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viernes, 25 de octubre de 2019

Estado de malestar y desobediencia civil



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Después de acumular largos años de frustraciones y rabia, la población chilena inició el camino de la desobediencia civil y cientos de miles de santiaguinos salieron a las calles a protestar por la abusiva alza de las tarifas de la locomoción colectiva. Una jornada de enfrentamientos con la policía, cuyos efectivos fueron instruidos por el Gobierno para reprimir y ahogar el descontento social, aunque hay que se podría lamentar, por supuesto, los desmanes contra las estaciones el Metro, el emblemático incendio del edificio corporativo de la principal empresa de electricidad y diversos saqueos a tiendas comerciales.


Sebastián Piñera demostró su pequeña estatura política y alta megalomanía al dictar en la noche del viernes 18 el Estado de Emergencia, facultad que en la práctica representa el fracaso de la política para interpretar el malestar del pueblo y encauzar al país por la senda de las soluciones democráticas, encomendándole a las Fuerzas Armadas el control de la situación, a sabiendas que en lo que son realmente expertos nuestros militares es en agredir a su propia población civil. Pero se trata solo del principio del fin de un orden institucional y de un sistema económico cuyo resultado principal es la inequidad social y el bienestar de una ínfima minoría, representada por la clase política y las grandes patronales empresariales, con la complicidad de muchos jueces y tribunales abyectos del sistema institucional legado por la Dictadura y refrendado por aún más larga postdictadura.

Los últimos gobiernos chilenos acostumbran a ufanarse por la pertenencia de nuestro país al selecto número de integrantes de la OCDE. Sin embargo, los propios estudios y pronósticos de esta entidad mundial se han encargado de contradecir el entusiasmo de La Moneda respecto de la marcha de nuestra economía. Otro balance muy difundido sobre los índices de bienestar de estas naciones ubica ahora a Chile en el lugar 36 de los 40 países analizados. Muy lejos de Noruega y Australia y otras naciones que según las diversas fuentes estadísticas y sondeos serían las que mejor viven en el mundo de acuerdo al ingreso real de sus familias, calidad de educación, acceso general a servicios básicos y varios otros tópicos.

Los informes aludidos ratifican la convicción de que los chilenos tenemos una de las brechas más pronunciadas del mundo entre lo que obtienen los ricos y los pobres, caracterizándonos como una de las naciones de más alta concentración económica versus la realidad de la inmensa mayoría de la población con remuneraciones y pensiones realmente bochornosas, si se considera que somos la nación latinoamericana con más alto PIB per cápita. Guarismo que no sirve de nada si no se lo compara con la realidad de la distribución del ingreso.

La desigualdad se hace todavía más flagrante con el reciente pronóstico en cuanto a que Chile crecerá entre 2018 y 2021 más que el promedio calculado para los propios países de la OCDE y los de APEC. Por lo que podría ser plausible, entonces, que nuestro país hiciera un esfuerzo real por mitigar nuestra inequidad, si no quiere exponerse a las convulsiones sociales que puedan poner otra vez en riesgo nuestra estabilidad política y paz social

Lo cierto es que nuestro neoliberalismo más salvaje empieza a hacer agua frente al creciente malestar social, cuando una nueva alza en los precios de los combustibles y de la movilización colectiva ha provocado la ira de cientos de miles de trabajadores cuyos escuálidos ingresos ya no toleran ni el más mínimo aumento del costo de vida.  Al escribir estas líneas, completamos una semana de severas protestas, especialmente ahora al interior de las estaciones del metro capitalino, donde la represión policial se hace más difícil y, al arrojo de los jóvenes, son miles los usuarios que se resuelven también a evadir los pagos de pasajes. Toda una acción de desobediencia civil que se suma a la protesta de los pescadores artesanales, de los pensionados que reclaman NO+AFP, de los estudiantes secundarios que exigen mejor educación pública y de otras diversas expresiones a lo largo del país tras demandas salariales, medioambientales y otras justas causas.

