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sábado, 19 de enero de 2019

Grupo de Lima: cuando la ignorancia se pretende convertir en derecho


Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
En julio de 1867, en su primer manifiesto dirigido al pueblo mexicano después de haber entrado triunfante a la capital tras la derrota del imperio austríaco, el presidente Benito Juárez enunció una frase que marcaría para siempre la historia de México y dejaría una impronta en América Latina: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Tal vez, podría considerarse esta frase como uno de los pilares fundantes del derecho internacional latinoamericano y un aporte a la búsqueda de mantener relaciones armoniosas entre los pueblos y gobiernos del mundo.

Unos años antes, Andrés Bello, en su obra “Principios de Derecho internacional” publicada en Caracas en 1837, transformada en texto obligado de consulta de las cancillerías de la región y adoptada como texto de estudio en varias universidades de América Latina, el educador, diplomático y jurisconsulto venezolano hizo mención a las particularidades y a la diversidad de la región, buscando sin embargo -en términos del derecho- conciliar el pensamiento universalista vigente con el americano emergente.

Lo cierto es que en fecha cercana a la derrota definitiva del imperio español en América y con el surgimiento de nuevas repúblicas comenzó a construirse una doctrina jurídica propia de la región que habría de hacer importantes contribuciones, muchas veces inéditas al derecho internacional, los que se constituirían en destacados cimientos para la estructuración sólida del sistema internacional actual, toda vez que se manifiestan en la propia Carta de la ONU, así como en otras esferas del orden jurídico internacional. Al recrear estas letras, hecho mano a la memoria y a mis notas de las ya lejanas clases de Derecho Internacional en la universidad para recordar el extraordinario aporte de nuestra región a la edificación de un corpus jurídico para el mundo.

Ya en 1820, plenipotenciarios de Colombia encabezados por quien después sería el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, bajo orientación del Libertador Simón Bolívar firmaron con representantes de la monarquía española, el Tratado de Regularización de la Guerra que es considerado el principal antecedente del Derecho Internacional Humanitario actual.

El diplomático y jurista argentino Carlos Calvo, autor de “El derecho internacional teórico y práctico de Europa y América” estableció antes que nadie el principio de que las controversias en contratos internacionales no podrían ser reclamados por vía diplomática o mediante la agresión armada, evitando de esa manera que los países más poderosos pudieran utilizar tales controversias como mecanismos de intervención. Calvo apelaba a la solución pacífica de controversias como el único instrumento válido de la diplomacia para regir las relaciones internacionales a partir de la consagración de la igualdad jurídica entre los Estados, como consecuencia fue el fundamento doctrinario para impedir el uso de la fuerza. Pronto, este precepto que fue largamente vetado por Estados Unidos en las primeras conferencias panamericanas, se trasladó al ámbito extra regional convirtiéndose en los hechos en principio rector de política internacional de alcance planetario. Los preceptos jurídicos esbozados por Calvo dieron forma -de manera más acabada- a la Doctrina Drago, llamada así en honor a su autor el ministro de relaciones de Argentina, Luis María Drago quien estableció que ningún Estado extranjero podía utilizar la fuerza contra una nación americana con el objetivo de cobrar una deuda.

En otro ámbito, ya en pleno siglo XX, afrontando la realidad de Europa que fue testigo de dos guerras imperialistas en poco más de 30 años, los países latinoamericanos impulsaron -tras el fin de la segunda guerra mundial- la aceptación universal de estos principios consagrados en el derecho americano (ninguno de los cuales fuera elaborado ni promovido por Estados Unidos o Canadá) y lograron su incorporación a la Carta de las Naciones Unidas, ocupando un lugar prominente en el artículo 2 de dicho documento

El desarrollo posterior del derecho y los aportes latinoamericanos permitieron que nuestra región fuera la primera en el mundo en declararse libre de armas nucleares tras la firma en 1967 del “Tratado de Tlatelolco para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina”, estableciendo nuevamente un principio que pronto fue imitado por otras regiones del planeta. Un paso adelante fue la adopción por la 2da. Cumbre de países de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) celebrada en La Habana en 2014 del acuerdo por el cual se declaraba a América Latina y el Caribe, como Zona de Paz.

