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viernes, 4 de septiembre de 2020

Por qué amplios sectores sociales se incorporan al conservadurismo violento



Por Rómulo Pardo Silva:

En Estados Unidos los partidarios de Trump hablan de una posible guerra civil donde militarían. Wayne Dupree, afroamericano republicado invitado a la Casa Blanca: Así es como la elección de noviembre podría conducir a una nueva Guerra Civil en Estados Unidos. Rezo para estar equivocado, pero temo que no. RT

En Brasil un segmento acomodado de la ciudadanía apoya al gobierno ecocida Bolsonaro producto de un golpe parlamentario y judicial. En Alemania, Polonia, Hungría… surgen con fuerza movimientos y partidos de ultraderecha.



En Chile ante masivas protestas y acciones sin proyecto definido crece una tendencia hacia la ultraderecha, En Argentina un expresidente dijo que no habrá elecciones parlamentarias por un golpe al sistema constitucional. El gobierno boliviano de Evo Morales fue derribado por la fuerza anti indígena movida desde el nivel social medio y alto. La población bien instalada de Venezuela organiza o aprueba una invasión de Estados Unidos, Colombia, Brasil...

La oposición bielorrusa se propone como gobierno ingresar a la fuerza militar de la OTAN contra Rusia. 

Hay prejuicios y odios centenarios, racistas, xenófobos, clasistas, hay una permanente injerencia extranjera. ¿Pero por qué estallan ahora rompiendo su normalidad si no existe una propuesta comunista, socialista, anticapitalista...?

La pandemia de covid-19 solo puede haberlas catalizado porque esas crisis sociales agudas ya estaban antes. Para esta emergencia rupturista pueden considerarse además de otros estos dos factores:

A los bien instalados en el sistema no les preocupa el descontento social hasta que se organiza y actúa.

En Estados Unidos existen ahora frente a prácticas abusivas normalizadas fuertes movimientos sociales inorgánicos que el modelo de orden no controla. En Brasil hay una real alternativa progresista de centro. En Bolivia el MAS logra unir a los indígenas que son mayoría. En Chile es mayoría una oposición social dispersa y heterogénea fuerte.

En el mundo de algún modo se percibe un colapso del sistema.

La población en particular la más beneficiada, sabe o siente que la pandemia, el calentamiento global, la guerra a China, la crisis ecológica, la pobreza, la migración, el problema de la energía, del agua, del trabajo… hacen imposible mantener en el futuro su forma de vida y de gobierno actual.
Donald Trump: "Esta elección decidirá si salvamos el sueño americano, o si permitimos que una agenda socialista demuela nuestro precioso destino". RFI

En las condiciones inéditas de incertidumbre determinados niveles ven como salida levantar o seguir a los Trump, Bolsonaro, Duda, Guaidó, Añez, Uribe…
Los necesitan o eso creen.   Por una civilización sostenible solidaria
Mientras no haya partidos y movimientos civilizatorios todos ellos como sus masas son conservadores

romulo.pardo@gmail.com

domingo, 16 de febrero de 2020

La niña bonita



Por Carolina Vásquez Araya: 
Es tiempo de revisar conceptos y abandonar la vieja consigna del silencio

Hace algunos días llegó a mis manos el libro Finalmente Libre, de Amanda Midence. En él, la autora hace un viaje hacia el pasado y reconstruye la ruta que marcó su vida, quizá con el propósito de arrojar luz sobre los rincones oscuros de su infancia y derrotar así el estigma social impuesto por una sociedad conservadora. En esas páginas relata los episodios de abuso sexual infligidos por un pariente cercano –un tío político- y las consecuencias físicas y psicológicas derivadas de ese episodio de su vida. Amanda pertenece a una familia acomodada; no nació en una barriada marginal ni tuvo que soportar las agresiones de la pobreza. Sin embargo, como tantas niñas y niños vulnerables en sociedades patriarcales y machistas, no escapó al miedo, el dolor y la vergüenza.


Menciono este libro porque constituye una denuncia poco usual en un círculo privilegiado. Además, porque deja ver cómo el abuso sexual contra la niñez es una práctica que cruza a toda la sociedad, sin distingos de ningún tipo y no solo afecta a niñas, también a niños víctimas de prácticas perversas cometidas por padres, parientes cercanos, sacerdotes, maestros, pastores o personas con influencia vinculados a su círculo, cuyos efectos psicológicos los persiguen por el resto de su existencia. Si Amanda Midence pudo romper el silencio después de haber luchado contra sus fantasmas de infancia, hay millones de otras niñas y niños condenados a soportar callados y sumisos el dolor y la vergüenza.

