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miércoles, 2 de septiembre de 2020

Territorios de Impunidad



Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

En los llamados territorios, reconocibles por estar aislados de los centros urbanos, sin redes, ni carreteras, ni medios suficientes para suplir necesidades básicas, pero con retenes y movilización de tropas, que con su sola presencia de ocupación propician temores sobre posibles castigos colectivos, se disputa la historia, la verdad. Hace tiempo el estado da muestras de haberles perdido el respeto por la vida y sus derechos. Los despachos de justicia son precarios, débiles, y derechos como el de la memoria, la tranquilidad, la libre movilización, intimidad, asociación, expresión, reunión son vistos con sospecha y reprimidos.



Allí la tragedia de cuerpos destruidos, vínculos sociales rotos, esperanzas desgastadas se padece a diario. Sus nativos habitantes persisten, en contra de las acciones del estado, en mantener cosmovisiones propias y asegurar la conexión entre naturaleza y cultura, acosada por el capital que quiere volverlo todo riqueza personal, con irreparables daños y víctimas.

En los territorios, la justicia penal, no pasa por tribunales independientes, si no por la autoridad de los determinadores del crimen, que acostumbraron a la gente a tener presente la muerte todo el tiempo y a enterrar a sus muertos de la violencia sin alboroto, en silencio, sin permitirles creer que hay un genocidio imparable, del que nadie está exento, aunque trate de escapar acudiendo con total desigualdad de tratamiento jurídico, a tribunales, sin protección estatal aun siendo jurídicamente débiles. Saben que para ellos la ley es negada y que los pactos y acuerdos suscritos miles de veces, seguirán siendo traicionados. 

Como en ningún otro lugar del mundo, en los territorios de Colombia, de manera sistemática ocurren masacres, convertidas en espectáculo, en asunto mediático, en broma de mal gusto editada por el gobierno y los funcionarios que tergiversan las palabras y hacen trizas los sentidos, como lo hicieron con la letra del acuerdo de paz. Al cambiar los sentidos el beneficio es para los criminales en clara muestra de desprecio por las victimas indefensas, revictimizadas en los territorios.

Las vivencias, costumbres, derechos y culturas propias tejidas con solidaridad y luchas de vida y dignidad, para los poderosos no existen, no tienen valor alguno, el estado se niega a promover de manera efectiva el esclarecimiento de los repetidos hechos de violación masiva de derechos, la comisión de crímenes de lesa humanidad, la sanción a los responsables y la justa reparación colectiva e individual.   

Los territorios, son parte del imaginario de algo lejano, aislado, Choco, Urabá, Sur del país, lugares que cuentan electoralmente para las elites, pero no para atender sus demandas. Es por lo menos pensable que para las élites ellos son solo riquezas a explotar y depósitos de víctimas, en los que agentes del estado, civiles y armados, completan el desprecio, como siguiendo a la letra el proyecto de refundación de la patria, originado por el partido en el poder. La ley de víctimas (1448 de 2011), los pactos de derechos, las declaraciones, la constitución, la ética, los llamados de organismos internacionales, son letra muerta y voces en el viento, el estado actúa a través de unas fuerzas armadas que creen ciegamente que ellas son la ley, y que donde estén pueden aplicar a su arbitrio una justicia militar propia, por eso ejecutan extrajudicialmente, hacen alianzas, causan daño, se ponen por fuera de la ley al ser partícipes de violentar derechos colectivos y cometer violación grave y manifiesta de los derechos individuales de los miembros de los colectivos, lo que sumado al desinterés institucional fortalece la continuidad de la barbarie y favorece la sistemática impunidad.

Los hombres y mujeres comunes y corrientes de los territorios, habitantes ancestrales, indígenas originarios, afro y campesinos, no son reconocidos como sujetos políticos, son tratados como usurpadores, calificados de ignorantes o bandidos. Las imágenes son siempre las mismas:

La gente se toma una finca para liberar la tierra o corta una carretera, el presidente o un ministro usa los medios para señalar, sin la prudencia del estadista, que detrás empujan las guerrillas, los narcotraficantes o los bandidos, enseguida llega la fuerza militar o policial de choque, después pasan los helicópteros lanzando bombas y panfletos y al final, solo al final, algún funcionario, por fuera de contexto, ofrece una entrevista para indicar que investigarán exhaustivamente los asesinatos allí cometidos, porque siempre quedan los muertos seleccionados de entre los habitantes de esos territorios.

Es la historia que se repite con lógicas de discriminación que no cambian, aunque cambien los tiempos. Son víctimas fáciles de la espiral de violencia que el estado niega, para ocultar a los responsables políticos y a los determinadores del crimen, bajo la premisa de que todo ocurre como efecto de vendettas entre bandas de narcotraficantes que disputan rutas del negocio y cambia de tema. 