No hay duda que la calma social que se impuso en la postdictadura ya llega a su fin y que el pueblo chileno se convence que solo con su decidida acción podrán hacerse efectivas sus demandas, toda vez que la clase política en su conjunto se aprecia corrupta, insensible e incapaz de para oficiar de representante e intermediaria ante el Estado. Tanto así que lo niveles de abstención electoral han llegado a ser los más altos del mundo, superando el 50 por ciento del padrón como consta en todos los últimos comicios. No es de extrañarse, entonces, que, en esta connivencia cupular, la represión resulte avalada incluso por parlamentarios que en el pasado hicieron gala de su izquierdismo o allendismo y ahora están apoltronados en el poder junto a la ultra derecha.

La población chilena ha llegado a convencerse de que lo que menos falta en Chile es dinero para hacer frente a las carencias sociales, cuando también en los últimos días se ha sabido que los fondos de reservas de las pensiones se han elevado por sobre los 20 mil millones de dólares, la mitad de los cuales están depositados en la banca norteamericana. Lo que le reditúa a un puñado de empresas y entidades financieras ganancias altamente abusivas, como que se afirma que el negocio de las administradoras de fondos de pensiones (no más de 6 o siete entidades) es uno de los más boyantes de toda la Tierra. ¡Vaya cuánto podría hacerse en Chile en materia de inversiones, fomento del empleo e infraestructura con esos recursos si el sistema previsional fuera administrado como antaño por el Estado o por los propios cotizantes!

Pasto tierno para el desarrollo del narcotráfico y la delincuencia son ahora en Chile los altos índices de pobreza y discriminación, la arrogante riqueza de unos pocos, como la complicidad de la política con el grave estado de la inequidad social. En una desfachatez que explica que los parlamentarios chilenos obtengan mejores sueldos y  prebendas que sus colegas norteamericanos o europeos; que reciban montos por lo menos 20 veces por encima del salario promedio de los trabajadores, de lo cual se explica la renuencia de los legisladores a ceder sus cupos a favor de las nuevas generaciones, cuanto incluso  aquella actitud de algunos  ex dirigentes universitarios de buscar acomodo laboral en el gobierno,  el poder legislativo o en los municipios. Condenados solo a servirse de la política ante la imposibilidad de procurar desde allí los cambios sustantivos que prometieron.

El estallido social al que nos referimos es todavía muy espontáneo y puntual, como siempre ha ocurrido en el preludio de las grandes transformaciones. Sin embargo, ya no se trata solo de los estudiantes en los que hay que reconocer hoy los índices más elevados de conciencia política y resolución. Esto también habla de un fenómeno bien conocido, en cuanto a que para los trabajadores y la población adulta es siempre más riesgoso encarar a las autoridades. Ya sea por miedo a perder sus empleos y ser reprimidos por un estado policial que goza de las mismas facultades “disuasivas” de la última dictadura cívico militar. Toda vez que siguen vigentes la Constitución de Pinochet, las leyes y los altos presupuestos otorgados a las Fuerzas Armadas y de Orden. Militares y policías que ahora, por obra y gracia del presidente Piñera, empezaron hace algunas semanas a colaborarse mutuamente a fin de encarar las tareas de seguridad. Con facultades y recursos onerosos que algunos proponen ampliar, cuando se acusa a La Moneda de haber fracasado en su tarea de inhibir a la delincuencia y la atrevida acción de los estudiantes el emblemático Instituto Nacional y otros establecimientos.

Lo más importantes es el cambio que se está produciendo en nuestra población respecto de la radicalidad de algunas protestas y la violencia que se acrecienta en ellas. Por más que la gran prensa siga coordinada para alertarnos de los riesgos de las manifestaciones sociales e insistan en ofrecer como solución al descontento el diálogo con las autoridades o la conformación de “mesas de trabajo”. Sin duda, instancias distractoras que en la práctica han caído en el más completo descrédito o ridículo. Lo más curioso, sin embargo, es que los mismos que han recurrido recurrentemente a las armas para acceder al poder o derribar del gobierno a sus legítimos moradores tengan el cinismo de tildar a sus opositores de violentistas. Como si el bombardeo a La Moneda, los constantes cuartelazos y las masacres a los trabajadores no fueran los principales actos de terrorismo acometidos por la derecha, los poderosos empresarios y el servil mundo castrense.

