miércoles, 20 de mayo de 2020

El Gigante asiático



Por Julio Sergio Alcorta Fernández:
Estoy consciente de que evocar parte de la historia de China limitándonos a unas pocas cuartillas, es algo absurdo.

 Sin embargo, si lo reducimos únicamente a sus relaciones con los Estados Unidos, seguramente me permitiría lo que hace tiempo estoy tratando de concebir, tomando en cuenta lo impresionante que resultan las evidencias de unos pérfidos y farisaicos vínculos del imperio norteamericano con el pueblo de China.
Desde muy temprano se fueron revelando estas maquinaciones, y es así como siendo presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX (1903), junto al concepto que los estadounidenses tenían de los chinos, que estaba impregnado de matices de superioridad étnica y cultural, manifestó: “son racialmente inmorales, depravados e indignos”.


Veamos cómo fueron procediendo de forma solapada y, a la vez, con astucia, habilidad y felonía, desde el inicio del siglo XX.

Primeramente, es necesario puntualizar que los gobiernos de los Estados Unidos casi siempre han estado involucrados en los hechos que se han producido en ese gigantesco país, sobre todo a partir de su engreimiento excepcionalista de que se le reconociera como un baluarte indispensable, sobre todo a partir del inicio del siglo XX, EN QUE YA EL ENGENDRO IMPERIAL ESTABA DANDO SUS PRIMEROS PASOS

En esos momentos Estados Unidos tenía acantonadas tropas en Shanghai y sus cañoneras hacían de las suyas para “velar” por sus intereses.
En junio de 1900, no resistiendo más las hambrunas y los desafueros que estaba sufriendo la población, una multitud harapienta se apoderó de Pekín, sitiando junto con los guardias imperiales, las delegaciones extranjeras.

Tropas norteamericanas marcharon entre las filas de un cuerpo internacional de rescate. El 14 de agosto esa tropa entró en Pekín convirtiendo a esa antigua ciudad, en un infierno de asesinatos, pillajes, incendios y violaciones.
Después de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos mantuvo su extra-territoriedad en China. Sus ciudadanos actuaban como amos extranjeros, sus cañoneras también patrullaban el rio Yantzé y ayudaron a frustrar la Revolución de 1926-1927.

Las inversiones de los Estados Unidos aumentaron, si bien permanecieron por debajo de las de Inglaterra y Japón. Sin embargo, durante la 2ª. Guerra Mundial, proporcionó a los Estados Unidos una absoluta superioridad militar sobre las empresas británicas y japonesas.
Por otro lado, al fundarse el Partido Comunista Chino, en un Congreso que tuvo lugar entre el 23 de julio y el 15 de agosto de 1921, uno de sus principales objetivos fue dedicarse a la reunificación del país, y entre sus fundadores se encontraba el joven Mao Zedong.

Asimismo, en los años 1923 y 1924, se conformó el Frente Unido Antimperialista entre el Partido Comunista Chino y el Kuomingtan (Partido Nacionalista del Pueblo), que dirigía la corriente nacionalista del intelectual Sun Yat-Sen, que al morir, en 1925, un tal Chiang Kai-Shek, lo sustituyó.
Este último personaje era un furibundo enemigo de las ideas comunistas, traicionando alevosamente el proceso de unidad e iniciando una actividad represiva militar de fondo contra las fuerzas patrióticas comunistas en una campaña de cerco y exterminio en que pudo vencerlas, con el franco entendimiento y apoyo de los Estados Unidos.

Con los que lograron escapar de esa traición, se encontraba Mao Zedong que se estableció en un amplio territorio con un fuerte núcleo de comunistas.
En este sentido, el gobierno norteamericano comprendió la necesidad de emprender una obstinada campaña con el fin de afirmar el dominio en China, pues consideraba que las condiciones estaban creadas para lograrlo. Es así como se pudo conocer que ya el Dpto. de Estado había decidido poner en práctica la siguiente estrategia:

             Destruir el Movimiento de Liberación Nacional.
             Aislar a la Unión Soviética.
             Adelantarse a los otros adversarios, especialmente Japón.
             Enarbolar la antigua consigna de “Puertas Abiertas”.
Aprovechando las circunstancias, como buenos comerciantes, para 1930 los Estados Unidos se habían adueñado de las redes telefónicas, el transporte, centrales eléctricas, radioemisoras, y los banqueros de Wall Street se esmeraban por dirigir las finanzas.

Pero sin imaginárselo, el 18 de septiembre de 1931, sorpresivamente Japón se lanzó a la conquista de China. La Liga de las Naciones no tomó ninguna decisión.
En un memo del presidente norteamericano Hoover, resumió el punto de vista de su gobierno: “Japón –decía- tiene sus razones…hace años tenemos relaciones cordiales con ese país y, por lo tanto, debemos prestar atención a sus planes”.

Esta artimaña perseguía lo que estratégicamente los Estados Unidos pretendían con el fin de poner al Japón contra la Unión Soviética.
La embestida bélica de Japón alcanzó su culminación en julio de 1937, cuando Tokio lanzó sus ejércitos para conquistar el grueso de China.

Mientras tanto, los Estados Unidos clamaban de qué no querían un holocausto en China, pero si aplaudían por considerar al Japón, como expresaron anteriormente, un buen elemento para lanzarlo contra la Unión Soviética. Y como era de suponer, el Ministro de Relaciones Exteriores de Japón, se mostró complacido: “La actitud de los Estados Unidos en el incidente Chino es justa y ecuánime”.

