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miércoles, 2 de mayo de 2018

Revolución de Rojava la igualdad y la fraternidad como meta


Por Leandro Albani:
Cuando en 2012 los kurdos y las kurdas del norte de Siria (Rojava) declararon la autonomía de ese extenso territorio, que comparte una frontera de 900 kilómetros con el sur de Turquía, nadie prestó mucha atención a lo que significaba esa decisión. Por ese tiempo, Siria, la república gobernada desde hacía décadas por el partido Baas, era un volcán en erupción que parecía resquebrajarse cada día más. El resto de Medio Oriente y el norte de África no eran ajenos a este proceso. Cuando estallaron las masivas protestas en varios países de la región, que Occidente se apresuró a catalogar como “Primavera Árabe”, el pueblo kurdo de Rojava se sumó a las manifestaciones, pero también se colocó en una posición de expectativa. En Rojava, pese a los retrocesos sufridos años atrás, la presencia durante 20 años del líder kurdo Abdullah Öcalan y de buena parte de la comandancia del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) había dejado una siembra ideológica y política que en 2012 comenzó a ver la luz. 


La región kurda de Siria es rica en hidrocarburos y sus tierras fértiles la convirtieron en el “granero” del país; aunque las riquezas naturales están a la vista, los kurdos y las kurdas de Rojava siempre sufrieron el atraso económico y, como en las otras tres partes de Kurdistán, el Estado los intentó asimilar, negó sus derechos y, en muchas ocasiones, aplicó una represión feroz para silenciar sus protestas.

Pero en 2012 eso cambió. Bajo el paradigma del Confederalismo Democrático y en medio de una guerra que ya había dejado atrás las masivas manifestaciones civiles, en Rojava, por primera vez en la historia reciente de Kurdistán, un territorio era liberado y su proceso autonómico avanzaría hasta estos días. Con las mujeres como vanguardia y sujeto revolucionario principal, creando cooperativas en medio de la escasez impuesta por Turquía e Irak –que cerraron sus fronteras con Rojava-, acechados por Al Qaeda y luego por el Estado Islámico (ISIS), y con un nulo apoyo de las potencias internacionales y regionales, el pueblo kurdo del norte de Siria rápidamente movió los músculos de la auto organización y puso en funcionamiento cientos de asambleas barriales e inició la creación de órganos administrativos y de gobierno en paralelo a las estructuras estatales. Al mismo tiempo, se discutió y aprobó un Contrato Social, que funciona como Constitución, en donde se despliegan los lineamientos organizativos, éticos y morales, en el cual se deja en claro que el sistema de Rojava es profundamente inclusivo y democrático, y respeta la unidad territorial siria (1). Siguiendo los planteamientos del Confederalismo Democrático, también se conformaron fuerzas militares de autodefensa, conocidas como las Unidades de Protección del Pueblo (YPG) y las Unidades de Protección de las Mujeres (YPJ).

El proceso revolucionario de Rojava pone en cuestión al sistema estatal que rige no solo en Siria sino en buena parte de Medio Oriente y que fue implantado en el siglo XX por Gran Bretaña y Francia. Los estados-nación, que en los casos de Siria e Irak fueron controlados por los partidos Baas que, con sus profundas diferencias, bregaron por el nacionalismo árabe, llegaron al siglo XXI en medio de una profunda decadencia, ya sea por errores propios pero también por ataques externos. El sistema que crece en Rojava pone en cuestión esa concepción estatal y apunta que esos modelos siempre fueron excluyentes y negaron a las minorías étnicas y religiosas, al mismo tiempo que dejaban de lado a las mujeres como fuerza fundamental del cambio social.

La consolidación del proceso de Rojava se concretó cuando las YPG/YPJ derrotaron a ISIS en la ciudad de Kobanê en 2015. Durante más de 150 días, los milicianos y las milicianas de Rojava combatieron a los terroristas que habían conquistado la principal ciudad del norte de Siria. En esa batalla, que los kurdos consideran su propio Stalingrado, se demostró la fortaleza moral y militar de los kurdos y las kurdas para derrotar a un grupo que todavía hoy mantiene en vilo a Medio Oriente y el norte de África.