Los chilenos parecen hoy más inclinados a comprender y validar la cólera de los jóvenes que protestan, como a reconocer (como siempre ha ocurrido) que los desmanes contra el llamado orden público son efectuados tantas veces por agentes infiltrados entre los manifestantes.  Llama la atención que con todos los fieros recursos de Carabineros y la policía civil sean contados con los dedos de la mano los casos en que se detienen a los encapuchados, por ejemplo, como a tantos delincuentes comunes que asolan las calles y barrios. Varios de los cuales, posteriormente, se descubren en los Tribunales como policías de franco dedicados a asaltar viviendas, robar autos y cajeros automáticos.  Emulando en forma más rústica, claro, el proceder se aquellos oficiales que por tanto tiempo vienen apropiándose personalmente de los recursos asignados para sus deberes institucionales.

En reacción histérica el Ministerio del Interior y los legisladores cada día proponen y aprueban más disposiciones para pacificar a nuestra población, para impedir que el malestar llegue a expresarse como en Buenos Aires, Quito, Barcelona y en tantos otros lugares que sufren el lastre de gobernantes miopes y arbitrarios como los nuestros, enseñoreados en los cargos públicos y dispuestos a atropellar la libre determinación de sus pueblos, mientras hacen gárgaras con la palabra democracia y se empeñan en descubrir en otros países los despropósitos que aquí se hacen ahora más ostensibles.

Después de estos episodios de ira y represión, habría que preguntarse si los miembros de la OCDE se dispondrán o no a reunirse próximamente en Santiago con la presencia de los presidentes de China y Estados Unidos. Si no se abstendrán de hacerlo por motivos de seguridad, pero, sobre todo, por una cuestión de pudor, después de haber difundido tan lapidarios informes sobre nuestra desigualdad social. La verdadera causa que explica la rabia callejera y la violencia que estamos observando.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 5 de mayo de 2018

El bastón de mando


Por Carolina Vásquez Araya: 
Un sistema patriarcal históricamente consolidado permea a toda la sociedad.

No es necesario preguntarse por qué cuando hay que tomar decisiones importantes, como por ejemplo la elección de un presidente de la República, la mayoría se inclina por aquellas propuestas abiertamente patriarcales: mano dura, gobierno fuerte, figura masculina. Son los resabios de una colonización no solo operada desde los sistemas político y económico, sino también desde la actitud misma de sociedades acostumbradas a una estructura vertical de mando que no admite excepciones ni la apertura de espacios auténticamente democráticos. La respuesta está en una trayectoria histórica cuya principal característica es la concentración de poder y, de paso, en una idea errónea del concepto de liderazgo.



Quizá por esa razón resulta prácticamente imposible romper las estructuras ya establecidas desde la época colonial, cuando las olas de inmigrantes venidos desde España, con el respaldo de la corona y premunidos de un indudable halo de superioridad, arrasaron con las culturas autóctonas, esclavizaron a los habitantes de estas tierras eso, cuando no los exterminaron de una buena vez- y se apoderaron de la riqueza de este continente. Esa sensación de pertenecer a una clase superior no ha desaparecido con los siglos. De hecho, se ha ido afianzando a pesar de las mezclas étnicas y a medida que los colonizados han perdido toda posibilidad de equipararse con sus colonizadores.

Es preciso tener muy confusas las ideas para hablar en Guatemala de buen gobierno, de un “legado”, de liderazgo o de grandes cualidades de estadista cuando más del 60 por ciento de la población del país sobrevive bajo la línea de la pobreza y los indicadores de desarrollo humano están por los suelos. Es preciso ser muy cínico para afirmar que algún ex presidente o actual gobernante tiene o ha tenido la menor intención de hacer de Guatemala una nación en pleno desarrollo. Hay que estar ciego de ceguera absoluta para no ver la miseria alrededor de los palacios de gobierno, nacional y municipal, con vecindarios carentes de servicios básicos, agua contaminada, redes de alcantarillado que se hunden por falta de mantenimiento, puentes que tiemblan amenazadoramente al paso de los vehículos, calles en ruinas y montañas de basura sin sistemas de tratamiento.