Otros aportes de América Latina al Derecho Internacional dicen relación con la institución del asilo diplomático, adoptado en América Latina antes que en cualquier otro lugar del mundo e incluido en el derecho americano en la Convención de La Habana de 1928 y reiterada en Montevideo (1933) y Caracas (1954) y  lo relacionado al refugio como ámbito del derecho internacional, que casi a finales del siglo pasado se extendió a los desplazados internos y ciudadanos en situación de vulnerabilidad También, ya en los prolegómenos del siglo XX el jurista brasileño Clovis Bevilaqua esbozó planteamientos en defensa de la soberanía como eje de la existencia de los Estados.

Este recuento no estaría completo si no se hiciera mención de la doctrina latinoamericana en materia de reconocimiento de gobiernos que se debe al Canciller ecuatoriano Carlos Tobar en 1907, la que años más tarde, en 1930,  dio paso a la propuesta elaborada por el canciller de México Genaro Estrada quien adoptando los principios de no intervención e igualdad entre Estados formuló un cuerpo doctrinario para impedir el otorgamiento de reconocimiento a gobiernos de facto que surgieran del violentamiento del orden constitucional.

Así, se hace evidente que los países latinoamericanos han encontrado a través de la historia, los instrumentos jurídicos necesarios para dar respuesta a los conflictos y a las crisis surgidas en el entorno, buscando en el seno del derecho la manera de solucionar las controversias a través del diálogo y la negociación. Cada vez que estos han fallado, se ha recurrido a la guerra fratricida, de las que sólo ha salido ganando Estados Unidos que nos divide, y las oligarquías locales que se hacen de los dividendos de la guerra, la reconstrucción y las reparticiones de los botines.

En este marco, los pueblos de Latinoamérica y el Caribe fieles a una tradición y a una cultura que tiene muchos elementos en común, han sido capaces de contribuir a la construcción de un marco jurídico para la región, que además ha servido -en muchos casos- para todo el mundo, vale decir, no obstante, que aún las oligarquías locales hacen uso del entramado jurídico en beneficio propio, aunque en el plano internacional se mantienen algunas normas que a pesar de las diferencias, siguen siendo respetadas.
Estas doctrinas, principios y preceptos son estudiados y conocidos en las cancillerías de casi todos los países de América Latina y el Caribe. Lo sé porque intercambio con colegas de varios países, a pesar de las diferencias políticas o ideológicas que orientan los gobiernos, una buena parte de estos Estados tienen cuerpos diplomáticos de alto nivel profesional.

No tengo ninguna duda, que a esos profesionales no les mostraron la declaración del Grupo de Lima del 4 de enero y mucho menos el artículo 9 de ese adefesio jurídico que pretende tener cabida en el derecho internacional. Estoy seguro que de haberlo revisado, lo habrían rechazado: el espíritu de Calvo, de Drago, de Bevilaqua, de Tobar y de muchos otros está presente en muchos honestos servidores públicos del servicio exterior latinoamericano (excluyo a Canadá, cuya cancillería es una agencia más del Departamento de Estado de Estados Unidos). Tampoco a Paraguay, donde gobierna el partido que gobernó dictatorialmente a sangre y fuego ese país durante 35 años, que fue guarida de nazis y que hoy mismo ha sido calificado como un narcoestado  y refugio de contrabandistas de armas en connivencia con el gobierno por sus propios jefes del departamento de Estado de Estados Unidos

Él artículo 9 de la Declaración de Lima del 4 de enero nos lleva a la terrible realidad y a la brutal constatación de que el derecho internacional americano ha caído en manos de una tropa de ignorantes que no temen hacer alarde de su mediocridad para emitir opiniones políticas, arropadas en su carácter de presidentes tratando de darle un manto jurídico a prácticas intervencionistas y belicistas.

Que pueden entender de derecho internacional personajes como Piñera, Macri, Duque, Varela, Abdo Benítez, Jimmy Morales, Juan Orlando Hernández o Vizcarra cuando se han pasado parte importante de sus vidas, eludiendo la justicia de sus países, como se evidencia de sus propios historiales. Así, como creen que sus países (orden jurídico incluido) son propiedad privada de ellos y de las clases sociales que representan, pretenden que el derecho internacional se subordine a sus caprichos y a sus aberraciones.

