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viernes, 28 de agosto de 2020

La mala palabra, la palabra prohibida



Por Carolina Vásquez Araya:

Aborto: Interrupción de un embarazo (Diccionario panhispánico del español jurídico) 
La prevalencia de doctrinas religiosas en los países latinoamericanos, cuya influencia ha sido estampada hasta en textos constitucionales, constituye un obstáculo aparentemente infranqueable para uno de los problemas sociales y de salud pública de mayor impacto en países de población mayoritariamente pobre: el derecho a la interrupción de embarazos de alto riesgo o producto de violaciones. Así, las muertes evitables en niñas, adolescentes y mujeres por la práctica clandestina de este procedimiento, terminan siendo resultado de decisiones políticas destinadas a privar a los menos privilegiados de acceso a la educación y a servicios básicos, como la máxima expresión de un sistema patriarcal de dominación y control.


En los países de nuestro continente, se estima que unos 25 millones de mujeres carecen de acceso a métodos anticonceptivos; pero la cifra se queda corta al sumar a quienes, a pesar de tenerlos, no los utilizan por razones religiosas, por desconocimiento o por imposición de los hombres en su círculo inmediato: pareja, padre, hermano o alguna autoridad de su comunidad. También se conoce la tremenda prevalencia de violencia en el ámbito familiar, violaciones sexuales, incesto y trata de personas, a cuyas víctimas el sistema deja a merced de sus agresores. Esta amenaza se cierne sobre las mujeres, la niñez y la juventud, sometidas desde el inicio de su vida a un sistema de estricto control masculino que les priva de su derecho a una vida sin violencia y acceso a las oportunidades en igualdad de condiciones.

Para ilustrar la dimensión del drama humano enfrentado por este sector, baste constatar que las cifras de embarazos en niñas y adolescentes, de entre 10 y 14 años, en un solo país y durante los primeros cuatro meses de 2020, ascienden a cerca de mil 500; estas, reportadas por el Observatorio de los Derechos de la Niñez en Guatemala, Ciprodeni. Sin embargo, Guatemala –al igual como muchos otros países de América Latina-, carece de un sistema confiable de estadísticas y registro, ya sea por la ausencia de instituciones del Estado en una buena parte de su territorio, ya sea porque muchos casos son ocultados por la familia de las víctimas, por lo cual los datos presentados podrían ser solo una muestra parcial de esta tragedia.

Estas niñas agredidas y violadas son, por decisión política, sometidas a la tortura de llevar su embarazo a término y, adicionalmente, exponerse a perder la vida y, de sobrevivir, a perder las mínimas oportunidades que el sistema les podría brindar. Es decir, quedan sujetas a un régimen de absoluta privación de todo aquello que presta valor a su existencia. La interrupción del embarazo para estas pequeñas víctimas de un sistema aberrante de poder patriarcal, debería ser una prioridad en el sistema de salud y también derribar de una vez por todas los absurdos prejuicios que rodean a esta práctica sanitaria. Del mismo modo, poner el procedimiento al alcance de quienes lo necesiten ya sean niñas, adolescentes o adultas, tal y como se brinda en hospitales privados a mujeres de círculos sociales privilegiados que lo requieren y lo reciben en un ambiente sanitario adecuado. 

La negativa de esos mismos sectores de privilegio a poner al alcance de las familias la educación sexual y los métodos para planificar los embarazos, evitando así tanta muerte innecesaria no responde, por lo tanto, a una postura ética sino a una política de control y prevalencia de un sistema arcaico de dominación social, instrumentalizado por medio de doctrinas religiosas y restricción del acceso a la educación para las grandes mayorías.

Las restricciones sanitarias castigan con especial dureza a la niñez.

elquintopatio@gmail.com

miércoles, 25 de julio de 2018

Agricultura al garete


Por Rafael Flores:

Sin la intervención  del Gobierno Bolivariano, en la planificación y ejecución de la producción agropecuaria, ésta no contribuirá suficientemente a la solución de la escasez de alimentos que padecemos los venezolanos.  Evelise y yo sembramos lo que nos viene en gana, en nuestro fundo MAHANAIM, en la Costa Oriental de nuestro árido Estado Falcón; nuestra prioridad es sembrar maíz, yuca, frijoles, quinchoncho, auyama y pasto para nuestro ganado, en atención a la necesidad urgente de nuestro pueblo; casi la totalidad de los productores vecinos siembran exclusivamente melón en verano, cuando aprovechan el agua almacenada, en extremo escasa en Falcón, con riego al goteo; un sistema costoso y de exigente dedicación,  que naturalmente emplean para un producto muy bien remunerado, cuya siembra es de alto riesgo.


La contribución de éste producto, a la solución de la escasez de alimentos, es irrelevante, pero tal dedicación no es motivo para que disminuya mi aprecio por la laboriosidad de mis vecinos y, en contraste, mi desaprobación a la ausencia del Estado de una función rectora y de vital necesidad actual en la actividad agrícola. ¿No es acaso éste un momento cuando necesitamos canalizar y motivar a la escasa población agrícola, cuya  laboriosidad, como la de mis vecinos, puede dar una enorme contribución para  salvar LA PATRIA?

¿Cómo puede estar ausente el Estado y no intervenir en la determinación de los rubros agrícolas a sembrar, cuando de esa intervención y elección depende la preservación de la independencia y soberanía de Venezuela?

Estoy de acuerdo con el esfuerzo de Maduro para proveer a los venezolanos más necesitados de alimentos, pero no entiendo el abandono por el Estado, de quienes podrían contribuir mucho más a producir esos alimentos, si la intervención de ese Estado estuviera orientada también a esta prioridad, tanto como lo está al privilegio de partir y repartir los escasos alimentos que se distribuyen.

 Cuando el clima no permite la siembra de melón, mis vecinos siembran maíz, frijoles, yuca etc... Aquellos rubros escasos, pero apenas lo que necesitan para alimentarse así mismos y a sus familias y lo hacen con remilgos, toda vez que las siembras de estos rubros se ven sometidas a la acción de necesitados y delincuentes.

El momento y las actuales circunstancias exigen que todos los productores agropecuarios estemos  dedicados a producir estos alimentos, especialmente granos y cereales que pueden ser almacenados; es inexplicable que el Estado no entienda o no asuma esa urgencia y prioridad. Disfruto los programas del Ministro Castro Soteldo, me ha hecho creer que lo está haciendo mejor que sus antecesores, pero cuando analizo la realidad de nuestra actividad agrícola local y la ausencia del Estado aquí, e imagino tal ausencia en todo el país, me embarga la preocupación por el desenlace de la guerra económica y desabastecedora con la que el imperialismo nos está atacando.

Venezuela enfrenta la amenaza de una agresión militar estadounidense, que USA intenta justificar y ocultar detrás de una invasión a Venezuela por Colombia. Ni ésta invasión será posible, gracias a la intervención de DIOS TODOPODEROSO y la agresión imperialista fracasará, por muy cruenta que sean sus consecuencias. La forma de agresión del imperialismo y de sus lacayos, que sí le hace graves daños a la Revolución Bolivariana y pone en riesgo la independencia y soberanía de Venezuela es la escasez de alimentos y medicamentos.

eveliseyrafael@gmail.com