La vida en el territorio, se puede derrumbar en instantes, cada minuto es incierto.

Las victimas ganaron con el 98% la votación en contra de la guerra y en favor de implementar los acuerdos de paz, pero ese voto parece maldito, -a cambio de traerles garantías y recursos efectivos de reparación y no repetición, todas consagrados en la mayoría de instrumentos de derechos universales y regionales de derechos humanos y reconocidas como principio del derecho internacional-, ese voto fue su boleto de entrada a la revictimización revitalizada con una sevicia aun mayor a la ya padecida, alentada por los ganadores del No, que prefirieron la guerra, hicieron caso omiso de las reglas y normas imperativas, se hicieron al gobierno y ejecutan el poder para traer de vuelta la violencia despiadada, que utiliza la tortura, la desaparición forzada, la violación, la desmembración y los tratos inhumanos y degradantes que empuja a los más pobres y olvidados a seguir la ruta de ser las víctimas o convertirse en victimarios.

Así es la barbarie provocada por las masacres negadas, que el estado desprecia en beneficio de convertir todo a su paso en territorios de impunidad. 

mrestrepo33@hotmail.com

sábado, 29 de septiembre de 2018

Ella se llamaba Juana Ramírez


Por Carolina Vásquez Araya: 
Las niñas y mujeres indígenas y campesinas de Guatemala son el último eslabón.

Doña Juana Ramírez Santiago era una autoridad en su pueblo. Desde joven había comprendido su misión y había dedicado su vida a ayudar a otras mujeres como ella: marginadas, campesinas e indígenas privadas de servicios adecuados de salud y carentes de oportunidades para adquirir los conocimientos necesarios que les permitieran alcanzar una adecuada calidad de vida. Doña Juana era una de las más de 20 mil comadronas guatemaltecas cuya labor es proporcionar un entorno saludable a las mujeres en el proceso de embarazo, parto y lactancia. 


Consciente de los obstáculos enfrentados por su comunidad para tener acceso a los servicios de salud en el área rural, doña Juana dedicó sus esfuerzos a compartir y aplicar sus conocimientos, salvando la vida de muchas madres gestantes. A sabiendas de que el entorno cultural y social de las comunidades más alejadas de los centros urbanos es profundamente hostil para las niñas, adolescentes y adultas, usualmente privadas de acceso a la educación y sujetas a la autoridad patriarcal, ella se convirtió en una activa defensora de las mujeres de su etnia, ya que los escasos recursos disponibles para gozar de servicios de salud adecuados en la mayoría de aldeas y caseríos indígenas representa una seria amenaza y es causa de muertes maternas evitables, una de las más elevadas en América Latina y el Caribe.

Es allí en donde el papel de las comadronas resulta esencial. Sin embargo y pese a la trascendencia de su papel en atención sanitaria para comunidades alejadas de los centros urbanos, han debido soportar innumerables obstáculos cuando entran en contacto con algunos de los centros de salud del sistema estatal al acompañar a sus pacientes, debido a la barrera cultural entre el personal ladino no suficientemente entrenado para comprender ciertos usos y costumbres -como la necesidad de las mujeres indígenas de mantener su traje típico durante el proceso del parto, hablarles en su idioma y respetar su intimidad- lo cual consideran opuesto a las normas establecidas.

En este ámbito trabajaba doña Juana y, por su liderazgo en el seno de su comunidad, se había convertido en una voz importante y una protagonista activa en los programas de desarrollo y en la defensa de los derechos de las mujeres ixiles. Quizá no habrá mayor repercusión pública de su importante labor humanitaria, quizá nunca se conozca en detalle la trayectoria de esta lideresa indígena por pertenecer a uno de los sectores más abandonados de la sociedad guatemalteca. Pero la recordarán con respeto y admiración quienes conocieron el alcance de su misión.

Cuatro balazos fueron suficientes para derribar a doña Juana Ramírez Santiago, fundadora de la Red de Mujeres Ixiles. Quizá los asesinos no sabían a quien eliminaban. Quizá solo recibían órdenes de otros, dedicados con furia a exterminar a toda voz disidente, a todo opositor de un régimen de represión política y social. Lo que sin duda ignoraban es que a doña Juana no lograron callarla porque su pensamiento y sus ideas desde hace tiempo echaron raíces en su comunidad, una de las más golpeadas por el exterminio y la represión durante el prolongado conflicto armado interno.

En Guatemala, ser activista en pro de los derechos humanos y por la protección del ambiente equivale a colocarse directo en el centro de la diana. Más de 20 líderes comunitarios han sido asesinados en lo que va del año y el escenario actual permite suponer que la represión contra este importante sector continuará mientras las instituciones garantes de la justicia no actúen de manera firme, tal y como lo manda la Constitución.

elquintopatio@gmail.com