La calaña de estos personajes, que sin impudicia se proponen violentar el orden internacional nos expone a una grave situación, sobre todo porque en la medida que se han autodenominado “opinión pública internacional” hacen que los medios de comunicación que los apadrinan apabullen y avasallen de información falsa al mundo (ver los medios transnacionales de información del 4 y 5 de enero) generando condiciones para las intervenciones militares como en el caso de Irak,  de Libia y de Siria, guerras desatadas por gobiernos imperiales coludidos con los grandes medios transnacionales de comunicación. 

En este caso recapacitaron, (con excepción del insignificante gobierno de Paraguay y la provincia anglo francesa del norte de Estados Unidos) pero el peligro se mantiene latente, la creencia de que el derecho internacional está sus pies y que debe subordinarse a sus designios políticos por encima de la ley, pone a nuestra región en una situación de extrema fragilidad jurídica. Serán responsables de cualquier agresión contra Venezuela u otro país de la región y más temprano que tarde pagarán por ello.
 sergioro07@hotmail.com

miércoles, 7 de febrero de 2018

Humanismo y Revolución, una perspectiva desde el Humanismo Universalista


Por Francisco Javier Ruiz:
Taller internacional Pensamiento Humanista y Revolución Socialista

Buenos días a todas y todos. Agradezco la posibilidad de participar de este importante encuentro y no puedo comenzar esta presentación sin reconocer el enorme aporte del pueblo cubano a la emancipación de los pueblos del mundo. Cuba, indoblegable y generosa, constituye un efecto demostración histórica de soberanía, altivez y solidaridad que encendió la esperanza frente al despojo, la amenaza permanente, la indiferencia y la resignación. Por lo mismo, Cuba fue y es víctima de un bloqueo criminal y violento que repudiamos y exigimos debe terminar de inmediato.


Quiero también agradecer la cálida acogida brindada por el Departamento de Filosofía de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas (UCLV) y resaltar su aporte – en particular el realizado por el profesor Guadarrama – de cuya obra tenemos apenas conocimiento fragmentario – por la reafirmación del contenido humanista del marxismo y por el rescate de las simientes existentes en diversos pensadores latinoamericanos cuya labor abonó el terreno en el que florecieron sucesivos movimientos de liberación.

Sumándonos a ese flujo de conocimiento, esta exposición intentará presentar los principales rasgos de la corriente de pensamiento del Nuevo Humanismo o Humanismo Universalista, fundada por el mendocino Mario Luis Rodríguez Cobos, más conocido por su seudónimo literario Silo. Esta corriente, devenida en su crecimiento en un abanico de múltiples expresiones en los más distintos campos, surgió en los años 60’ del siglo XX y se extendió progresivamente a todas las regiones y culturas del planeta.

Presentar las principales ideas de Silo en el contexto de estas jornadas tendrá aún mayor sentido si hacemos alguna referencia al posible aporte de este Humanismo al análisis y la práctica de revoluciones presentes y futuras, asunto al que intentaremos aludir, aún en el marco de esta reducida exposición.
Precisamente en términos de interpretación, debemos agregar que quien expone, es un militante humanista desde su temprana juventud, lo cual resta objetividad a la exposición, pero explica su interés. Por lo demás, como es habitual en el transcurso del pensamiento y la práctica social, no estamos aún a la necesaria distancia histórica como para aprehender suficientemente la real valía y el aporte de este Humanismo Universalista al proceso humano.

Dicho esto, entremos en materia.
En la Cuarta Carta del libro Cartas a mis Amigos, Silo explica el punto de partida de sus ideas así: “Nuestra concepción no se inicia admitiendo generalidades, sino estudiando lo particular de la vida humana; lo particular de la existencia; Hablemos pues de la vida humana. Cuando me observo, no desde el punto de vista fisiológico sino existencial, me encuentro puesto en un mundo dado, no construido ni elegido por mí. Me encuentro en situación respecto a fenómenos que empezando por mi propio cuerpo son ineludibles. El cuerpo como constituyente fundamental de mi existencia es, además, un fenómeno homogéneo con el mundo natural en el que actúa y sobre el cual actúa el mundo.”