Un líder verdadero no es quien tiene mano dura y la capacidad operativa para hacer “limpieza social” mediante el uso de escuadrones de la muerte. Un auténtico líder es quien organiza a una sociedad para hacerla partícipe de sus políticas de desarrollo, para empoderarla y ponerla a trabajar a su lado en perfecta sintonía con sus ideales. Un líder no es quien grita y amenaza, sino quien ama a su pueblo y lo respeta. Venerar a un dictador, añorar épocas pasadas de dictaduras crueles, racistas y cuyo legado real fueron muertes y desapariciones, no es más que una patología. Una sociedad saludable no añora los regímenes autoritarios. Todo lo contrario, aspira a vivir en un sistema abierto a su participación ciudadana en la construcción de un mejor país, pero sobre todo en la integración real de todos sus ciudadanos sin distingos de clases ni etnias.

Quizá sea el momento de comprender que los cambios urgentes van más allá de la confrontación entre hermanos; los cambios deben comenzar desde el interior, desde el examen de actitudes y aspiraciones, desde los prejuicios y los estereotipos que impiden el desarrollo humano y condenan a una gran parte de la comunidad a vivir en la pobreza más denigrante. Quizá sea el momento de aceptar que la Colonia ya está en el pasado y se requiere del concurso de todos para construir una verdadera democracia.

Añorar las dictaduras del pasado es una patología, una sociedad debe aspirar a la plena democracia.

elquintopatio@gmail.com

sábado, 7 de octubre de 2017

¡Cómo nos cuesta entender!...

Por Carolina Vásquez Araya: 
Que la protección de la niñez no es un asunto opcional, sino una prioridad absoluta.

Nos cuesta entender la importancia de proteger a la niñez, pero le damos alas -¡y fuertes!- a las campañas contra toda forma de educación en sexualidad y no digamos a los discursos moralistas contra cualquier intento de legalización del aborto. Y ahí están los resultados: una inmensa población infantil abandonada a su suerte desde antes de nacer, desnutrida y privada de servicios básicos, alejada de las oportunidades de educación y ¡ni qué decir! de sus posibilidades de ser felices.



Pero nos enfrascamos en la política como si ahí, en esos antros privilegiados, hubiera alguna respuesta a las demandas de este gran sector sujeto a las decisiones de los demás. Porque ser niña o niño en países como los nuestros no es para tomárselo a broma. Sin educación, sin derecho a nada y sin acceso a decisión alguna sobre su vida, esos millones de menores marginados podrían incluso morir sin haber ingresado a los registros civiles y, por tanto, sin siquiera figurar en las estadísticas. Es decir, nunca existieron.

Sin embargo ahí están, recordándonos –desde la parada del semáforo o en cualquier esquina apestosa- que nos hemos desviado a tal punto de los objetivos de desarrollo que incluso su visión nos resulta molesta. Volteamos la cara para no verlos, cerramos la ventanilla para no escucharlos y en cuanto es posible nos alejamos espantándolos del pensamiento. No hay sentimiento alguno más que la repugnancia contra la pobreza, porque “es culpa de los padres”, decimos con ese desprecio atávico del pudiente contra quien sobrevive en la miseria.

La niñez, entendámoslo de una buena vez, es responsabilidad de todos. No descarguemos nuestra ira en el niño sicario, descarguémosla contra quienes no hemos tenido los arrestos para cambiar la situación de ese infante desprotegido, abandonado y orientado hacia un destino tan cruel. Comprendamos en toda su dimensión las consecuencias de una indiferencia ciudadana capaz de olvidar que no hace mucho murieron quemadas vivas 40 niñas en una institución estatal creada para protegerlas. Los comentarios alevosos rodeando el atroz hecho abundaron tanto como los solidarios y eso jamás debió ocurrir; porque no importa cuál era el motivo de su institucionalización, el solo hecho de esa marginación revela un vacío a llenar, una obligación incumplida, una deficiencia fatal en nuestra escala de prioridades.

Entendamos bien el concepto universal de los Derechos del Niño y la Niña y repasemos esos principios tratando de extrapolarlos con la realidad actual de la niñez que nos rodea: los niños y niñas son seres humanos sujetos de derechos y deben ser capaces de desarrollarse física, mental, social, moral y espiritualmente con libertad y dignidad. Ahora intentemos, con la mente lúcida y libre de prejuicios, evaluar la dimensión de nuestros fallos como sociedad. La profunda grieta entre quienes tienen todo y quienes nada poseen y el sistema que ha hecho eso posible. Ahora analicemos cuánta población infantil hemos sacrificado en aras de los privilegios.