Siendo consecuentes con sus socios, y nada menos que a solo 2 años del bombardeo “sorpresivo” de la aviación japonesa a la Base Naval Norteamericana de Pearl Harbor, los Estados Unidos enviaron a Japón: materiales estratégicos, artículos industriales, cobre, camiones, petróleo, equipos y maquinarias, hierro, etc. etc.

El 6 de diciembre de 1937, el New York Times, publicó un comunicado del Comité Norteamericano para la No Participación en la Agresión Japonesa, señalando: “Japón contribuyó con sus pilotos y los Estados Unidos con sus aviones, nafta y bombas, para atacar a las indefensas ciudades chinas.

A pesar de toda esta desvergüenza, los infantes de marina de los Estados Unidos, continuaron en el Shanghai ocupado por los japoneses, confraternizando con el invasor, hasta casi fines de 1941
Después del ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, Estados Unidos entró en la 2da Guerra Mundial. Chiang Kai Sek, el hombre fuerte de los Estados Unidos, reanudó la guerra anticomunista en China, pero no pudieron liquidar a la ola incontenible del Ejército Popular de China, dirigido por Mao

Al pasar el tiempo, los imperialistas norteamericanos exigieron de nuevo a Chiang Kai Sek que adoptase medidas decisivas contra las regiones en China, y, a ese efecto, llevó a cabo, con el apoyo material de los Estados Unidos, durante los meses de junio y julio de 1945, apenas dos meses de ocupar el poder Harry S. Truman, otra gran ofensiva contra los ejércitos populares de liberación, la cual fue también rechazada.
Chiang Kai Sek y los restos de su ejército huyeron a Formosa (Taiwan), en los transportes militares de la marina de los Estados Unidos.

En relación a la supuesta mediación de los Estados Unidos en el problema chino, ya Mao, en entrevista de prensa de septiembre 1946, había denunciado la misma, declarando que la política del gobierno de los Estados Unidos consistía en servirse de la pretendida mediación como cortina de humo para fortalecer en todos los sentidos la posición de Chiang Kai Sek, a fin de convertir virtualmente a China en una colonia de los Estados Unidos.

Definitivamente, la proclamación de la República Popular China se llevó a cabo el 1ro. de octubre de 1949, pero no fue hasta después de dos décadas que la nación se reconoció internacionalmente y pudo formar parte de la ONU, por la negativa intencional de los Estados Unidos en aquella época.
La derrota de Chiank Kai Sek, líder del Kuomingtan, representaba un duro golpe para la política de los círculos más derechistas y belicosos de los Estados Unidos, pasando a responsabilizar al gobierno por la pérdida de China.

Fue tal la discordia, que el senador J. R. Mc Carthy, del Partido Republicano atribuyó a supuestos comunistas infiltrados en el Departamento de Estado, la culpa por los reveses de la política exterior de la nación.
Estos hechos fomentaron la paranoia anti-comunista y, durante la guerra de Corea, hubo realmente fuertes presiones, inclusive del general Douglas Mc Arthur, para que los Estados Unidos recurriera a la bomba atómica contra China.

Para los Estados Unidos, significó no solo la pérdida de un lucrativo mercado, sino del surgimiento en Asia de una hoguera que estimularía próximos incendios.

Comenzaba con hábil intuición la sutil propaganda, concibiendo a los chinos de SABIOS Y ESTOICOS ALIADOS DURANTE LA 2DA.GUERRA MUNDIAL, A LA DEL “PELIGRO AMARILLO”; UNA HORDA BÁRBARA Y CRUEL, dispuestos a devorarse el planeta.

La nueva nación comunista se convirtió para los Estados Unidos en una especie de inmensa ciudad prohibida inaccesible. No existió comercio directo, ni servicios telefónicos o intercambios de ningún tipo; ni siquiera de información meteorológica; y una generación de estadounidenses creció pensando que los peligrosos chinos habitaban una galaxia distinta, marginada de la civilización y, por lo tanto, consideraron que no tenían aún la mayoría de edad para ingresar en la ONU.

Un Libro Blanco oficial del Departamento de Estado que se hizo sobre China, admitió que la derrota de Chiang Kai Sek era el resultado de la expresión de la voluntad del pueblo chino, sobre la cual los Estados Unidos trató de influir, pero no pudo.

He tratado de resumir lo más posible esta gesta del pueblo heroico de China y sus relaciones con los Estados Unidos, en un periodo de aproximadamente medio siglo, lo que no descarta que pueda haber sido más cuidadoso y exigente en conformar una reseña más ordenada.

Pero como expreso al inicio de este escrito, preferí realizarlo con esas limitaciones, con la convicción de rememorarlo precisamente AHORA, cuando estamos en presencia de una vorágine de engaños y patrañas que el gobierno de los Estados Unidos y su farsante mandatario Donald Trump ha estado propagando cínicamente.
De estas notas en adelante, es OTRA HISTORIA, que comenzó con la aprobación de la élite gobernante norteamericana de la sorprendente visita del presidente Richard Nixon a China en febrero de 1972.

LO QUE SÍ ES EVIDENTE QUE, PARA LOS GOBERNANTES DEL IMPERIO NORTEAMERICANO, CHINA SERÁ SIEMPRE EL “PELIGRO AMARILLO”; EL QUE HACE PELIGRAR SU HEGEMONÍA; AL QUE HAY QUE PONERLE FRENO, POR SU ATREVIMIENTO EN LLEGAR HASTA ESTOS TIEMPOS EN QUE SU SOLA EXISTENCIA LOS LLENA DE TEMORES.
jalcorta@nauta.cu

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