Y algo más adelante: “Pero ocurre que el mundo se me presenta no solamente como un conglomerado de objetos naturales sino como una articulación de otros seres humanos y de objetos y signos producidos o modificados por ellos.” “La intención que advierto en mí aparece como un elemento interpretativo fundamental del comportamiento de los otros y así como constituyo al mundo social por comprensión de intenciones, soy constituido por él.”
Y también: “Por otra parte, los objetos naturales y humanos se me aparecen como placenteros o dolorosos y trato de ubicarme frente a ellos modificando mi situación.“

De esta manera, en una suerte de camino inductivo y reflexión existencial, Silo describe cómo el ser humano existe en una situación dada, no elegida, conformada no tan sólo por un mundo de objetos naturales sino también como mundo social constituido esencialmente por intenciones humanas. Mundo en el que aparecen opciones placenteras o dolorosas que nos implican. Mundo con el que estamos en apertura e influencia recíproca.

Ya en este punto, Silo rompe toda posibilidad de solipsismo, connotando la íntima ligazón de la estructura conciencia-mundo, cuando expresa: “Mi conciencia se ha configurado intersubjetivamente ya que usa códigos de razonamiento, modelos emotivos, esquemas de acción que registro como “míos” pero que también reconozco en otros. Y, desde luego, está mi cuerpo abierto al mundo en cuanto a éste lo percibo y sobre él actúo.”

Sin embargo, la nota distintiva de lo Humano no es simplemente la de ser un ente social, ya que ello también es característico de las distintas especies. ¿Cuál es entonces la clave que señala la especificidad de lo Humano?

Silo lo expresa de este modo: “Al encontrarse cada nuevo ser humano con un mundo modificado por otros y ser constituido por ese mundo intencionado, descubro su capacidad de acumulación e incorporación a lo temporal, descubro su dimensión histórico-social, no simplemente social. Vistas así las cosas, puedo intentar una definición diciendo: el hombre es el ser histórico, cuyo modo de acción social transforma a su propia naturaleza.
Por tanto, un ser en desarrollo, transformador  y en auto transformación permanente.
Como se indica en el opúsculo “Acerca de lo Humano”: “En el ser humano no existe “naturaleza” humana, a menos que esta “naturaleza” sea considerada como una capacidad diferente a la animal, de moverse entre tiempos fuera del horizonte de percepción. Dicho de otro modo: si hay algo “natural” en el ser humano, no es en el sentido mineral, vegetal o animal, sino en el sentido de que lo natural en él es el cambio, la historia, la transformación. Tal idea de cambio no se aviene convenientemente con la idea de “naturaleza” y por ello preferimos no usar esta última palabra como se ha venido haciendo y con la cual se han justificado numerosas deslealtades hacia el ser humano.”
Pero, ¿por qué habría el Ser Humano de necesitar cambiar su entorno y a sí mismo?
“Por la situación de finitud y carencia tempero-espacial en que se halla y que registra como dolor físico y sufrimiento mental.”, se responde.

Es decir, por la evidencia de las propias limitaciones, incluyendo en ellas a la conciencia de la muerte, que producen señales claras de sufrimiento, movilizando al ser humano a su superación.
Así, la superación del dolor no es simplemente una respuesta animal, sino una configuración temporal en la que prima el futuro y que se convierte en impulso fundamental de la vida aunque esta no se encuentre urgida en un momento dado.

“La superación del dolor aparece, pues, como un proyecto básico que guía a la acción. Es ello lo que ha posibilitado la comunicación entre cuerpos e intenciones diversas, en lo que llamamos la “constitución social”. La constitución social es tan histórica como la vida humana, es con figurante de la vida humana. Su transformación es continua pero de un modo diferente a la de la naturaleza porque en esta no ocurren los cambios merced a intenciones.”

De esta manera, el Humanismo Universalista concibe al Ser Humano en rebelión frente a un aparente destino natural que lo condena a padecimientos físicos y mentales, que lo conmina a buscar soluciones y elegir opciones frente a la fatalidad, que lo mueve a construir sentido ante el inminente absurdo de la mortalidad. Este propósito se expresa en la historicidad inherente a la construcción social dotándola de un sentido permanente.