A su vez que la guerra avanzaba, en Rojava se construyeron instituciones y organismos de gobierno, todos dirigidos por una mujer y un hombre; se crearon las casas de la mujer, como espacios de inclusión, discusión y resolución de conflictos; se incluyeron en todos los ámbitos a las tribus árabes y a minorías como los yezidíes, armenios, asirios y turcomanos; se estableció el Kongra Star (Congreso Estrella), la principal organización de mujeres del norte de Siria, con poder de decisión al mismo nivel que el TEV-DEM, uno de los principales órganos de autogobierno; y sobre todo se propuso una solución política y democrática para resolver la crisis siria.

El proyecto de Rojava, sintetizado en la constitución de la FDNS, es al mismo tiempo codiciado y negados por los poderes regionales e internacionales. Las potencias que se disputan el territorio sirio (Rusia, Estados Unidos, Irán, Turquía, Israel, Arabia Saudí y el propio Estado sirio) saben que los dos millones de kurdos que viven en Siria son fundamentales para inclinar la balanza a su favor. Pero también tienen en claro que la propuesta de la FDNS va en contra de sus intereses capitalistas, de explotación de los recursos naturales, de mantener el status quo (como desea Moscú) o destruir al Estado para convertir a Siria en Libia (como intentan Estados Unidos y sus aliados).

Luego de siete años de guerra en Siria, los pueblos del norte de Siria continúan su camino de liberación. Ni los actuales bombardeos de Turquía contra Afrin, ni el aislamiento al que son arrastrados los pueblos de Rojava por las grandes potencias, parecen detener un cambio social inédito en Medio Oriente. El futuro de Rojava depende de la capacidad de resistencia de sus pueblos y de la profunda solidad internacional que nace como un huracán en la conciencia y corazones de los condenados de la tierra.

Notas:
(1) El Contrato Social original fue modificado cuando los pueblos de Rojava declararon la creación de la Federación Democrática del Norte de Siria (FDNS). Para leer el texto: https://rojavaazadimadrid.wordpress.com/2018/04/04/contrato-social-de-la-federacion-democratica-del-norte-de-siria/
leandroalbani@gmail.com

miércoles, 19 de julio de 2017

“Las mujeres kurdas garantizan la liberación del pueblo”

Por Leandro Albani

Jin es el nombre que elige para contar su historia. Por supuesto, no es un nombre real. Llegué a Jin (que significa “Vida” en kurmanji), después de un mes de intercambios de correos electrónicos. Idas y venidas, y días de espera. Hasta que me avisaron que llamarían por teléfono. En la era de las telecomunicaciones instantáneas, el teléfono de línea. Por seguridad, me explicaron. Entre ella y yo se escuchan frituras, y no es para menos. La comunicación se corrige un poco, ahora la voz es más clara. Hablamos la misma lengua. Por eso la insistencia en hablar con Jin. Porque es una de las pocas personas, tal vez la única, que habla español en el norte de Siria (Rojava).



Le pido que me dé algunos datos personales para, al menos, contar un fragmento ínfimo de su vida. No son muchos. Jin los enumera rápidamente: nació en un pequeño pueblo del Kurdistán turco, llegó a Rojava hace tres años, participó en varias operaciones de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG/YPJ) como asistente sanitaria, ya que forma parte del Comité de Salud en el cantón de Cizîre. Con apenas 22 años, colabora con los médicos y ayuda a los heridos que llegan luego de los combates contra el Estado Islámico (ISIS).

Le pregunto por qué viajó a Rojava a sumarse a la lucha por la liberación de ese territorio, fronterizo con Turquía, y que desde hace varios años atraviesa un proceso social y político que estremece a Medio Oriente. “Me sumé por influencia de las mujeres y hombres kurdos que conocí en el lugar donde vivía”, sintetiza en un español dificultoso pero tranquilo.

Jin recuerda que su familia no era “patriota”, como se les dice a quienes apoyan las lucha por la liberación de Kurdistán. “Más bien estaba ligada a partidos de centro derecha, conservadores turcos, sobre todo mi padre”, cuenta. “Conocí mi kurdicidad dentro de la revolución de Rojava. Luego varios familiares se sintieron influenciados por mi participación en el movimiento de liberación kurdo y comenzaron a reconocerse también, a apoyar en diferentes niveles al movimiento”, agrega.