No existe comunidad humana capaz de presumir de desarrollo si más de la mitad de su población infantil es condenada a la ingrata suerte de vivir en condiciones de hambre y abandono como sucede en Guatemala. No podemos, por lo tanto, permitirnos el lujo de mirar hacia otro lado cuando niñas y niños son víctimas de trata, de incesto, de violación, de asesinato o ingresan a las pandillas porque éstas son su último recurso de supervivencia. No tenemos derecho a condenarlos si jamás protestamos por ellos a quienes tienen la llave de la política en sus manos. Entendamos, por fin, que en ellos reside el futuro de la nación.

No seamos ciegos y sordos a las demandas del sector más necesitado de protección: la niñez.


elquintopatio@gmail.com

sábado, 16 de septiembre de 2017

Tenemos que seguir votando por el chavismo

Por Benito López:
Hay que derrotar a la MUD vendida a EEUU

La democracia venezolana con la revolución bolivariana,  es un ejemplo para el mundo (aunque algunos gobiernos obstinadamente insistan en tratar de contradecirlo), en tan solo 18 años se han realizado 21 procesos electorales, que van desde el primer triunfo del Comandante Hugo Chávez el 6 de dic de 1998, pasando por: elecciones presidenciales, parlamentarias, regionales, municipales; referendos constituyentes, revocatorios, reformas constitucionales, hasta el 30 de julio de este 2017 con la Asamblea Nacional Constituyente. De estas 21 elecciones las fuerzas revolucionarias, patriotas y chavistas han logrado en 19 oportunidades el gran respaldo de la mayoría del pueblo venezolano, otorgándoles la reiterada victoria popular.



Tan sólo dos veces, de estos 18 años, la oposición ha logrado obtener la mayoría de votos. Y en ambos casos, sin duda alguna, su mejor aliado ha sido el engaño. En el 2007 utilizaron el miedo contra la población, diciéndoles que si ganaba La Reforma, “te iban a quitar tus hijos”, “los chavistas te van a quitar las casas, los carros…”. Y en diciembre del 2015 les diseñaron desde el imperio dos “slogans” para confundir al pueblo: “el 6 de dic vota por la última cola”, “vota por la MUD para que el dinero te alcance”.

Salvo esas dos excepciones, un importante sector de la población ha sido víctima de la estafa electoral de la derecha. De resto, se ha tenido plena conciencia de las verdaderas intenciones que se esconden tras sus promesas. Aún, está fresca en la memoria de los venezolanos, los nefastos gobiernos adecos – copeyanos que “gobernaron” el país por 40 años (1958 – 1998). Una cuarta república llena de violaciones a los derechos humanos (torturas, allanamientos, muertes), entrega de la soberanía (cobro de 1% por regalía de petróleo, 0% por gas,…), progresiva privatización de los servicios básicos (salud, educación, electricidad,) entre tantas otras calamidades vividas.

En resumen, representaron un gobierno de espaldas al pueblo, privilegiando a la clase “alta”. Su propuesta de gobierno sigue siendo la misma: el Neoliberalismo (privatización de los servicios de agua, luz, telefonía; reducción al máximo de la protección gubernamental a los sectores más vulnerables “gasto social”; liberar el mercado a las fauces de las empresas más grandes para que se traguen las más pequeñas; dejar la conducción del país a los sectores económicos, dedicándose el “Estado” a recibir migajas de la rapiña capitalista).

Frente a ese episodio vivido, hay quienes se atreven a señalar, bombardeando constantemente desde los medios de comunicación burgueses, que con la revolución bolivariana “estamos peor que antes” y hasta llegan a la insensatez de expresar “los chavistas acabaron con el país”. La oposición genera esas expresiones siguiendo el guión golpista, que busca generar: desconcierto, confusión, desánimo y hasta deserción en las filas de la gente que ha venido apoyando a la revolución bolivariana.