Como suele suceder, aún cuando las víctimas de abuso decidan enfrentar a ese mundo de prejuicios y estereotipos sexistas que las rodean, chocan contra un muro de negación y su testimonio es esculcado con tremenda malicia en busca de la mentira o propósitos ocultos. La re victimización comienza desde el primer momento y no abandona a quien tenga la osadía de denunciar. El abuso sexual –es preciso decirlo- es una costumbre aceptada en nuestras sociedades y, por tal motivo, niñas, niños y mujeres deben luchar solas y demostrar con pruebas algo que con el pasar del tiempo solo va dejando profundas huellas psicológicas. El sistema no solo es increíblemente absurdo, sino de una perversidad extrema por castigar así a los más indefensos.

Los países menos desarrollados de nuestro continente -especialmente Guatemala- sufren, además de usos y costumbres misóginas e irrespetuosas con los derechos de la infancia y de las mujeres, del ataque constante de organizaciones criminales y redes de trata que operan al abrigo de sus influencias y complicidad con instituciones del Estado. Es decir, la infancia y las mujeres son víctima constante de toda clase de agresiones y violencia sexual, laboral y social. En estos días también he recibido información sobre el acoso sexual contra más de 15 jóvenes indígenas involucradas en movimientos sociales, agresión cometida por un abogado de gran influencia en su entorno. Esto ha impedido a las víctimas hacer la denuncia pública por temor a las posibles represalias, pero también porque ningún medio se las recibe, quizá por no provenir de un entorno influyente.
En estas sociedades ser mujer –o una “niña bonita”- es enfrentar un mundo al revés. En lugar de gozar de la protección y el respeto son objeto de toda clase de violencia, empezando desde el día de su nacimiento con la usual decepción de un padre que prefería un hijo varón y de una madre convencida de que falló en ese intento. Para salir del círculo es preciso transformar a toda una cultura de privilegios para un sexo y de sumisión para el otro.

Es preciso repensar en las consecuencias de nuestro marco valórico.

elquintopatio@gmail.com

sábado, 8 de febrero de 2020

El juego de la verdad


Por Carolina Vásquez Araya: 
Hemos sido educados en la mentira, por eso no soportamos la verdad

Quizá, como ejercicio intelectual, un día deberíamos mirar hacia atrás y analizar cómo nos hemos adaptado a los usos y costumbres de sociedades regidas por prejuicios, estereotipos y relaciones sociales basadas en la deformación de la comunicación a partir de conceptos sexistas, racistas y de cuestionable nivel moral.  Así crecimos y de ese modo adoptamos una visión de “lo correcto” para adaptarla a una serie de estrechas normas que nos vienen cómodas, a pesar de sus limitaciones. De ese modo, fuimos formados con un filtro cuyo efecto tendría una influencia decisiva en todas nuestras relaciones futuras.


En ese sustrato contaminado nuestras sociedades cultivan, como lo más natural, la desconfianza y la violencia en las relaciones humanas desde la más tierna infancia. Aun cuando intentamos convencernos de que nuestros primeros años fueron unas vacaciones en la isla de la felicidad, sabemos muy bien cuánto sufrimiento enfrenta la niñez en espacios como el hogar y la escuela, en donde se consolidan de manera indeleble su visión del mundo y de las conexiones con sus semejantes. Quizá por ese comprensible afán de teñir el pasado con un velo de nostalgia solemos pasar por alto hasta dónde esas primeras experiencias marcaron nuestro presente.

En este aspecto, los países de nuestra América Latina –con su carga de una religiosidad restrictiva y hermética- han sido un ejemplo ilustrativo de cuánto daño han causado en las relaciones sociales y en el desarrollo de nuestras naciones esas normas incuestionables que separan a los humanos por categorías, color de piel o le aplican una gradación diseñada para y por una administración más eficaz de la separación por clases: en general, son estructuras de carácter colonialista adscritas al poder político y económico. A partir de ahí se va definiendo todo un modelo de sociedad en donde predominan valores establecidos por las clases dominantes, con todo su engranaje de falsedades y prejuicios.

Las contradicciones en la formación de la infancia comienzan desde muy temprano. Durante los primeros años de vida se suele imprimir en la mente de niñas y niños el respeto por la verdad, un valor cuyo ejercicio conlleva un alto grado de honestidad y fortaleza moral. Sin embargo, esta supuesta fortaleza se cae a pedazos en cuanto se instalan en el discurso familiar -cual importantes cualidades humanas- los prejuicios sociales, la intolerancia, el racismo y los roles de género, todas ellas deformaciones cuyas consecuencias tendrán enorme impacto en la vida de las nuevas generaciones. La mentira, entonces, se instala así como un código de conducta aceptado y propiciado desde la esfera de autoridad, con el propósito de facilitar la inserción de los nuevos miembros en una sociedad convenientemente segregada. 