Por estos días, desde el Comité de Salud de Cizîre recorre buena parte de esa región que siempre fue rica, pero a la que nunca le permitieron la prosperidad. Debajo del suelo de Rojava están las principales reservas de petróleo de Siria. Arriba, su tierra es fértil pese al paisaje árido en el que la tierra revolotea con el viento. El trigo es el principal cereal que se produce. El granero de Siria. Así llaman a la región kurda del país. Históricamente, el petróleo y el trigo eran producidos en Rojava, pero luego trasladados al oeste de Siria donde se procesaban. El abandono, la desidia, la pobreza y la negación. Eso sufrían los pobladores kurdos. Al igual que sufren todavía sus hermanos en las regiones kurdas de Irak, Irán y, principalmente, Turquía.

Cuando llegué a Rojava pasé un mes, más o menos, conociendo la realidad, los pueblos, acercándome a los sectores árabes que no los conocía”, relata Jin que siempre vio con inquietud e interés lo que sucedía en las montañas de Qandil, en el Kurdistán iraquí, donde se encuentran las bases del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). “Para mí fue muy importante porque era la primera vez que estaba bien insertada dentro de la propuesta del movimiento kurdo y porque conocí Kurdistán a través de los ojos de los milicianos. En el Kurdistán turco tuve mucho contacto y conocí a la sociedad, pero esa población y la de Rojava no es la misma. Es el mismo pueblo, pero todos estos años ese pueblo estuvo incluido en estados diferentes”, relata.

La historia del pueblo kurdo es similar a la de los vascos, los baluches, los palestinos, los pueblos originarios de América Latina. La negación de su existencia por parte de los estados, la represión física, pero también la prohibición de hablar su lengua, escribir sus pensamientos, interpretar sus canciones. Este podría ser un resumen sintético de la historia de los kurdos, el pueblo más grande del mundo sin un Estado. Y las rebeliones, desde que la historia es historia, como única forma para no desaparecer. “Al principio fue conocer a todas las organizaciones que en estos cinco años se han institucionalizado en Rojava –cuenta Jin-. Después trabajé en las Asambleas de Salud, que incluyen médico y enfermeras, ciertas instituciones y a los representantes de los comités de salud de las comunas”.

Cuando en 2011 Siria entró en el espiral de la Primavera Árabe, el pueblo kurdo del norte del país esperó, paciente, que los acontecimientos se desarrollaran. Su desconfianza era doble: ante el Estado sirio, gobernado por Bashar Al Assad, y frente a los grupos armados incipientes que nacían y que derivarían en el Frente Al Nusra y el Estado Islámico (ISIS), entre muchos otros.

“Ya son cuatro o cinco años de soberanía en el que los kurdos logramos un cambio radical en nuestro status. Pasamos de ser extranjeros o indocumentados en nuestra tierra, y muy marginalizados, a poder participar en instituciones, asociarnos políticamente, concretar proyectos sociales”, afirma Jin “Este trabajo es el resultado de muchas cosas…”, dice y la comunicación se corta.

Espero. Pasan apenas unos minutos. Suena el teléfono que, por si hay dudas, no es el de mi casa. “Como decía –retoma Jin sin preguntar quién está del otro lado-, es un trabajo de muchos años, son veinte años de trabajo de base”. Se refiere a la militancia desarrollada por el PKK, la principal organización político-militar de Medio Oriente. Y también se refiere a la profunda influencia de Abdullah Öcalan, líder máximo del PKK que durante casi dos décadas vivió en Rojava y desde hace 18 años está en la isla-prisión de Imrali, en Turquía, incomunicado y sin contacto con sus abogados y familiares. “Cuando los kurdos nos declaramos autónomos ya había una base importantísima en la sociedad, que no fue producto de declararnos soberanos, sino del trabajo anterior”, agrega.

Los kurdos del norte de Siria, junto a los pueblos árabes, asirios, turcomanos y de otras nacionalidades que habitan la zona, declararon la creación de la Federación del Norte de Siria. Desde mucho antes, y teniendo como telón de fondo una guerra que parece nunca acabar, comenzaron a crear sus propias instituciones y mecanismos de defensa militar. El Estado sirio, al ver que no podía repeler los ataques que se multiplicaban en todo el país, retiró sus fuerzas de Rojava y las YPG/YPJ profundizaron una lucha sin cuartel contra el Estado Islámico. La batalla en Kobane, que tuvo una amplia cobertura periodística, permitió a los kurdos expulsar ISIS de la ciudad después de 140 días de enfrentamiento. La victoria militar se convirtió en un espaldarazo moral para la población que había decidido quedarse en la ciudad y para quienes huyeron y, lentamente, retornaron a sus hogares.