En este punto, es necesario destacar que no hay comparación posible entre los gobiernos adecos – copeyanos y la quinta república. La baja calidad de vida del pueblo venezolano en la cuarta república obedeció al saqueo y negligencia conque operaron sus gobiernos pro-imperialistas. Con la llegada del Cmdte Chávez, el pueblo fue rescatado del olvido y colocado en el sitial de honor de las políticas públicas. Por eso, es bueno recordar, que aunque estamos en los actuales momentos inmersos en una situación económica no deseada (principalmente de desabastecimiento y elevadísimos precios) por ejemplo: hasta hace apenas 4 años (2013) la mayoría de la población venezolana se beneficiaba con las bolsas de mercal por cada Consejo Comunal (y hasta los mercales obreros) y que contenían: pastas, arroz, harina precocida, aceite, carnes, pollo, enlatados, quesos,…entre otros.

Es lógico que algunos se pregunten ¿y porque ahora Mercal no abastece todas las comunidades?, entre las respuestas, se resalta el impacto que sufrió la economía venezolana con la caída abrupta de los precios del barril del petróleo, que nos disminuyó en más de un 60% nuestra capacidad de adquirir divisas, dólares que además son necesarios para la importación de los alimentos y productos que traía en cantidades suficientes el gobierno bolivariano para atender las necesidades prioritarias de la gente. Y en segundo lugar, debe considerarse la brutal guerra económica que nos han desatado el imperialismo norteamericano con la colaboración y complicidad de la derecha apátrida que nos adversa, expresada en el criminal Dólar today, el boicot, el acaparamiento, la especulación, el bachaquerismo,…entre otros mecanismos perversos.
Frente a la compleja situación económica que tenemos en Venezuela, ¿cuál ha sido la propuesta que ha planteado la oposición para salir de este difícil momento? La mentira, la manipulación y el terrorismo.

Cuando casi todo el mundo estaba ansioso por escuchar a Ramos Allup, decir en su primer discurso, como presidente de la recién electa AN. Como iba a hacer para que la plata le rindiera al pueblo luego de hacer “la última cola “el 6 de diciembre del 2015. Su “oferta” fue: “en 6 meses, saldremos de Maduro”. En ese instante, no les quedó dudas del fraude que representa votar por la MUD. De allí en adelante, se desataron los demonios en ese nido de víboras y vinieron: las trancas, los paros, las guarimbas, el odio, la violencia, la zozobra, la angustia, el terror y hasta lamentables muertes de más de 100 venezolanos que resultaron víctimas de la ambición de poder de unos delincuentes vestidos de dirigentes políticos enconchados en la MUD (y que ahora como si nada hubiese pasado, se aparecen como candidatos o apoyando a las regionales).  

Afortunadamente Venezuela además de tener un presidente obrero, digno hijo de Chávez, también es un gran humanista y promotor a ultranza de la paz. La propuesta del presidente Nicolás Maduro realizada el 1de mayo, de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para la paz y el diálogo en el país, acabó finalmente el 30 de julio con la elección de 545 constituyentistas soberanos y al mismo tiempo frenó 4 meses de caos y vandalismo en la calle provocado por la oposición derechista.

La ANC es uno de los enormes esfuerzos que ha hecho el presidente Maduro para salir de esta guerra múltiple no convencional que nos han declarado desde el imperialismo norteamericano. Otras de las acciones claves para enfrentar y avanzar han sido: la conformación de los CLAP, los 15 motores de desarrollo, y ahora los 8 proyectos de Leyes económicas entregados a la ANC (Entre ellos la del Plan de los 50 y la conformación de AGROSUR).

Por eso, y por muchísimas razones más, el pueblo venezolano saldrá nuevamente a votar por los chavistas este 15 de octubre. Ya es sabido, que los candidatos de la oposición y del  imperialismo norteamericano  no están interesados en ser gobernadores, su única obsesión es “acabar con el régimen” y en esa permanente ilusión recibirán constantemente derrotas tras derrotas. Porque el pueblo quiere paz y sabe que los chavistas son los únicos que garantizan sacar adelante al país.

Y en Sucre yo voto por Edwin Rojas y por un Sucre potencia avanzando hacia el socialismo.
¡Venceremos!
Benitolopez13@hotmail.com