Esta clase de formación suele presentar sus primeras manifestaciones en conductas de extrema violencia entre niñas, niños y adolescentes. Entrenada en un ambiente de competencia, rivalidades y, muy frecuentemente, violencia física durante el período más importante de su desarrollo, la niñez se ve enfrentada a un desafío de supervivencia emocional para lo cual no está preparada y, por lo tanto, su escaso entrenamiento para lidiar con sus propias contradicciones la convierte en un objetivo fácil para toda clase de abusos. Por ello, no debería sorprendernos cuando esa frustración se descarga en formas extremas como el crimen, el suicidio y diversas formas de autodestrucción que desde nuestra estrecha perspectiva de adultos consideramos no solo inaceptables, sino también incomprensibles.

elquintopatio@gmail.com

sábado, 27 de julio de 2019

Realidad ficticia y realidad real del antichavismo



 Por Homar Garcés:

El antichavismo -tanto el profesado dentro como el profesado fuera de Venezuela- parte de una convicción que se pretende universal, única y, por ende, verdadera. Dicha convicción, como lo muestra la historia reciente del país, se sustenta en los prejuicios inculcados, legitimados y divulgados por los sectores dominantes de la sociedad venezolana, los cuales apenas han sido matizados por el tiempo; todos centrados en negar la condición humana y el acceso amplio a la democracia de los sectores populares. Siendo ello cierto, a los grupos antichavistas les anima un espíritu revanchista, deseosos de revertir, por cualquier vía a su alcance, la realidad trastocada bajo el influjo del presidente Hugo Chávez que le da al pueblo la posibilidad de ser el sujeto histórico de su emancipación integral en vez de resignarse a la soberanía retórica a la que se le acostumbrara durante la hegemonía bipartidista del pacto de Punto Fijo.


De esta forma, la oposición ha echado mano de los terrores atávicos que fueran alimentados y difundidos por medio de la gran industria ideológica de Estados Unidos para contener el avance del comunismo, en muchos casos con la abierta complicidad militante de la alta jerarquía católica (como se constató en pleno apogeo de las dictaduras del cono sur de nuestra América), lo que convirtió cualquiera referencia a la revolución bolivariana o al socialismo en blanco de anatemas, rechazos y odios, a pesar de contemplar el bienestar general de las venezolanas y los venezolanos. Esto se exacerbó más cuando la clase gobernante estadounidense percibió que sus intereses peligraban en la amplia región sudamericana de expandirse la influencia de los cambios revolucionarios suscitados en Venezuela, por lo que propició el golpe de Estado de 2002, así como el sabotaje petrolero, con la intención nada disimulada de acabar con esta experiencia.

Desde entonces hasta ahora, la derecha local (orientada y respaldada por sus mentores del exterior) se ha empeñado reiteradamente en convencer la opinión pública que sus propios intereses están asociados a los del pueblo venezolano, así como al altruista deseo de recuperar la economía, la democracia y la independencia del país, de lo cual acusan a una supuesta dictadura que le permite maniobrar sin muchas limitaciones, pese a los flagrantes delitos cometidos, conformando éstos, en muchos casos, delitos de lesa humanidad y de traición a la Patria. Los hechos ocurridos en esta última década desmienten totalmente este supuesto deseo.

En medio de ello, la oposición diseñó a su medida una realidad ficticia donde sus representantes son los máximos héroes mientras que los chavistas representan todo lo malo que pudiera existir sobre la faz de la Tierra, tan al gusto de los imperialistas gringos al auto atribuirse la condición de defensores de la libertad y endilgarles a sus rivales la odiosa tendencia de causar pobreza, represión y destrucción a granel. Visto tal escenario, la derecha estaría exenta de responsabilidad de todo bloqueo económico, de toda amenaza de invasión militar gringa, de toda intolerancia política y de toda la violencia y las muertes causadas en estos últimos años, pues su simple intención de sacar del poder al chavismo justificaría cualquier acción que se ejecute por lograrla.

Esta realidad ficticia, afincada mayormente en las razones especialmente particulares de quienes la crean y la creen, choca, sin embargo, con la realidad real del país, con un pueblo que ha soportado estoicamente, aparentemente sin mucho razonamiento ideológico de su parte, las estocadas mortales de la dirigencia opositora.

Esta realidad -grandemente ininteligible para los enemigos del gobierno- conforma una enorme barrera ante la realidad irracional que éstos aspiran instituir en Venezuela, con lo que tendrían que admitir, como cosa mínima, que les tocaría en suerte coexistir con ella y asumir, de verdad, un mejor papel del hasta ahora representado, en sintonía con los intereses compartidos de la mayoría de los venezolanos y las venezolanas. 

mandingarebelde@gmail.com