Pero ¿cómo es posible esta afirmación de la elección frente al determinismo? ¿Cuáles son aquellas virtudes distintivas, que permiten esta afirmación y las posteriores transformaciones? Y ¿cómo es que estas características dotan de humanidad a este ser animado?
El concepto de intencionalidad de la conciencia, ya anotado por la escolástica medieval en el estudio de Aristóteles, será definido por F. Brentano “como referencia a un contenido, dirección hacia un objeto (que no significa una realidad), o como objetividad inmanente.”  Concepto que retomará Husserl diciendo “la conciencia es conciencia de algo”. O más rigurosamente, noesis, el acto del pensar y noema, lo pensado son en estructura.

A partir de lo desarrollado por el fundador de la Fenomenología trascendental en relación al “origen de la representación del espacio”, Silo, en un acercamiento más propio de una psicología fenomenológica, indaga en la “espacialidad de la representación”, es decir en cómo los fenómenos síquicos se presentan en la conciencia como formas emplazadas en un espacio mental que admite niveles y profundidades. Dichas formas o imágenes no son copias sino reelaboraciones de la percepción del mundo externo. Esta espacialidad en la representación de la conciencia habilita la formalización de imágenes que terminan impactando en el mundo como acciones.

De este modo, afirma Silo “la conciencia no es producto ni reflejo de la acción del medio, sino que tomando las condiciones que éste impone termina por construir una imagen o conjunto de ellas capaz de movilizar la acción hacia el mundo y con esto modificarlo.”

La relevancia de esta aseveración queda de manifiesto cuando leemos “Si las imágenes permiten reconocer y actuar, conforme se estructure el paisaje en individuos y pueblos, conforme sean sus necesidades (o lo que consideren que sean sus necesidades), así tenderán a transformar el mundo”.
Por otro lado, Silo explicita la ampliación del horizonte temporal de la conciencia humana, lo que permite a ésta retardos frente a los estímulos y ubicación de éstos en un espacio mental complejo, habilitante para el emplazamiento de deliberaciones, comparaciones y resultantes fuera del campo perceptual inmediato.

Las características de espacialidad y temporalidad de la conciencia humana, sumadas a su esencial intencionalidad, hacen de ésta una herramienta de transformación por excelencia.
De allí que en un tono más poético, Silo dirá: “Te diré cual es el sentido de tu vida aquí: Humanizar la Tierra.”

“Humanizar es salir de la objetivación para afirmar la intencionalidad de todo ser humano y el primado del futuro sobre la situación actual. Es la imagen y representación de un futuro posible y mejor lo que permite la modificación del presente y lo que posibilita toda revolución y todo cambio. Por consiguiente, no basta con la presión de condiciones oprimentes para que se ponga en marcha el cambio, sino que es necesario advertir que tal cambio es posible y depende de la acción humana. Esta lucha no es entre fuerzas mecánicas, no es un reflejo natural, es una lucha entre intenciones humanas. Y esto es precisamente lo que nos permite hablar de opresores y oprimidos, de justos e injustos, de héroes y cobardes. Es lo único que permite practicar con sentido la solidaridad social y el compromiso con la liberación de los discriminados sean éstos mayorías o minorías.”

A partir de estos conceptos, Silo fundamenta una ética y premisas para la acción transformadora, diciendo: “El ser humano por su apertura y libertad para elegir entre situaciones, diferir respuestas e imaginar su futuro, puede también negarse a sí mismo, negar aspectos del cuerpo, negarlo completamente como en el suicidio, o negar a otros. Esta libertad ha permitido que algunos se apropien ilegítimamente del todo social es decir, que nieguen la libertad y la intencionalidad de otros, reduciéndolos a prótesis, a instrumentos de sus intenciones. Allí está la esencia de la discriminación, siendo su metodología la violencia física, económica, racial y religiosa.”