“La gente se involucra, participa. Pero es difícil también, porque esta situación de estar al margen del Estado puede generar cierta parálisis, como si las personas estuvieran en estado de hibernación –analiza Jin-. En general, entre la gente hay mucho analfabetismo, o mucha gente que no sabía cómo participar en asambleas, en reuniones, cómo compartir sus ideas, gente con muy poca autoconfianza, sin una noción muy clara de cómo puede ser que nosotros mismos, desde la base, tomemos decisiones y que esa decisiones necesitan una responsabilidad. No es solamente querer, sino que es decidir, ponerse de acuerdo y llevar esa decisión adelante. Ese es en el paso en el que estamos ahora”.

Desde que se declaró la autonomía en el norte de Siria se comenzaron a crear nuevas instituciones que, en algunos casos, conviven con remanentes estatales. En la actualidad, el poder es compartido por la Dirección de la Autonomía Democrática y el Movimiento por una Sociedad Democrática (TEV-DEM, que representa a las comunas), que se entrelazan, tienen vasos comunicantes, también sus contradicciones, pero que se rigen por las asambleas barriales, el órgano de base principal. Jin reconoce que no es una tarea fácil: “Lejos de la dificultad que trae la guerra y la situación militar, la cuestión es que la gente se autodirija, se eduque a sí misma, construya una trama ética, en el que esos valores dirijan a la sociedad. La gente ahora está dando ese gran paso, está aprendiendo a leer y a escribir, participando de las reuniones y creando cientos de instituciones y todo con mucho entusiasmo, creatividad. Además están profundizando en su cultura y generando un proceso de auto-inclusión social luego de un estado previo de casi total marginalidad. Pasaron de no poder tener una casa, porque no tenían derecho al título de una propiedad, a crear cooperativas”.

En Rojava siempre vivieron casi tres millones de pobladores kurdos. Durante la década de 1970, el gobierno del presidente Hafez Al Assad aplicó una política de asimilación y colonias conocida como el “cinturón árabe”. Era sencillo: se desplazaba a los kurdos y se llevaba pobladores árabes, a los cuales se asentaba en el territorio que, lentamente, era fragmentado. Sumando a esto, la negación del lenguaje de los kurdos, de sus celebraciones y hasta de su identidad. Legalmente no eran kurdos, tampoco sirios. Eran indocumentados en su tierra ancestral.

Las líneas sociales, políticas y económicas que hoy se aplican en el norte de Siria se desprenden del Con federalismo Democrático, ideología que impulsa el PKK y Öcalan desde mediados de la década de 1990. Concebido en el marxismo-leninismo, intentando crear un Estado kurdo, y tomando la lucha guerrillera como método ante la imposibilidad de participar en la política legal, el PKK dio un viraje polémico luego de muchos años de discusiones internas. Desde entonces convocó a sus seguidores a crear autonomías democráticas en los cuatro países en que está asentado el pueblo kurdo, volver a las raíces comunitarias de sus antepasados, romper con la dependencia al capitalismo a través de la formación de cooperativas, apuntalar una sociedad ecológica y multiétnica, y destacar que el sujeto de la revolución no era otro que la mujer, explotada por su condición natural pero también utilizada como mano de obra descartable.
En ese momento, coinciden muchos, algo tembló en Medio Oriente.

En Rojava, retoma Jin, “pasamos de un punto cero al punto de la propiedad colectiva. Eso hay que tenerlo en cuenta, porque no es que ahora decidimos que vamos a vivir en una aldea comunitaria, no tiene nada que ver”.

Esa autonomía democrática era para muchos una situación transitoria hasta que se calmaran las aguas y el Estado retornara a la región. El correr de los meses tiró abajo esa idea. “Eso traía muchas consecuencias, porque hay libertad de pensar lo que uno quiere, pero no se tomaban las riendas de los asuntos de la sociedad –dice Jin-. Pero la gente, poco a poco, tomó conciencia que auto dirigirse necesita de una sociedad muy ética, una conciencia muy amplia, necesita de la trama comunal, que es lo que tenemos a favor porque hemos vivido en una sociedad que históricamente es de ahí, que ha vivido comunitariamente con las otras nacionalidades. Las cualidades y condiciones que necesita esa decisión de auto dirigirse es avanzar de a poquito y fertilizar la tierra para que vayan creciendo esas instituciones que logren estructurar y consolidar este nuevo paradigma de sociedad democrática”.

