suprema de Justicia para que lo habilite como candidato a presidente a diferencia de Cartes que constitucionalmente no puede ser reelecto. Inexplicablemente, Lugo se sumó a este proyecto de reelección de Cartes en contra de lo que dice la propia Constitución. Y termina pegado a Cartes, al senador Blas Llano (que fue uno de los partícipes del golpe parlamentario contra nuestro gobierno). En fin, con aquellos que lideraron su destitución. Antes de esta crisis política, Fernando Lugo tenía un alto porcentaje de apoyo a su candidatura. Para una inmensa mayoría era una persona confiable, porque la sociedad fue descubriendo y valorando las políticas sociales que promovió nuestro gobierno. No sé qué va a pasar ahora con su candidatura pero sí se puede percibir la bronca de varios sectores.

¿Qué opina de la cobertura de los medios de comunicación paraguayos en todo este tema?
Los medios de comunicación son medios concentrados también aquí y juegan de acuerdo a sus intereses. El señor Horacio Cartes empezó a comprar todos los medios, radios, televisión, el periódico La Nación. Esto genera un conflicto soterrado entre el gobierno actual y los medios principales (principalmente ABC Color y Última Hora) que se pararon muy críticamente respecto de la enmienda. Igualmente, la bronca social es entendible porque hay una acumulación de frustraciones frente a una democracia formal-representativa que no da respuestas a la necesidad de las mayorías. Y esa bronca acumulada emergió el día en el que se iba a tratar la enmienda cuando es la gente auto-convocada, no los partidos políticos, sino la gente, espontáneamente, la que se congrega en la plaza. Y esto termina con el incendio del Congreso que es una expresión del rechazo a un Poder Legislativo que no representa a la sociedad.