Por ello es que el Nuevo Humanismo lucha activamente contra toda  forma de violencia, sea ésta grosera o sutil, expuesta o larvada, definiéndola como la negación de la humanidad en otros. De esta manera, la imagen de humanización del mundo aparece nítidamente en el horizonte no tan sólo como la acción de dotar de intención al mundo, sino como aquella que permite imaginar y construir una existencia social libre de violencias. Así, la acción no violenta decidida, en forma de protesta, crítica, repudio, no colaboración, boicot y superación de las prácticas violentas constituye una metodología coherente con el objetivo enunciado. Por supuesto, es posible ir más allá, imaginando el repudio a la violencia como  una conquista cultural definitiva, constitutiva del ser humano del futuro. En el mismo sentido, Silo aborda la necesidad de una reconciliación profunda con uno mismo y los demás como un paso evolutivo fundamental para dejar atrás las prácticas vengativas que, una y otra vez reinstauran ciclos violentos.

Esta lucha por superar condiciones opresivas es también una lucha por ampliar la libertad de todos los seres humanos y de la especie como conjunto.
Del Humanismo Universalista se deriva entonces una práctica de acción, dirigida a desterrar los factores de violencia social, y una ética, cuya escala de valores coloca como valor y preocupación central al ser humano. Esta moral libertaria propone como máxima de relación intersubjetiva una reformulación persuasiva – no autoritaria – de aquella vieja Regla de Oro, presente en todas las culturas, sugiriendo: “Si tratas a los demás como quieres ser tratado, te liberas.”

Lejos de recluirse en el humanismo occidental, esta apertura a las expresiones humanistas presentes en la historia de las diferentes culturas, le da al Humanismo Universalista su nota distintiva. En un momento histórico de evidente mundialización y contacto multicultural, este pensamiento transversal tipifica y señala los “momentos humanistas” de las distintas culturas, proponiendo profundizar la interrelación a través de ellos, constituyendo así un aporte al entendimiento y la construcción colaborativa entre naciones y pueblos.

En ese mismo sentido, el Humanismo, más allá de toda acepción filosófica en sentido estricto es comprendido en sus trazos básicos como una actitud y una posición común de los humanistas de las distintas culturas que puede resumirse en seis puntos:  1. la ubicación del ser humano como valor y preocupación central; 2. la afirmación de la igualdad de todos los seres humanos; 3. el reconocimiento de la diversidad personal y cultural; 4. la tendencia al desarrollo del conocimiento por encima de lo aceptado o impuesto como verdad absoluta; 5. la afirmación de la libertad de ideas y creencias y 6. el repudio a la violencia.

En cuanto a la situación actual mundial, Silo enfatiza en que precisamente la Revolución es el único modo de abrir un sistema cerrado de concentración capitalista en el que a mayor intento de control social crecerá la entropía.

En su Séptima Carta de Cartas a mis amigos, dedicada a la revolución social, el pensador dice: “No se detendrá la marea revolucionaria que está en marcha como expresión de la desesperación de las mayorías oprimidas. Pero aún esto no será suficiente ya que la dirección adecuada de ese proceso no ocurrirá por la sola mecánica de la “práctica social”. Salir del campo de la necesidad al campo de la libertad por medio de la revolución es el imperativo de ésta época en la que el ser humano ha quedado clausurado. Las futuras revoluciones, si es que irán más allá de los cuartelazos, los golpes palaciegos, las reivindicaciones de clase, o de etnia, o de religión, tendrán que asumir un carácter transformador incluyente sobre la base de la esencialidad humana.”
Agregando además que “… el nuevo tipo de revolucionario que corresponde a este nuevo tipo de revolución deviene, por esencia y por actividad, en humanizador del mundo.“

Silo tipifica el carácter de la revolución a la que alude con estas palabras: “Así está trazada la línea divisoria entre el Humanismo y el Anti-humanismo. El Humanismo pone por delante la cuestión del trabajo frente al gran capital; la cuestión de la democracia real frente a la democracia formal; la cuestión de la descentralización, frente a la centralización; la cuestión de la antidiscriminación, frente a la discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión del sentido de la vida, frente a la resignación, la complicidad y el absurdo.“

Distingue además “entre proceso revolucionario y dirección revolucionaria. Desde nuestra posición, se entiende al proceso revolucionario como un conjunto de condiciones mecánicas generadas en el desarrollo del sistema. En cuanto a la dirección, ésta depende de la intención humana y escapa a la determinación de las condiciones que origina el sistema. Ya en otros momentos hemos aclarado nuestra posición respecto a la no pasividad de la conciencia humana, a su característica esencial de no ser simple reflejo de condiciones objetivas, a su capacidad de oponerse a tales condiciones y pergeñar una situación futura diferente a la vivida en el momento actual. Dentro de ese modo de libertad, entre condiciones, interpretamos la dirección revolucionaria.”