En la historia de Kurdistán las mujeres son el ojo de huracán. Hace cinco mil años atrás, cuando las primeras migraciones de África llegaron a la Mesopotamia y se asentaron en comunidades, la mujer fue el centro de la organización. Como bien lo reivindica el propio Öcalan, esa sociedad matriarcal originaria tenía la virtud de respetar la naturaleza y la vida. Con el paso de los siglos, las mujeres fueron replegadas por la fuerza del hombre, la autoridad de los chamanes y en el siglo XI, con la irrupción del Islam, el poder religioso recayó sobre ellas. En la era moderna, a la sumisión impuesta por los hombres, las mujeres son blanco de la explotación del capitalismo.

Desde la fundación del PKK a finales de la década de 1970, el rol de la mujer estuvo latente y a flor de piel. Sakine Cansiz, una de las fundadoras del partido –asesinada en Francia en enero de 2013-, se convirtió en la principal referente. Pero la gran irrupción de las mujeres en el PKK se produjo en 1990, cuando después de muchas luchas internas comenzaron el peregrinaje hacia los campamentos guerrilleros. Ellas iban a combatir y a defender su identidad como mujeres, kurdas y revolucionarias. Al referirse a este tema, Jin explica que la lucha de las mujeres kurdas “cambió lo que es una mujer en Medio Oriente y diría que hasta en el mundo. Las mujeres en las montañas, yendo al frente de las batallas, de la coordinación política, en los trabajos de desarrollo ideológico, como vanguardia afectó hasta al núcleo familiar. Las mujeres, que décadas atrás estábamos restringida al ámbito privado del hombre y de la familia, empezamos a transformar desde ahí”.

Jin remarca la cuestión de la familia, porque en tierra kurda esa institución, que no perdió sus rasgos comunitarios pese a los avances del capitalismo y sus fuerzas represivas, fue transfigurada de manera radical. “Las mujeres encerradas en sus casas veíamos cómo una prima podía llegar a ser comandante y salir en la televisión hablando, entonces decías ‘por qué vamos a tener que estar encerradas acá’”, remarca. En el caso de Rojava, las mujeres crearon el Kongreya Star (Congreso Estrella), organización que las reúne para discutir y decidir sobre las políticas sociales y económicas, pero también para definir sus tácticas y estrategias para el pueblo.

“Las mujeres pueden incluirse en instituciones, pueden participar en diferentes áreas –relata Jin-. Hay gran parte de las mujeres jóvenes que participamos en las fuerzas de autodefensa. Tengo noción de cómo se ha caricaturizado mucho el tema de las milicianas, pero no me sorprende en absoluto. A través de negar la participación de la mujer como vanguardia de la sociedad, no como vanguardia de una milicia, se niega el proyecto político de un pueblo. Negando que las mujeres trabajan en las Casas de Paz resolviendo problemas del barrio, que trabajan en derechos humanos, que lideran el trabajo de la economía y las cooperativas, se niega que hay un proyecto político posible y concreto en práctica en Rojava”.

Lo que sucede con las mujeres en Rojava no es diferente a lo que ocurre en las otras partes del Kurdistán. El PKK, y las cientos de organizaciones vinculadas al partido, tienen sus propios espacios de mujeres. “En general, las mujeres participan mucho y se puede decir que son las más entusiasmadas. Tanto en la milicia como en la sociedad, estamos garantizando que este proyecto político, que esta idea de vida de una sociedad libre, vaya para ese lado. Estamos garantizando la liberación del pueblo y la convivencia de los pueblos. Por eso decimos que la mujer, no por naturaleza o por condición social, es el ser más aglutinante que va a garantizar el bienestar de la sociedad y una vida digna”, sintetiza Jin.

En el teléfono estalla un silencio que dura un instante. Escucho la voz de Jin, pero ahora en otra lengua. Habla con una persona y en el medio me dice que espere un segundo. También, a lo lejos, se nota el sonido de un auto que arranca. Jin vuelve y se disculpa: “Acá siempre hay muchas cosas que hacer”. Y retoma el hilo de la charla sobre las mujeres de Kurdistán. El rol que ellas cumplen en Rojava, remarca, “genera un conflicto que la gente asume y eso es lo importante. La cuestión de las mujeres, y esta línea que para nosotros es la más definitoria y la más estructural de todas, es la que va en estos cinco mil años de patriarcado que, creemos, que es el vehículo con el cual atravesó la desigualdad social a lo largo de la historia con sus diferentes formas”.

En una zona de tradiciones feudales, con una cultura de clanes que atraviesa a la sociedad y un Estado de controles rígidos, “el desarrollo de las mujeres como vanguardia está yendo al punto más arraigado de la sociedad, entonces va contra todas esas tradiciones feudales que están influidas por la islamización de la zona, por la fragmentación de Medio Oriente. Se genera conflicto en el plano político, en las instituciones y en los núcleos familiares, pero la gente lo está asumiendo”, asegura.

Pero lo más impactante es el cambio, y ese cambio se sostiene en un proceso revolucionario que se construye en lo cotidiano. “Le preguntas a la gente y te dicen que antes, diariamente, había asesinatos por honor, lapidaciones y eso ya no existe –señala Jin-. Haber recuperado su historia, haber empezado a definir la historia y la vida como mujeres, da la posibilidad que esa vida se empiece a construir y por ahí pasa el verdadero conflicto. Porque nosotros no estamos liberando la sociedad militarmente o adoctrinando, es un cambio en el cual la misma gente está combatiendo las tradiciones y los hábitos que están en contra de esa vida que ahora quieren y pueden nombrar”.

Hubo un momento en que Jin reafirmó su compromiso con el pueblo kurdo. Fue en julio de 2015, cuando un atentado terrorista estremeció el pueblo de Suruç, en el Kurdistán turco. Jin estaba a unos pocos kilómetros, en Qamishlo, la principal ciudad de Rojava. En el atentado, cometido en el Centro Cultural Hube Amado, fallecieron 32 personas. No sabe bien cómo explicarlo, pero ese ataque -que pudo verlo desde la lejanía con su humo negro y los gritos que atravesaban unos pocos kilómetros-, la conmocionó de forma estremecedora.

“En Kurdistán se está luchando desde todo punto de vista por las cosas más básicas del ser humano, por construir una mujer y un hombre libres, y de ahí poder construir una sociedad libre”, destaca.

Entre las funciones que ocupó en este tiempo, siempre desde el área de salud, Jin estuvo en la primera fase de la operación Ira del Éufrates, que encabezan las Fuerzas Democráticas de Sirias (FDS), en las cuales combaten las YPG/YPJ, y que tiene como objetivo liberar Al Raqqa, la tercera ciudad en importancia en Siria. Durante ese período, “algo que me llamó mucho la atención fue la relación de las FDS con la población árabe –recuerda-. No tanto la situación terrible por hambre o por destrucción de las casas, porque eso realmente casi no pasó, pero la situación en que vivían las poblaciones bajo dominio de ISIS era muy terrible”.

Desde la aparición del Estado Islámico, Al Raqqa fue tomada por esa fuerza terrorista y declarada capital del Califato que buscaba fundar la organización dirigida por Abu Bakr Al Baghdadi. Jin recuerda la liberación de los pueblos alrededor de Al Raqqa y las sensaciones que la cruzaron: “Es como llegar a un punto de la naturaleza humana muy extraña, de enajenación total, es como un sueño muy oscuro en el que estaba viviendo esa gente. La gente árabe tiene una particularidad muy interesante que es que no se va. Yo veía cómo tiraban cañonazos a pueblos donde ni siquiera había militantes y la gente no se iba. Y los compañeros hablaban, se reunían y hasta prohibían que se quedaran, pero la gente volvía a sus casas. Están totalmente arraigados a sus tierras”.

Estruendos, combates, lentos avances sobre un terreno desértico, el peligro de las minas plantas por ISIS, la muerte de milicianos kurdos, pero también la vida que nace a cada paso. “En el medio del combate se genera mucha convivencia entre la gente que sacamos y entre la misma área militar y los milicianos –finaliza Jin-. Aunque es difícil de imaginar no hay lugar para la muerte, todo es pura vida y pura energía, y mucho entusiasmo y optimismo. Es la sensación de que ojalá tuvieras más de una vida para poder dar más”.
leandroalbani@gmail.com