A estas alturas ya se comprende cómo el Nuevo Humanismo enfatiza en la relación indisoluble entre la interioridad humana y el mundo social, factores que se entrelazan en continua realimentación. Por ello, no opone la acción transformadora en el mundo a la íntima reflexión intrapersonal sobre el sentido de la existencia y la dirección de las propias acciones en la relación con los demás. Entiende que ambas pueden, acaso deben, resolverse en sentido positivo y de mutua implicancia.

Situarnos desde un radical determinismo objetivo asfixia la posibilidad de elección humana. Dicha perspectiva desmotiva, colocando un automatismo que relativiza todo aporte individual o colectivo. En el otro extremo, absolutizar la capacidad decisoria individual de cada ser humano, negando las condiciones intersubjetivas y sociales en las que se desenvuelve su existencia, aparece como una ingenuidad alejada de todo contexto. Este modo de ver propicia el alejamiento del todo social y los demás seres humanos,  conduciendo al ensimismamiento y la reclusión.

Así las cosas, parece necesario establecer en el análisis y práctica revolucionaria un pacto de colaboración entre la situación objetiva y la subjetividad humana. Adoptar una visión estructural y dinámica que, abandonando una óptica lineal o mecanicista, se interne en las profundidades de una mirada multidimensional, colocando a la innegable intencionalidad y posibilidad de transformación humana en tensión con vectores de pertenencia socioeconómica, generacional y cultural.

De este modo, la revolución aparece en una dimensión múltiple y simultánea, que requiere una práctica decidida y decisiva de cambios profundos en la organización económica, jurídica y política, pero también en los hábitos, las valoraciones y las aspiraciones individuales y colectivas.
Por este camino, el sujeto transformador actúa con referencia a un ámbito triple, el mundo social, el de la relación interpersonal y el de su interioridad con el criterio de lograr coherencia. Aún con las dificultades y limitaciones que cada momento histórico interpone, pensamos que dichas tareas revolucionarias no son solamente ineludibles, sino que además, dotan a la vida humana de un sentido pleno.

¿Será en efecto una renovada y creativa convergencia entre Humanismo y Socialismo, un Humanismo socialista o Socialismo humanista, una puerta hacia futuras revoluciones liberadoras del espíritu humano? En todo caso, es una tesis a explorar.

En ese sentido, quisiera culminar esta presentación, citando el párrafo final de la introducción del Documento Humanista, inserto en el libro Cartas a mis amigos, de Silo, que sintetiza el propósito que nos trajo hasta aquí y que intuyo resuena del mismo modo en vuestros corazones:
“Entre las aspiraciones humanistas y las realidades del mundo de hoy, se ha levantado un muro. Ha llegado pues, el momento de derribarlo. Para ello es necesaria la unión de todos los humanistas del mundo”
Muchas gracias por su atención.

Bibliografía
Brentano, F. Psychologie vom empirischen Standpunkt. Leipzig 1874, nueva edición 1911. Wiederauflage bei Ontos
Husserl, Edmund. Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. Libro primero (traducción de José Gaos), FCE, México, 1997
Silo (1990) Contribuciones al Pensamiento, O.C. Vol. I. México: Ed. Plaza y Valdés.
Silo (1993) Cartas a mis amigos, O.C. Vol. I. México: Ed. Plaza y Valdés.
Silo (1996) Habla Silo, O.C. Vol. I. México: Ed. Plaza y Valdés.
Silo (1996) Diccionario del Nuevo Humanismo, O.C. Vol. II. México: Ed. Plaza y Valdés.
gabrielvl05@gmail.com